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Un mar de diásporas

El Mediterráneo tiene una historia de guerras y tensiones, desatadas tras el fin del colonialismo, pero también de intercambios y viajes

Tel Aviv junio de 1948. Una multitud se agolpa en las playas de Tel Aviv para observar al Altena que portaba 500 inmigrantes judíos y armas. Ampliar foto
Tel Aviv junio de 1948. Una multitud se agolpa en las playas de Tel Aviv para observar al Altena que portaba 500 inmigrantes judíos y armas. Magnum

El  Mediterráneo ha sido el principal punto de encuentro de las tres religiones del Libro —el judaísmo, el cristianismo y el islam— y la interacción entre los fieles estas tres fes ha sido continua y en ocasiones intensa; a veces hostil, pero con frecuencia creativa. Aunque es tentador pensar en el periodo de las cruzadas, o en las grandes guerras hispano-turcas del siglo XVI, como prueba de la falta de integración pacífica en el Mediterráneo, también hay mucha evidencia de prolongados periodos de calma en los que mercaderes cristianos y judíos se establecieron en enclaves comerciales en la costa norteafricana y en Levante, y los consumidores de Europa occidental compraban con entusiasmo a las mercancías obtenidas e Mediterráneo o a través de él: sedas y azúcar, o especias introducidas desde el mar Rojo. Los comerciantes en Venecia, Génova, Florencia y Barcelona construyeron las instituciones mercantiles que conocemos hoy —bancos, seguros, derecho marítimo— para proteger los intereses de sus redes comerciales, que abarcaban todo el Mediterráneo. Las barreras religiosas no tenían por qué ser barreras comerciales.

También hay historias de expulsiones, entre las que destaca la salida forzosa de los judíos españoles en 1492 y de los musulmanes ibéricos en 1609. Esto creó una serie de diásporas en las orillas del Mediterráneo; surgieron ciudades portuarias cosmopolitas que acogieron comunidades mixtas de gente con distintos credos, etnias y actitudes culturales. Tesalónica (o Salónica) albergó una población diversa, incluidos los descendientes de los judíos expulsados de España, que convivían con griegos, turcos, eslavos y otros; estos judíos siguieron hablando español hasta la era moderna. El caso más notable de ciudad mediterránea cosmopolita es Alejandría, desde su fundación por Alejandro Magno en el siglo IV a C. A principios del siglo XX, los europeos representaban un 15% de su población, aunque eran ellos quienes ejercían la mayor parte del poder económico; en 1927 residían en la ciudad unos 49.000 griegos y 24.000 italianos. Había también 25.000 judíos, de nacionalidades distintas, y familias musulmanas influyentes —entre ellas la familia real— procedentes de Turquía, Albania, Siria o Líbano. Todos querían identificarse con la cultura de Europa, especialmente con la francesa. De hecho, un gobernante egipcio del siglo XIX, Ismail Pachá, dijo que “Egipto debía convertirse en parte de Europa” (¡me pregunto cómo caería esta opinión hoy en Bruselas!). Los movimientos nacionalistas dentro del multiétnico Imperio Otomano, que arrancaron en Grecia en el siglo XIX, pusieron en entredicho esta perspectiva pluralista. Con el ascenso del nacionalismo una ciudad tras otra fue transformada por la expulsión, la huida para salvar la vida, la asimilación forzosa y hasta el exterminio masivo (este fue el caso de la comunidad sefardita de Salónica, donde más de 40.000 perecieron en la matanza nazi). Hacia 1950, las ciudades portuarias del Mediterráneo oriental habían dejado en gran medida de ser espacios de coexistencia. La única excepción fue Beirut, aunque también allí estallaban tensiones.

