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CRÍTICA | 'DEAD SLOW AHEAD' CRÍTICA i

En el vientre del leviatán

'Dead Slow Ahead' encarna una antipática dirección del último cine de autor que exilia algo fundamental en toda obra artística: la posibilidad de fracaso

DEAD SLOW AHEAD

Dirección: Mauro Herce.

Género: documental.

España, 2015

Duración: 74 minutos.

La cámara recorre, lenta y ceremonial, los imponentes espacios del carguero Fair Lady en su travesía desde Ucrania hasta las costas jordanas para transportar millones de toneladas de trigo. En Dead Slow Ahead, película devoradora diseñada para inducir un estado de trance, el objetivo captura, al fondo, una explosión de vida al otro lado de una ventana: un grupo de marineros invierte su tiempo de ocio en un karaoke. Como si fuera la mirada de Hal 9000, el ojo de Dead Slow Ahead pasa de largo, como si lo humano no resultara de su incumbencia. Avanzado el metraje, se abre acceso al interior de ese frágil espacio de ocio: las imágenes, pautadas por las intermitencias de una juguetona linterna, adoptan la textura de una fantasmagoría. El meticuloso diseño de sonido no tarda en ahogar el supuesto alivio grupal con los ruidos industriales que conforman la respiración de esta película radical donde el individuo es sistemáticamente aplastado por la escala del entorno, pero, también, donde la cámara no parece estar buscando, sino, embriagada por el virtuosismo técnico de operador y sonidista, imponiendo un discurso apriorístico a lo que implacablemente registra. El alma de Dead Slow Ahead se parece más a la del carguero monstruoso que avanza en el océano que a la de los tripulantes que intentan contactar, en precaria comunicación telefónica, con sus seres queridos.

Director de fotografía en Arraianos (2012), O quinto evanxeo de Gaspar Hauser (2013) y Mimosas (2016) y habitual compañero de viaje del frente galaico del otro cine español, Mauro Hence propone en su primer largometraje la inmersión en un universo autosuficiente, resistiendo toda tentación discursiva: a través de una determinante inflexión de la mirada que proyecta la realidad hacia la deriva postapocalíptica o hacia el viaje cósmico, Dead Slow Ahead registra la evolución patológica de un capitalismo terminal que convierte al sujeto en mero mecanismo al servicio de una Gran Máquina ciega. Es una película de dispositivo, cuya forma acoraza su concepto, pero que encarna una antipática dirección del último cine de autor que exilia algo fundamental en toda obra artística: la posibilidad de fracaso.

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