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CRÍTICA | BOI NEÓN CRÍTICA i

Tradiciones y mutaciones

Boi neón no es una elegía por una forma de vida en vías de desaparición, sino un humano y complejo retrato de un grupo en movimiento –físico e interior-

Tráiler del filme 'Boi neón', dirigido por Gabriel Mascaró.

BOI NEÓN

Dirección: Gabriel Mascaró.

Intérpretes: Juliano Cazarré, Maeve Jinkings, Alyne Santana, Carlos Pessoa.

Género: drama.

Brasil, 2015.

Duración: 101 minutos.

La práctica de las vaquejadas, espectáculo propio del nordeste de Brasil, se ha visto sometida a una radical transformación desde sus orígenes en el siglo XVI –cuando servía al propósito de separar a los bueyes aptos para la comercialización del resto del ganado- hasta un presente en que el ritual rodeo se ha visto intoxicado por las leyes del puro entretenimiento, al tiempo que se convertía en objetivo de los grupos comprometidos en la defensa de los derechos de los animales. En su segundo largometraje de ficción, Gabriel Mascaró, creador formado en el documental y en el ámbito de las artes plásticas, no está interesado en interrogar a las vaquejadas como objeto de controversia animalista, sino en observar cómo se manifiestan unas transformaciones no menos sustanciales entre los miembros de un heterogéneo grupo humano que vive de la explotación comercial de esa tradición viajando de feria en feria.

Boi neón contrapone a la tradicional representación del nordeste de Brasil en el Cinema Novo como territorio telúrico de las esencias una mirada sobre un paisaje en tránsito regido por la caótica coexistencia del ritual y una industrialización sin brújula. Quizá uno de los elementos más llamativos de la película sea su atención al modo en que ese proceso de cambio encuentra su correlato en unos personajes que su cámara atrapa en el momento privilegiado en que un rol heredado da paso a un rol elegido. Así, Iremar, el vaquero protagonista, alterna las exigencias físicas de sus deberes profesionales en la vaquejada con el etéreo sueño de convertirse en diseñador de ropa: significativamente, su visita nocturna a una empresa textil será mostrada como una incursión en el territorio del deseo. Por su parte, Galega, el principal personaje femenino, será, al mismo tiempo, bailarina exótica animalizada y eficaz transportista de la compañía, bajo la mirada, a veces reprobatoria, de su hija.

Boi neón no es una elegía por una forma de vida en vías de desaparición, sino un humano y complejo retrato de un grupo en movimiento –físico e interior- que armoniza momentos de sublimación formalista con largos pasajes de eficaz economía narrativa.

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