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La vida escondida que acechaba al maestro del cuento

Hipólito G. Navarro regresa con un nuevo libro de relatos tras una década de silencio

El escritor Hipólito G. Navarro, en Sevilla el pasado septiembre.
El escritor Hipólito G. Navarro, en Sevilla el pasado septiembre.

El maestro del cuento estaba escondido, aterrado, paralizado detrás de un cuento del pasado: la muerte lenta de su padre alcoholizado y derrotado por la vida. Durante mucho tiempo, el humor y la literatura lo mantenían a salvo y liberado del dolor. Al menos, en apariencia. Y así hasta que por fin se dio cuenta. Hipólito G. Navarro regresa después de once años con un revelador libro de relatos, La vuelta al día (Páginas de espuma). Un volumen en el que se han cocinado a fuego lento –durante estos largos once años- relatos que celebran la felicidad, pero también las simas amargas de la memoria, tapizados de humor y de dolor autobiográfico.

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) confiesa que rodean a este libro de cuentos afortunados azares, sueños, alegrías, regalos, complicidades con amigos. También etapas negras como cuando durante una seria operación de columna, en el aire sonámbulo de una noche de hospital, soñó con la estructura de este libro que él se empeñaba en no dar a la imprenta. “En esa operación vi todas sus partes, su estructura interior, su cabeza, sus brazos, sus piernas. El cuerpo completo de esa criatura de la que yo había estado dudando”, explica el autor de Los últimos percances, El cielo está López o El aburrimiento, Lester.

¿Y cuáles son las razones de esas dudas? Por un lado, la expectativa creada con su último libro, El pez volador, recibido con entusiasmo por la crítica y por esa curiosa secta libresca que son los letraheridos del cuento. También con la edición en la que Seix Barral recopilaba sus mejores relatos en Los últimos percances. “Ver publicados mis cuentos en esa editorial mítica en la que yo había leído a mis maestros fue como el cierre del sueño para aquel muchacho de un pueblecito de la Sierra de Huelva. Mi kiosco de la ficción se acababa ahí”, aclara.

Pero no fue así sino que supuso la confirmación de un gran autor en el que ya se adivinaban nuevas y fructíferas etapas. Por ejemplo, ese poso de dolor que recorre como otra columna vertebral herida toda su obra, a veces con el alivio del humor y otras con los disfraces de la ficción. Fue a raíz de su libro de relatos anterior, El pez volador, cuando se intuye que ese pasado cerrado en falso está a punto de salir a escena. “Fue Javier Sáez de Ibarra, que preparó la antología de El pez volador, y varios amigos los que se dieron cuenta de algo que yo no había percibido: que comenzaba a asimilar un incómodo episodio del pasado”.

El lector atento descubre fogonazos de ese pasado a lo largo de su obra, como pasillos o estancias apenas entrevistas. En esta última entrega de La vuelta al día están el padre ebrio, la muerte, un grave accidente infantil, el adolescente que lee a solas a Kafka y Cortázar en el castillo de Cortegana. “Mi padre guardaba un libro, un manual para podar árboles. Era el único libro que había en mi casa. Lo tenía como un tesoro porque decía que los libros eran lo más importante del mundo. Cuando murió, mi madre quemó todas sus cosas y yo perdí ese libro por el que ahora mismo cambiaría toda mi biblioteca. Porque ese libro me hizo como soy y mi padre, en el fondo, me hizo un regalo con toda esa tragedia. Ésa fue su herencia y me alegra descubrirlo ahora así”, confiesa.

Hipólito G. Navarro también tenía pudor de volver a publicar por considerar que este nuevo libro era un cajón de sastre. Pero él se ha empeñado en dar un sentido narrativo, una arquitextura en la que aparecen los ángeles de la guarda que lo salvaron con la lectura, reparaciones narrativas, mucha autobiografía ya sin máscaras y hasta “un texticulario íntimo para incondicionales y compinches”. Hipólito G. Navarro en estado puro.