Las barreras religiosas no tenían por qué ser barreras comerciales

Los turcos llevaban siglos ejerciendo nominalmente la soberanía en el norte de África, pero hacia el XIX, empezaron a ser sustituidos por el dominio colonial directo de las potencias rivales de Europa occidental: un pequeño rincón del extremo occidental para España, grandes porciones para Francia e Italia, y una influencia abrumadora de Reino Unido en Egipto. En la etapa colonial, que arrancó con la conquista francesa de Argelia en 1830, se creó en todo el Mediterráneo una relación nueva y hegemónica que insistía en el carácter más “civilizado” de los habitantes de las orillas septentrionales frente a los de las meridionales. Hacia 1881, cuando Francia creó un protectorado en Túnez, había en la región 70.000 residentes italianos, en buena parte sicilianos, y 12.000 procedentes de la diminuta isla de Malta. En la época de la descolonización, tras la II Guerra Mundial, en las colonias europeas del norte de África residían un millón y medio de ciudadanos de Francia, España, Italia y otros lugares, con más de un millón de ellos solo en Argelia. Pero sus descendientes regresaron a Europa en la segunda mitad del siglo XX, junto con gran número de oriundos, muchos de los cuales se asentaron entonces en las orillas del norte del Mediterráneo, sobre todo en el sur de Francia. El clima de tensión y muerte de la descolonización del norte de África se transfirió a ciudades como Niza y Marsella.

La emancipación de la colonias en la segunda mitad del siglo XX ha tenido varias consecuencias importantes, sobre todo la fractura del Mediterráneo en una zona norte y una sur, que en gran medida avanzan por separado. Lugares como Argel y Alejandría, en otro tiempo célebres por el encuentro entre culturas, se han convertido en ciudades monocromas habitadas exclusivamente por la población mayoritaria del interior. Con esto no pretendo defender la colonización, que a menudo fue, sobre todo en Argelia, brutal y contraproducente. Los judíos en concreto desaparecieron de todos aquellos territorios del Mediterráneo donde habían ocupado un papel integral y altamente productivo en esas sociedades, y emigraron a un lugar asediado (Israel), o a Francia, poniendo fin a una historia de 2.000 años de diáspora por todas las orillas del Mediterráneo.

Vista desde esta perspectiva, la creación de Israel fue otro episodio en la fragmentación del Mediterráneo en entidades nacionales, a medida que los diferentes grupos étnicos y religiosos se hacían con un territorio propio y se producían expulsiones de población, comenzando por los intercambios de griegos y turcos en la década de 1920. Como estamos descubriendo ahora, el proceso continúa con la desintegración de Siria donde distintos grupos religiosos disfrutaban de cierto grado de protección oficial. La desaparición de las comunidades cristianas sirias marca el fin de otros 2.000 años de historia, no de diáspora, sino de estabilidad, y el comienzo de otra diáspora que se extiende más allá del Mediterráneo.

El caso extremo de ciudad mediterránea cosmopolita es Alejandría, desde que fuera fundada por Alejandro Magno en el siglo IV a C

Todos podemos ver —de hecho lo vemos prácticamente a diario— que la disparidad de riqueza entre las orillas del norte y del sur han estimulado un tráfico intenso, ilícito y peligroso de personas a través del Mediterráneo, que parece imposible de controlar. Este tráfico, debemos recordar, tenía ya mucha fuerza antes del desplome de Siria y de las persecuciones en Irak y más al este. El Mediterráneo se ha convertido en la entrada que muchos emigrantes del África negra han intentado, arriesgando su vida, franquear para entrar en los ricos territorios de la UE. Las enormes mejoras en la atención sanitaria en la región subsahariana han provocado una explosión demográfica; la generalización de la enseñanza ha aumentado las aspiraciones de personas que ven que no pueden cumplirlas en su país. Así que la emigración desde el África negra hacia el norte no parará de crecer, más aún a medida que el cambio climático amenace las regiones de sabana.La lección es que los países de la orilla norte del Mediterráneo tienen que volver a conectar con sus vecinos del sur, ya no como amos coloniales, sino como aliados. Esto no resolverá el problema de la emigración, pero sería el primer paso para hacerla manejable.

David Abulafia es profesor de Historia en la Universidad de Cambridge, autor de El gran mar: Una historia humana del Mediterráneo (Crítica)

Traducción NewsClip

El tráfico de seres humanos, debemos recordar, tenía ya mucha fuerza antes del desplome de Siria y de las persecuciones en Irak y más al este

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