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CRÍTICA | LA NOCHE QUE MI MADRE MATÓ A MI PADRE

El caso de hombre asesinadito

La apuesta de Inés París por modelos de comedia considerados fuera de sitio es bienvenida

Belén Rueda y María Pujalte, en el filme.
Belén Rueda y María Pujalte, en el filme.

El empeño, casi encabezonamiento, de la producción cinematográfica española actual (y seguro que también del espectador, pescadilla que se muerde la cola) por la comedia asentada en la cotidianidad, la identificación y el estereotipo convierten en casi una anomalía lo que en otros tiempos de nuestro cine era tan habitual como una norma: el ejercicio de la farsa vodevilesca alejada del realismo y buscadora del estrambote.

LA NOCHE QUE MI MADRE MATÓ A MI PADRE

Dirección: Inés París.

Intérpretes: Belén Rueda, Eduard Fernández, Diego Peretti, María Pujalte.

Género: comedia. España, 2016.

Duración: 94 minutos.

Aunque solo sea por eso, la apuesta de Inés París en La noche que mi madre mató a mi padre, su cuarto largometraje, por modelos de comedia considerados hoy fuera de sitio es bienvenida. Así, aunque comparaciones como el Jardiel Poncela de Los ladrones somos gente honrada y Eloísa está debajo de un almendro, o el Miguel Mihura de El caso de la mujer asesinadita, le vengan grandes, entre otras cosas porque aún le faltaría subir el nivel en el apartado de la brillante ironía o el absurdo intelectual, su ambientación en escenario (casi) único, el gusto por el giro argumental sorpresa, y su mezcla de intriga detectivesca de corte poco trascendente y humorismo de equívocos hacen pensar en tal vertiente.

Desde Miguel y William (2007), la creadora de A mi madre le gustan las mujeres (2002) y Semen, una historia de amor (2005), aquellas sí, comedias basadas en una nueva cotidianidad, ha crecido mucho como directora. Y aquí, otro mérito más, huye de ese desgraciado y extendido prototipo de puesta en escena televisiva basada en la planicie, la carencia de riesgo y el exceso de luz en los interiores, apostando por una fotografía tenue y mucha cámara al hombro, muy ágil y sin subrayados, y por la captura de las reacciones en segundo plano. Un conjunto en el que cada intérprete, apenas seis personajes, toca siempre la tecla correcta.

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