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Un ‘mzungu’ en jaque continuo

Una partida en un barco azotado por una tormenta en el África negra

Un bote hacia el 'Ilala', aquel día de julio de 2015, antes de la tempestad.
Un bote hacia el 'Ilala', aquel día de julio de 2015, antes de la tempestad.

En un viaje que muestra las grandezas y miserias del África negra, un atardecer maravilloso en el enorme lago Malaui da paso a una tormenta brutal que interrumpe una partida de ajedrez del autor. Luego observará dramas y paraísos habitados por pobres de solemnidad que parecen felices.

Atravesar el lago Malaui a bordo del mítico Ilala hasta el norte de Mozambique fue una lección de vida en julio de 2005. Tras una paz suprema, llegó el pánico bajo una tempestad cuyas consecuencias observé desde la cubierta más cara, junto al capitán, mientras sus explotados marineros se jugaban la vida para ayudar a subir a los viajeros de segunda y tercera por escaleras de cuerda. Y así llegué al paraíso de Mbeca, donde vi los diferentes tipos de felicidad de blancos y negros.

“Tú eres mzungu [piel blanca en bantú] y por lo tanto jugarás con blancas”, me ordenó el marinero Tamika, tras invitarme a una partida de ajedrez. Antes, desde que zarpamos en Monkey Bay (Malaui), habíamos disfrutado de un momento maravilloso: el insuperable sol africano, vestido de naranja, rojo y morado, se había acostado sobre uno de los mayores lagos del mundo, en una quietud de nirvana.

La frase de Tamika sintetiza la historia del sur de África desde el siglo XIX: los negros siempre jugaron con negras, sometidos al imperio comercial de los blancos y su abusiva explotación de recursos naturales. Los colonizadores dejaron hábitos malignos, como una desigualdad brutal entre los de arriba y los de abajo, que se reflejaba en el Ilala, un medio de transporte vital desde 1951 hasta 2013 para quienes viven alrededor de los 29.600 kilómetros cuadrados de agua (580 de largo por 75 de ancho): camarotes muy cómodos en la cubierta superior; hacinamiento de personas, pequeños animales, verduras, frutas y paquetes de toda índole en la inferior. Nuestra partida se interrumpió cuando el barco empezó a moverse como un cascarón. Tamika y sus compañeros se pusieron en zafarrancho de combate contra los elementos. Me agarré con fuerza a la barandilla junto al capitán, William Nyasulu, mientras él ordenaba lanzar al agua los botes que transportaban a unos pasajeros y recogían a otros de la playa de Nkhotakota (Malaui), a 200 metros, sin embarcadero.

En esa parada y las siguientes vi escenas terroríficas. Cada pasajero que se erguía en los botes era sujetado con fuerza por los marineros hasta que se aferraba a las escaleras de cuerda. Pero entonces venía lo peor: recuerdo a una mujer embarazada y con otro niño a la espalda, sacudida por el viento a diestro y siniestro, golpeándose contra el casco hasta que una mano providencial la agarró desde la cubierta de tercera clase antes de izar sus pollos y verduras. Los marineros se jugaban sus cabezas y extremidades a la ruleta rusa en cada bandazo. El capitán Nyasulu lo confirmó: “En las travesías con temporal es raro que no tengamos algún brazo o pierna rotos. Y mis marineros cobran una miseria. He protestado a los armadores varias veces, pero no me hacen caso. Es terrible”.

Caminata por la selva

El lago estaba en calma cuando desembarcamos en la paradisiaca playa de Mbeca (Mozambique) para alojarnos en el Nkwichi Lodge, donde escasos turistas conviven con cooperantes internacionales, a 3.500 kilómetros de la capital, Maputo. Desde allí, tras una hora de caminata por la selva y dos riachuelos donde el agua me llegaba al pecho, visité el poblado donde vivían los nativos. Entonces surgió la pregunta: ¿Son felices estas gentes? Lo parecían, porque disponían del elemento más importante en África: agua cercana y durante todo el año, lo que garantiza verduras y frutas, y mujeres dedicadas a su familia, sin invertir medio día en acarrear bidones. Pero el hospital era horrible para unos ojos europeos, y la escuela consistía en un encerado desconchado en un recinto sin ventanas, suelo de tierra, sin mesas ni sillas ni luz. De vuelta en el Ilala, Tamika me recibió con el tablero dispuesto para más partidas: “Ahora que somos amigos y que ya has visto cómo vivimos los negros, permíteme el lujo de jugar con blancas, como si fuera un mzungu”. Su risa socarrona aumentó mis dudas sobre qué significa ser feliz.

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