La banda psicodélica que conquistó a Rihanna

El grupo australiano Tame Impala actúa, tras colaborar con la diva de Barbados, como uno de los reclamos del festival BBK Live

Kevin Parker, vocalista de Tame Impala.
Kevin Parker, vocalista de Tame Impala.

Kevin Parker (Sydney, 1986) parece sorprendido por su propio éxito. El aperturista Currents (Modular/Music As Usual, 2015) ensanchó los límites de su psicodelia con coartada retrofuturista, con un barnizado sintético que reivindicaba una forma particular de asumir el legado de esa década eternamente vampirizada, los 80. “La gente en España no te categoriza, por eso es una audiencia fantástica”, comenta minutos antes de actuar en el Primavera Sound. Será el mismo espectáculo que podrá disfrutar la clientela del BBK Live, este fin de semana en Bilbao. Un show, dice, “más ecléctico que hace años”, y del que asegura beneficiarse por su renovada conexión con su audiencia: “Antes tocábamos como si estuviéramos a un millón de millas de distancia de la gente, pendientes de nuestra cabeza, pero ahora somos mucho más conscientes de cómo lo pasa el público, más conectados con lo que sienten cuando estamos ahí arriba”, afirma. El componente lúdico de algunos de sus nuevos temas, traducido al directo, lo corrobora: “He aprendido a divertirme en el escenario, a no darle demasiadas vueltas a lo que estoy haciendo y dejarme llevar por el momento: suena a cliché, pero es cierto”.

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El giro operado en Currents, tercer álbum de Tame Impala, ratifica su apuesta por incrementar la veta bailable de una música que no por ello ha de ser necesariamente más superficial que la lisergia explorada hasta ahora. “Potencialmente puede ser incluso más melancólica la música bailable, y aunque la gente no suele pensarlo, todos tenemos experiencias emocionalmente profundas con música hecha para bailar”, defiende. Hasta Rihanna fagocitó parte de ese potencial, adaptando su New Person, Same Old Mistakes al discurso de su último trabajo. “Yo estaba flipado, y fue un poco surrealista, porque siempre he querido escribir canciones para artistas de r'n'b, pero siempre asumí que sería como un viaje muy largo, algo que costaría mucho, en plan de '¿con quién hablo o cómo contacto con ellos?”, confiesa. La conexión entre el mainstream y el psych rock de sesgo más o menos alternativo, empero, no tiene por qué ser tan inverosímil. “De repente llama el representante de Rihanna un día y te dices a ti mismo, ¡mierda!: Es como en los videojuegos de Mario Bros, cuando estás escapando de otros mundos, y de repente subes 10 niveles de una tacada”, esgrime en un curioso símil.

Se dice también que sus colaboraciones previas con Mark Ronson abrieron su mente. Y le instigaron a experimentar en el estudio. Él asume que lo más importante ha sido “abrirse a nuevas formas de hacer las cosas”, tanto por sus nuevas amistades como por el hecho de “viajar o ponerme a hacer de DJ, porque la gente me lo pide, aunque sea peor que la mayoría de la gente en eso: no sé qué gracia tiene escucharme pinchar a los Beatles (risas)”. Rehúye también cualquier rol como adalid de esa escuela psicodélica de las Antípodas, claro: “No lo tengo en cuenta, ni considero mi música parte de una escena. Nunca lo he hecho, ni siquiera cuando esa escena no existía”. No se ve a sí mismo como una referencia: “Siempre que seas creativo y honesto, vas a influir a alguien, lo quieras o no, pero los halagos no son algo que me preocupe, es más la responsabilidad que sientes que lo que supone como alimento para tu ego”.

Su depuración de estilo le ha llevado a aceptar que “las melodías más sencillas son las más difíciles de conseguir”, distanciándose de lo experimental. “Siempre intenté componer melodías complicadas, como si fuera un signo de inteligencia, pero una canción pegadiza de tres acordes es más difícil de hacer que una retorcida y progresiva de 10 minutos”, dice este músico tildado de perfeccionista, que reconoce que “conocer aquello que puedes hacer de forma distinta te ayuda a crecer, porque estar cien por cien satisfecho no es inspirador: si hubiera pensado que mi primer álbum era perfecto al terminarlo, no habría hecho el segundo”. Una última curiosidad: ¿hay algún productor con quien le gustaría trabajar? “Hace dos años diría que me daba igual, pero ahora tengo una lista encabezada por Max Martin (Britney Spears, Katy Perry, Taylor Swift), por ejemplo, el Darth Vader del pop, porque cuanto más diferente sea su música de la mía, más me llevaría a desmarcarme de lo que hago”.

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