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El fracasado verso de Scott Fitzgerald

Recopilada en español, por primera vez, la poesía del autor de ‘El gran Gatsby’

Retrato de estudio del escritor estadounidense Francis Scott Fitzgerald, en 1925.
Retrato de estudio del escritor estadounidense Francis Scott Fitzgerald, en 1925. HULTON ARCHIVE / GETTY IMAGES

A finales de 1916, Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) era un estudiante de la Universidad de Princeton lo bastante joven como para saberlo todo. Arrogante y entusiasta, se había convencido "de que la poesía era lo único que valía la pena". O poeta, o nada. Estaba obsesionado con los versos de Algernon Charles Swinburne y los temas de Rupert Brooke, y se pasó la primavera y el verano de ese año componiendo sonetos, baladas y rondeles, hasta que la noche se iba desgastando como una cerilla y se convertía en mañana. "Había leído que todos los grandes poetas escribían grandes poemas antes de los 21 años: apenas me quedaba uno, y además la guerra era inminente. Tenía que publicar un poemario rompedor antes de que el mundo me tragara", confesaría en Afternoon of an Author, un pequeño ensayo publicado en la revista Esquire en 1936, algunos de cuyos fragmentos reunió hace dos años la editorial Alba en Sobre la escritura.

A pesar de ello, Fitzgerald nunca vio publicado su libro de poesía como tal. De hecho, esto no ocurrió hasta 1981, cuando Matthew Bruccoli rastreó sus poemas —publicados en revistas, incorporados en sus novelas, casi en forma de tos, o simplemente anotados en libretas— y editó F. Scott Fitzgerald: Poems (1911-1940). El poeta fue devorado demasiado pronto por el narrador, aunque en aquellos versos sin domesticar ya vivía el Fitzgerald del futuro. "La colorida marabunta compuesta de casposos mafiosos y contrabandistas, políticos y banqueros y hombres de negocios, artistas y deportistas, meretrices de lujo y prostitutas" que puebla su narrativa "también está presente en su obra poética", señala Jesús Isaías Gómez, traductor de Poemas de la era del jazz, obra en la que Visor recopila por primera vez en español la poesía de Scott Fitzgerald.

Su primer poema, titulado Football, data de 1911, cuando ingresa en el internado de Newman School, y trata la figura del héroe deportivo. El joven Scott había sido acusado de comportarse cobardemente durante un partido y, lleno de amargura, concibió 36 versos. "El incidente me inspiró un poema que escribí para la revista de la escuela, un poema que a mi padre le produjo más entusiasmo que si yo hubiese sido campeón de fútbol". Aprendió que las derrotas de la vida social podían ser transformadas en victorias íntimas en la literatura.

Durante esa época no frecuentaba mucho a los poetas. Era una tarea pendiente, que requería maestros. Su padre le amenizó la infancia con la lectura de los fragmentos más conocidos de Poe y de Byron, pero a él "solo le atraían las cadencias de Alfred Tennyson y las coplillas estoicas de Rudyard Kipling", como señala André LeVot en su biografía.

En una carta dirigida a su hija Frances en 1940, poco antes de morir, admitía que empezar a escribir poesía sin ayuda entrañaba una enorme dificultad. Se corría el peligro de hacer versos sin poema. "Al principio te tiene que guiar alguien tan entusiasta como experto", decía. En su caso, ese papel no estuvo reservado a sus profesores, sino al poeta John Bishop, con el que coincidió siendo estudiante en Princeton. "Ya había escrito algunos poemas, pero fue él quien me enseñó a distinguir lo que era poesía de lo que no lo era", reconocía. En su primera novela, A este lado del paraíso, Fitzgerald narra sus años en la universidad a través de su álter ego, Amory Blair, quien admite que su encuentro con Bishop lo empuja a leer poesía febrilmente, con criterio: Shaw, Wells, los estetas ingleses, Walter Pater, Ernest Dowson, W. B. Yeats, Swinburne, Oscar Wilde, John Masefield, Brooke, T. S. Eliot y, sobre todo, John Keats, que a sus ojos se convierte en el más perfecto y conmovedor de los poetas. En otra carta a Frances, recuperada por Círculo de Tiza en El arte de perder, lo pone como ejemplo de autor que sabe que, frente a los adjetivos, son los verbos los que impulsan las frases.

Casi al mismo tiempo que lee, escribe sin parar. Hasta que un día, el joven Amory constata: "Nunca llegaré a ser un poeta. No soy lo bastante sensual; solo me parecen bellas unas pocas cosas obvias: mujeres, tardes de primavera, música de noche, el mar; no soy capaz de comprender cosas más sutiles como 'las trompetas que tocan a plata'. Podré llegar a ser un intelectual, pero nunca escribiré más que poesía mediocre".

En septiembre de 1917, en plena efervescencia poética, Fitzgerald se dirigió a su amigo Edmund Wilson con la ansiedad de los poetas que lo quieren ser de un día para otro. "Ayer mandé doce poemas a revistas. Si me los devuelven todos, abandonaré la poesía y me dedicaré a la prosa". Solo unas semanas después se cumplió su pronóstico. No solo dejaría la poesía, sino también la universidad. En ese contexto escribió su poema de despedida, Princeton. El último día, que llevó a Wilson a pensar, aunque ya fuese tarde, que Fitzgerald "estaba en vías de llegar a ser un auténtico poeta", como recoge su biógrafo Scott Donaldson en Ansia de amor.

A finales de octubre, el malogrado poeta se convirtió en el teniente F. Scott Fitzgerald del 45 de Infantería. Se había alistado. En pleno otoño fue reclutado en el campamento Fort Leavenworth (Kansas). "Descartada la poesía, ahora abrigaba una nueva ambición: escribir una novela inmortal. Así que todas las tardes, con el cuaderno escondido debajo del manual del soldado, iba escribiendo, párrafo a párrafo, una versión algo recortada de la historia de mi vida y mi imaginación", relata en Afternoon of an Author. Pasado el tiempo, y después de rechazarlo en primera instancia, al fin la editorial Scribner aceptó publicar el manuscrito de A este lado del paraíso, en el que Fitzgerald daba testimonio de su corta vida como poeta, e incluso incorporó a la novela algunos de sus versos. Quizá, en el fondo, siguió siendo poeta, pero ya siempre con ropa de novelista.