Feria de San IsidroCrítica
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El misterio de los ‘victorinos’

Varios toros de una bien presentada corrida repartieron orejas que la terna fue incapaz de aceptar

Minuto de silencio en la vigésimo novena de la feria de San Isidro por el fallecimiento del torero mexicano El Pana
Minuto de silencio en la vigésimo novena de la feria de San Isidro por el fallecimiento del torero mexicano El PanaKike Para

El misterio de los victorinos es que no se supo lo que llevaban dentro porque sus lidiadores se mostraron incapaces de colocarse donde dicen los cánones que hay que citar, jugarse el tipo, exprimir las embestidas y poner la plaza boca abajo con el toreo auténtico. Pero nada de eso es posible cuando los toreros se presentan con la moral por los suelos, cuando no pueden, aunque quieran, asentar las zapatillas en la arena, cuando se muestran temerosos de lo que tienen delante, cuando dudan y dan el paso atrás a las primeras de cambio; en fin, cuando el corazón sueña con el triunfo, pero la cabeza retrocede ante el peligro.

Ya se sabe que el toro de Victorino Martín no suele ser bobalicón, por lo que exige conocimiento y actitud de torero de verdad; no acepta las medias tintas, huele la desconfianza y es implacable con los que no hacen las cosas como es debido.

Martín / Uceda, El Cid, Abellán

Toros de Victorino Martín, bien presentados, de bonitas hechuras; peligroso el primero; manso y complicado el segundo; bravo y noble el tercero; soso el cuarto; manso y noble el quinto, y manso y venido a menos el sexto.

Uceda Leal: pinchazo y casi entera (bronca); bajonazo y cuatro descabellos (silencio).

Miguel Abellán: dos pinchazos, estocada trasera y un descabello (silencio); pinchazo -aviso-, dos pinchazo y un descabello (silencio).

Manuel Jesús El Cid: bajonazo (ovación); estocada caída (silencio).

Plaza de toros de Las Ventas. 3 de junio. Vigésima novena corrida de feria. Lleno de "No hay billetes". Se guardó un minuto de silencio en memoria de Rodolfo Rodríguez El Pana, torero mexicano fallecido.

El Cid, que es un buen hombre y ha sido un gran torero, lo intentó, pero no le salió nada a derechas. Le tocó el mejor toro de la tarde, el tercero, -que brindó al veterano Victorino-, quiso cuajarlo, pero todo quedó en un intento baldío. Pero él hizo como si no se hubiera dado cuenta. De hecho, cuando el animal cayó fulminado por un bajonazo infame, se puso de puntillas y levantó el brazo derecho con energía en señal de victoria. No contento con el gesto corrió hacia el centro del ruedo y allí levantó los dos en una singular arenga torera para pedir los trofeos. ¿No había visto el bajonazo? ¿No era consciente de que había estado muy por debajo de la noble y encastada condición de un toro que hizo una buena pelea en varas, de la mano del picador Juan Bernal, que fue justamente aplaudido, y embistió con codicia, recorrido, fijeza y humillación en la muleta? Pues no lo sería porque la impresión que dio es que estaba muy satisfecho con su actuación.

Era toro de dos orejas y las dos se las llevó al otro mundo; como El Cid, que fue figura grande y hoy es un torero que no se encuentra a sí mismo. Desconfiado y acelerado, dejó pasar una oportunidad de triunfo, y lo peor fue que el animal no pudo lucirse como merecía por la nula disposición de El Cid para el arte heroico.

La corrida de hoy

Sábado, 4 de junio. Trigésima corrida de feria. Espectáculo de rejoneo. Toros despuntados de Fermín Bohórquez, para Hermoso de Mendoza, Leonardo Hernández y Lea Vicens, que confirmará la alternativa

Brindó el sexto a la concurrencia, pero pocos creían a esas alturas en el milagro que, efectivamente, no se produjo. Tenía ese menos calidad, aunque también se llevó el misterio a la carnicería porque el torero se colocó mal, muleteó despegado y todo se desinfló. ¿Por qué brindó? Otra incógnita.

Una historia muy parecida sucedió en el quinto, otro animal de buena condición que dio lo mejor de sí cuando Abellán se colocó adecuadamente; surgieron entonces brillantes naturales, que hubieran emocionado a la concurrencia si el torero no se empeña en perder unos pasos entre uno y otro. El toro tenía fijeza y embestía humillado -que se quería comer la muleta, vamos-, pero el torero tampoco tuvo su día. Muy desconfiado se le vio ante el segundo, con la muleta retrasada, inseguro, y a merced de un toro complicado que se hizo con el mando de la situación ante la inhibición del lidiador.

Y Uceda pasó entre una bronca ruidosa en su primero y un conformista silencio ante el cuarto. El toro que abrió plaza fue muy mal picado -buena reprimenda se llevó el piquero-, buscó con saña en banderillas y llegó a la muleta sin un pase. Uceda no quiso ni verlo y, tras limitarse a tocarle los bajos, montó la espada y acabó con el molesto contrincante. Al público no le gustó tal decisión y le dedicó una exagerada pitada de época.

Muy soso era el cuarto, pero no menos que el propio torero, sin ganas, sin ningún espíritu combativo, sin una gota de ilusión. ¡Hombre, José Ignacio, que está usted en Madrid…!

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