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Exiliada, despreciada, olvidada: vida de Isabel de Madariaga

La historiadora falleció hace dos años sin que sus estudios sobre Rusia apenas tuvieran eco en España

La historiadora Isabel de Madariaga, en una imagen sin datar.
La historiadora Isabel de Madariaga, en una imagen sin datar.

“Nunca pude volver a España, pero quisiera que algo de mí, mi biblioteca, acabara allí”. Consciente de que no le quedaba mucho tiempo de vida, la historiadora Isabel de Madariaga, hija menor del insigne intelectual y político español Salvador de Madariaga, que fue embajador de la Segunda República, contaba, con lágrimas en los ojos, que ese era uno de sus últimos deseos. Con una madre historiadora, la británica Constance Helen Margaret, Isabel de Madariaga llegó a ser una historiadora de referencia internacional por sus estudios sobre la Rusia de Catalina la Grande, emperatriz entre 1762 y 1796. Sin embargo, apenas es conocida en España y, hasta hace no mucho, lo era también para los estudiosos de la historia rusa en nuestro país.

Quien se encargó de cumplir esa postrera voluntad de Isabel de Madariaga fue la historiadora eslavista Susana Torres Prieto. “En 2010, fui elegida en Reino Unido presidenta de una asociación científica de estudios sobre la Rusia medieval, yo era la primera española con ese nombramiento, e Isabel pertenecía a esa asociación. Al ver mi nombre, me escribió un correo electrónico en el que decía que quería pedirme un favor y que fuera a verla a su casa de Londres”.

Cuando Torres (Madrid, 1974), profesora de Humanidades y Relaciones Internacionales del IE University, de Madrid, cruzó el pequeño jardín de una típica casita londinense de dos plantas, se encontró un salón con muebles antiguos y repleto de libros. En el piso superior, dos dormitorios con libros hasta el techo y un despacho con muchos papeles por el suelo: “Eso no lo muevas, que tengo que escribir un artículo”, le dijo una mujer de 90 años, casi ciega y que vivía sola, y a la que le enfurecía que le hubiesen prohibido conducir. “Isabel, o Lolita, como la llamaba todo el mundo porque así la llamaba su padre, con quien tuvo una gran relación e incluso le hacía de secretaria tenía carácter”, señala Torres.

En aquel primer encuentro, Isabel de Madariaga recibió a su visitante con una tortilla de patata y le manifestó su interés para que gestionara la entrega de su biblioteca a una institución española. “Los estudios sobre Rusia habían estado prohibidos en el franquismo. No existía como disciplina, ni había profesores, así que había un vacío. Los que habíamos estado interesados en esa materia tuvimos que estudiarla fuera. Por tanto, su biblioteca venía a suplir esa carencia”. Además de sus libros y manuales de la historia de Rusia, entre los volúmenes de la biblioteca había ejemplares de autores de los años veinte y treinta dedicados a Salvador de Madariaga.

La historiadora Susana Torres Prieto, en la sede del IE University, en Madrid.
La historiadora Susana Torres Prieto, en la sede del IE University, en Madrid.

Nacida en 1919 en Glasgow, Isabel estuvo siempre a expensas de los destinos de su padre. Vivió fuera de España desde los ocho años, y a ello se sumó el exilio por los cargos desempeñados por su progenitor. Luchadora, fue la primera mujer que se matriculó en la Escuela de Estudios Eslavos y Europeos del Este en Londres. Por su poliglotía (hablaba inglés, francés, alemán, ruso, italiano y español) fue reclutada por la BBC como traductora durante la II Guerra Mundial. Casada durante 30 años con un profesor de la Universidad de Londres, Leonard Shapiro, consiguió una plaza en ese centro con su tesis sobre Catalina la Grande. Allí desarrolló su labor docente, hasta llegar a catedrática de Historia de Rusia.

Su monumental biografía de la emperatriz Catalina es, según Torres, su obra más importante. “Un libro que rompió modelos, porque Catalina había sido hasta entonces una reina poco popular entre los historiadores rusos. ¿Por qué? Era mujer, protestante y alemana. Isabel desmontó mitos de ella, como que tenía muchos amantes o que los hombres eran los que influían en sus decisiones”. Quizás Isabel se vio reflejada en Catalina: una extranjera que intentaba abrirse camino en un tema poco conocido. Casi al final de su vida publicó la biografía de otro monarca ruso, Iván el Terrible, y durante toda su carrera escribió muchos artículos sobre la vida en la corte rusa de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Sus libros fueron traducidos a numerosos idiomas, y ella misma supervisó la versión en español de Catalina la Grande: la rusa europea.

Ese importante reconocimiento académico contrastaba con su gran tristeza por no volver a España. “Isabel tenía la sensación de que se había cometido una injusticia con ella. Se sentía muy española y, pese a su obra, nadie le había prestado atención aquí”. Cuando se reinstauró la democracia en España, ella ya tenía en Londres su vida, su cátedra, tesis a su cargo y sus raíces.

En 2010, Isabel de Madariaga conoció a Susana Torres y vio, por fin, la oportunidad de mitigar la nostalgia por su país. Tras muchas visitas y una extensa labor de catalogación, unas 50 cajas de libros y revistas, con unos 400 volúmenes, llegaron a España a comienzos de 2014. La Biblioteca Nacional se quedó con los que le más le interesaban, algo más de 300, y el resto fueron al IE University. Todo estaba preparado para que se celebrase en la BNE un acto que le serviría de consuelo y desagravio a Isabel.

Sin embargo, una caída por las escaleras de su casa la llevó al hospital. Tras varias operaciones de las que, dada su avanzada edad, no llegó a recuperarse, falleció el 16 de junio de ese año. Al menos, a Susana Torres le dio tiempo, semanas antes de la muerte, de llevarle una carta de agradecimiento de la BNE por la donación de sus libros. Isabel se emocionó con ese papel que apenas podía leer por su poca vista. “Cuando vio aquella carta se quedó tranquila y descansó por fin de su dolor por no poder venir a España”.

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