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CRÍTICA | Orquesta de Cadaqués

Ibermúsica: Desde Rusia con ardor

La batuta, en efecto, ha estado en manos del formidable Vasily Petrenko, uno de los históricos ganadores del concurso de dirección orquestal

Orquesta de Cadaqués

Director: Vasily Petrenko.

Solista: Olga Borodina, mezzosoprano.

Obras de Jesús Torres, Modest Mussorgski y Piotr Illich Chaikovski. Ibermúsica.

Auditorio Nacional de Música de Madrid. 10 de octubre.

Se ha iniciado el curso para Ibermúsica con un concierto protagonizado por la Orquesta de Cadaqués y el siempre estimulante estreno mundial de una obra española, las Tres pinturas velazqueñas de Jesús Torres. Pero, tras estos datos, el resto del programa ha constituido un canto a la música rusa, en programa y en director y solista.

La batuta, en efecto, ha estado en manos del formidable Vasily Petrenko, uno de los históricos ganadores del concurso de dirección orquestal de esta orquesta, pero que se presentaba por primera vez en el ciclo madrileño. También era la primera vez para la mezzo Olga Borodina, con lo que el veterano ciclo afianza su renovación.

La Orquesta de Cadaqués, tiene un tamaño medio, una cuarentena de músicos con 24 cuerdas. Es un formato peliagudo que se sostiene si hay buenas prestaciones de los atriles. Afortunadamente este es el caso y el resultado suele ser un instrumento dúctil y flexible que reacciona muy bien a indicaciones directoriales. Esta química ha funcionado muy bien de la mano de Petrenko y ha servido un concierto de alto voltaje gracias a un repertorio muy bien elegido.

Se abría el concierto con el estreno de Torres, obra ganadora del Concurso de composición de la AEOS y que lleva consigo la interpretación de la obra por todas las orquestas de la asociación. Y no será sencillo que el resto de orquestas mejoren sustancialmente este estreno. Torres brinda una materia musical forjada en las texturas de un material musical muy bien elegido, ideal para mostrarse como análogo a la pintura velazqueña que homenajea en tres de sus grandes cuadros: La Venus del espejo, Cristo crucificado y El triunfo de Baco. Es una obra de muy grata escucha y con una resolución técnica perfecta que muestra la maestría de un compositor cómodo en sus elecciones estéticas.

Le siguió los Cantos y danzas de la muerte, de Mussorgski, en la versión orquestal de Shostakovich. En esta emotiva obra la voz solista es esencial para transmitir esos tonos profundos y telúricos de las diversas manifestaciones de la muerte. La mezzo Olga Borodina tiene un cuerpo vocal formidable, por momentos más contralto que mezzo, y suena como un metal forjado en el dolor y la melancolía del pathos ruso. Bienvenida a este ciclo al que bueno será que repita tantas veces como sea posible.

Concluía el concierto con la Suite nº 4, de Chaikovski, escrita sobre música de Mozart. Aquí es donde una orquesta flexible y ligera tiene muchas bazas que mostrar de la mano de un director solvente y Petrenko lo es en grado superlativo. Obra grande en su formato medio, en la que lucen solistas como el violín concertino o el clarinete, esos instrumentos tan mozartianos.

En suma, un prodigio de adecuación a las fuerzas puestas en juego que el público siguió con deleite. Pero faltaba el homenaje al llorado Neville Marriner, y llegó con las propinas: el Vals triste de Sibelius y la danza de Cascanueces, Chaikovski de nuevo. Petrenko miraba al cielo en los saludos.