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CRÍTICA | KUBO Y LAS DOS CUERDAS MÁGICAS

Gloria ‘origami’

Es la primera película como director de Travis Knight, presidente ejecutivo de la productora Laika, pero parece más la obra de un poeta que la de un gerente

A un artista del origami –la tradición japonesa de crear sofisticadas formas doblando concienzudamente un papel, sin recurrir a tijeras, ni material adhesivo- se le supone una delicadeza manual similar a la que caracteriza a un animador stop motion, esa figura que hoy día encarna todo un gesto de resistencia artesana en la era de la revolución digital. En Kubo y las dos cuerdas mágicas, cuarto largometraje del estudio Laika, la tradición del origami y la plasmación más sofisticada del arte de la stop motion se dan la mano para crear un trabajo absolutamente portentoso, de frágil belleza, en el que se equilibran los placeres de una aventura pura con el poso autorreflexivo de una indagación en los mecanismos de construcción de un relato mítico. Es un nuevo ejemplo de la habilidad de Laika para seguir dando muestras de excelencia, sin repetir en ningún momento claves estéticas, ni patrones narrativos.

KUBO Y LAS DOS CUERDAS MÁGICAS

Dirección: Travis Knight.

Animación.

Género: fantasía.

Estados Unidos, 2016.

Duración: 90 minutos.

Kubo y las dos cuerdas mágicas es la primera película como director de Travis Knight, presidente ejecutivo de la compañía, pero se parece mucho más a la obra de un poeta que a la de un gerente. La tradición del origami se introduce en el relato a través de los espectáculos callejeros que ofrece su protagonista: un teatro de figuras de papel que, indefectiblemente, parece estar condenado a no culminar ninguna de sus representaciones. Poco tardará la película en desvelar que esta historia inacabada en torno a la figura de un samurái hechizado y una coraza mítica no es más que la anticipación del relato que tendrá que culminar el propio protagonista, cerrando un círculo de redención familiar relacionado con un conflicto entre lo divino y lo mortal.

Si Barry Purves, uno de los más ambiciosos animadores temporalmente vinculados al estudio Aardman, elaboró su particular poema oriental en stop motion partiendo de la estética del teatro kabuki en el magistral corto Screen Play (1993) –tan deudor de la obra del exquisito Kihachiro Kawamoto-, Knight logra integrar en Kubo y las dos cuerdas mágicas un heterogéneo repertorio de ecos, que van del cine de terror japonés –las dos siniestras hermanas enmascaradas- a algunos recursos expresivos que destilan –y no devoran- ciertas soluciones del anime. Si bien las figuras origami están integradas en el interior de la acción, el diseño del resto de personajes intenta reflejar, sin pies forzados, los fundamentos geométricos de esa tradición. Aquí hay mucho más que una buena película de animación.

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