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La hoja que me ha dado raíces

El escritor argentino evoca sus primeras lecturas, agradece el roce de los libros y traza un recorrido junto a ellos hasta el final

Las piernas de Martine, 1967.
Las piernas de Martine, 1967. Magnum Photos / Contacto

En el siglo dos a. C., un remoto antepasado mío (tengo sangre mongol) tuvo en sus manos un material nuevo, algunos de cuyos fragmentos, hallados hace ya varias décadas, fueron declarados por expertos los más antiguos ejemplos que poseemos de lo que hoy llamaríamos un antepasado del papel. Sin embargo, el procedimiento para fabricar papel a partir de la pulpa de madera, tuvo que esperar aún cuatro siglos para ser inventado. La tradición atribuye esa novedad a Tshai Lun, un eunuco de la corte de los Han, quien imaginó un substituto de la seda utilizada hasta entonces como soporte para la escritura y que resultaba demasiado cara para los usos cotidianos. Para honrar su ingenio, después de su muerte, la emperatriz hizo erigir un templo en su nombre en la ciudad de Chengdu. Si bien el papel tardó otros once siglos para arraigarse a Europa, cuando fueron construidos los primeros molinos papeleros, (la primera fábrica de papel en España fue construida por los árabes en 1150), retazos de papel chino empezaron a llegar penosamente mucho antes a los centros europeos.

Agradezco a mi ingenioso antepasado esta invención sin la cual no puedo concebir mi vida. El roce del papel es uno de mis primeros recuerdos sensoriales, junto al olor de la leche y el sonido de la máquina de tejer de mi nodriza. No existían esos horribles libros de plástico que se fabrican para los niños ahora y mi cuna estaba llena de ediciones ilustradas de los cuentos de los Hermanos Grimm y de las Mil y Una Noches. Recuerdo que, cuando mi nodriza me leía un cuento antes de dormir, yo extendía mi mano y tocaba subrepticiamente la hoja del libro, quizás para asegurarme que las mágicas aventuras provenían de un lugar material y verdadero. El papel fue mi primera prueba de que la realidad del mundo es literaria.

Recuerdo que, desde mis primeras lecturas, yo trataba la hoja de papel como un espacio compartido. Estaban las palabras que narraban la historia, siempre constante, invariable. Estaba la ilustración que a veces correspondía, y otras veces no, a cómo yo me imaginaba a los personajes o las escenas. Pero también estaban las márgenes que me tentaban con sus espacios vacíos a llenarlas con mis garabatos y acotaciones, y yo me esmeraba en traducir mis emociones e ideas en ellos, construyendo un texto paralelo, íntimo e ilustrado. Cuando mucho más tarde descubrí las iluminaciones de los manuscritos medievales, sentí una afinidad profunda y antigua con esos creativos lectores anónimos.

Necesito una presencia más corpórea, menos fantasmal en un mundo que siento más y más absurdo y evanescente

Esas espesas hojas de mi infancia, con letra gótica algunas y tipografía sans serif otras, las amarillentas páginas de mis libros de bolsillo Espasa-Calpe que vinieron después, las otras, menos pálidas de mis Penguin, las cremosas de las ediciones francesas, las bíblicas de la Pleiade y de Aguilar, las luminosamente blancas de Alianza, las casi inmortales de alguna que otra edición aldina que, como si fueran reliquias centenarias, he tenido entre mis manos —todas forman para mi la materia de la cual está compuesto mi universo.

Desde esas lejanas tardes yo siempre he sido fiel a esa geografía. De biblioteca en biblioteca, ese follaje me acompaña y me hace sentir en casa dondequiera que me encuentre: durante mis demasiados viajes, es siempre la hoja de papel la que me ha dado raíces. Los utilísimos y omnipresentes textos digitales provocan mi admiración pero no mi afecto. Necesito una presencia más corpórea, menos fantasmal en un mundo que siento más y más como absurdo y evanescente. Todo se aleja, todo se transforma a mi alrededor: las ciudades a las que me había acostumbrado cambian de fachada, los viejos amigos cambian sus rasgos y sus personalidades, la rutina cotidiana ya no es la misma. Sólo el papel y su tinta permanecen para mí constantes, siempre en su mismo lugar entre las cubiertas de mis libros que, si bien ajados, resisten la lima de los días y el roer de los años. Entre la gente de campo, existe la tradición de que, cuando un apicultor muere, alguien debe anunciar esa muerte a las abejas. Yo quisiera que, cuando yo ya no esté, algún amigo vaya a decirles a ese paciente papelerío que su lector se ha ido.

Alberto Manguel es escritor, autor de ‘Una historia de la lectura’ (Alianza) y director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina.

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