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CRÍTICA | ABSOLUTAMENTE TODO

Guía del ombliguista terráqueo

'Absolutamente todo', de Terry Jones, es una obra marcadamente testamentaria

Un fotograma de la película 'Absolutamente todo'.
Un fotograma de la película 'Absolutamente todo'.

Las imágenes de Robin Williams en el estudio de doblaje que acompañan a los créditos finales no son lo único que delata al último largometraje del ex-Monty Python Terry Jones como una obra marcadamente testamentaria. Williams dobló en Absolutamente todo al perro del protagonista, un tipo común al que un grupo de extraterrestres dota del poder casi divino de materializar todos sus deseos: el correcto o incorrecto uso de ese poder —según criterio exclusivamente alienígena— determinará si la humanidad entera merece ser salvada o exterminada. Un punto de partida que evoca el tipo de caprichos imaginativos característicos de la obra de un escritor que fue figura satélite de los Monty Python: Douglas Adams. Así, Absolutamente todo, amén de integrar la inesperada despedida de un cómico afín (Robin Williams), parece nacer como evocación del poder creativo de un amigo muerto. Por el mismo precio, a través de la concurrencia del resto de pythons, la película es involuntaria elegía por la chispa perdida por la histórica formación, circunstancia que puso de manifiesto la crepuscular tanda de actuaciones realizadas en 2014.

'Absolutamente todo'

Dirección: Terry Jones.

Intérpretes: Simon Pegg, Kate Beckinsale, Rob Riggie, Eddie Izzard.

Género: comedia.

Gran Bretaña, 2015.

Duración: 85 minutos.

Hay mucho de obra condicionada por un músculo cómico fatigado en Absolutamente todo, pero no es menos cierto que la catástrofe no es de la magnitud que sugería la nefasta recepción que ha tenido la película entre la crítica británica. Hay, por ejemplo, una convincente capacidad de los efectos digitales para leer (y animar) ideas delirantes, que alcanza su cima en la imagen de una caca de perro que se dirige al inodoro por su propio pie. Y, también, cierta energía expositiva en su primer tramo. Lástima que Jones no haya invertido tiempo en explotar las implicaciones morales de su premisa y que Simon Pegg —últimamente muy cómodo siendo la cuota friqui de varias megafranquicias— no se moleste en componer un personaje.

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