Columna
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Calvino, treinta años después

A lo largo de la última semana, mientras releía a Cesare Pavese, autor que intuyo medio olvidado, no podía dejar de acordarme de sus palabras sobre la lectura y la soledad: “Incluso un libro en chino está hecho para ti. Se trata siempre de aprender las palabras de un hombre. Todos los libros que valen están escritos en chino, y no siempre hay un traductor. Llega el momento en que estás solo ante la página, así como estaba solo el que la escribió”.

Estos días, leyendo al gran Pavese de El oficio de vivir, llegué a tener hasta miedo de caer en manos de cualquier otro autor, y me acordé de Lichtenberg cuando decía que el único defecto de los escritores realmente buenos era que casi siempre ocasionaban que hubiera muchos malos o regulares.

Cuando finalmente quise probar suerte con otro autor, me refugié en Italo Calvino, lo que fue como llamar al timbre del mejor vecino de Pavese y continuar el camino sin sobresaltos. En el caso de los libros de Calvino, no parece haber hoy en día ni el menor fantasma del olvido. Es más, a los treinta años de su muerte, se ha convertido en un clásico contemporáneo, quizás porque se adelantó a su tiempo; se adelantó en parte porque leyó bien a Pavese, que fue un atrevido renovador.

La primera vez que leí a Calvino, su escrito giraba en torno precisamente de la “obra ejemplar” de Pavese. Allí explicaba que del autor de El oficio de vivir (Seix Barral) había aprendido que aquello que la literatura podía enseñarnos no eran métodos prácticos, sino sólo las posiciones: el resto no era una lección que debiera extraerse de la literatura, pues era la vida la que debía enseñarla.

Al mundo de Calvino, donde confluyen tantos registros literarios distintos, se puede entrar por donde uno quiera, porque las grandes alegrías y tristezas están aseguradas. Con el tiempo, cada lector acaba teniendo su propio Calvino, su propio libro predilecto de este autor. Me acuerdo de que Carmen Martín Gaite tenía predilección por El caballero inexistente, por un fragmento que nos recitó en un día de lluvia, en un taxi que circulaba muy lento por la Costa da Morte: “La voz del caballero Agilulfo llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si no fuera una garganta, sino la propia chapa de la armadura la que vibrase. Y es que, en efecto, la armadura estaba hueca,?Agilulfo no existía”.

En mi caso, el libro favorito es Seis propuestas para el próximo milenio (Siruela), donde Calvino propone una literatura que haga suya “el gusto por el orden mental y la exactitud, la inteligencia de la poesía y al mismo tiempo de la ciencia y de la filosofía”. Dicen que para Seis Propuestas fue providencial entre nosotros el cambio del título Lezioni americane por el del epígrafe inglés, Six Memos for the Next Millennium. Pero lo que de verdad tuvo que ser decisivo fue la fascinante inteligencia de sus seis propuestas. Si Levedad fue mi “lección americana” preferida durante dos décadas, con el tiempo Multiplicidad fue ganando posiciones, tanto que aún celebro a diario la propuesta.

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