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OPINIÓN

El estado (del humor) de las autonomías

¿Cuántos chistes hay de vascos? ¿Y de catalanes? Y es curioso, porque hay más humoristas catalanes que vascos… si existe un censo así.

De izquierda a derecha, Berto Romero, Rosa María Sardà, Belén Cuesta, Karra Elejalde, Clara Lago y Dani Rovira en 'Ocho apellidos catalanes'.
De izquierda a derecha, Berto Romero, Rosa María Sardà, Belén Cuesta, Karra Elejalde, Clara Lago y Dani Rovira en 'Ocho apellidos catalanes'.

¿De qué nos reímos? ¿Y de quién? ¿Nos reímos todos de lo mismo? Depende. No queda claro. No. Y eso ocurre con el salto de Ocho apellidos vascos a Ocho apellidos catalanes. ¿Cuántos chistes hay de vascos? ¿Y de catalanes? No tantos. Y es curioso, porque hay más humoristas catalanes que vascos… si existe un censo así. Emilio Martínez-Lázaro, director de ambas comedias, sostiene que él cuenta un chiste en un bar en Sevilla y será el tipo menos gracioso del local mientras que la misma broma narrada con el mismo tono en Barcelona le convertirá en el cómico más popular de la ciudad. Puede. O no. Porque como apunta Dani Rovira, “una cosa es ser gracioso y otra, ser un graciosillo”.

Según algunos críticos, tanto la primera como la segunda aciertan en meterse con los aspectos más perennes de cada Comunidad Autónoma (o nación, o como quieran denominarla). Bueno, eso es discutible porque se daría a entender que todo vasco es terrorista. No, la primera parte se reía de los vascos y también de su actualidad política y social –considerando la violencia etarra como algo pasajero-, mientras que esta segunda entra al alma catalana -llámese la masía- pero no ahonda en las últimas noticias. Y ahí podían haber logrado grandes momentos con Pujol y otras perlas similares. El humor debe reírse, tiene que reírse de todo: del Euskadi tiene un color especial en mitad de la kale borroka o las palizas de los Mossos hasta de las comilonas vascas, los castellers o el 3% de la ínclita familia (no busquen este chiste, no está).

Puede que haya habido prisas por llegar a tiempo con la segunda parte. O puede que a lo mejor no haya nada divertido en los catalanes… una idea fácilmente rechazable usando como ejemplos Jaume Canivell, aquel industrial emprendedor de La escopeta nacional, de Berlanga; la misma Rosa María Sardà, epítome del humor catalán –bueno, y del español- o Eugenio, que no contaría chistes de catalanes, pero empezaba sus gags con aquel ¿Saben aquel que diu…?. O La Trinca, o Andreu Buenafuente, o José Corbacho, o Berto Romero o la serie de televisión Polònia. Como dice Romero, la idea de poner a un tipo cagando en el portal de Belén es catalana y catalán su nombre universal: caganer.

¿Entonces? Quién sabe. En realidad, tanto sesudo análisis sobre la segunda parte de la comedia española más taquillera de la historia sea en realidad ridículo, una búsqueda de un argumento teórico que no va a ninguna parte, y solo debería hacerse caso a la sentencia de las salas de cine. A Arguiñano, Igartiburu, Erentxun, Gabilondo, Urdangarín, Otegi, Zubizarreta y Clemente les fue bien: 56 millones de euros. A Guardiola, Adriá, Serrat, Pujol, Caballé, Messi, Cobi y Codorniú les han recibido con los brazos abiertos en 800 salas. Veremos

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