IN MEMORIAMOpinión
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El rostro como máscara

En realidad el rostro humano a este fotógrafo solo le interesaba como máscara, cada una con la suya, unipersonal y unívoca

Fotografía de archivo, tomada el 21 de julio de 2014, del fotógrafo vasco Alberto Schommer.
Fotografía de archivo, tomada el 21 de julio de 2014, del fotógrafo vasco Alberto Schommer.Diego García / EFE

Hay fotógrafos que ven el rostro como un paisaje: cada pliegue un valle, cada arruga un barranco, una mejilla tersa y luminosa una playa, la luz de los ojos un amanecer o una caída de la tarde. Esta clase de fotógrafos salen de excursión con la cámara al hombro por este territorio de la piel y disparan el objetivo como lo hacen los cazadores. Tiran a la pieza que vuela. Alberto Schommer no pertenecía a este tipo de fotógrafos. No era un paisajista sino un espeleólogo. Sabía que en el rostro humano se inician distintas galerías que conducen cada una de ellas a un estrato del alma. En esa oscura charca llena de símbolos y peces oscuros se sentía a sus anchas chapoteando hasta encontrar la mejor sombra. Aunque su obra es extensa y abarca la segunda mitad del siglo XX, Schommer pasará a la historia por sus retratos psicológicos como uno de los grandes artistas de la imagen. Sus criaturas deseaban ser manipuladas por él con tal de formar parte de ese relato de la Transición. Tenía autoridad para hacer levitar al cardenal Tarancón y que se dejara atar las manos con una soga. Pedía a un líder político que se metiera en un envoltorio de plexiglás y obedecía. Pintores, escritores, cantantes, personajes excéntricos, serios o vanidosos fueron reducidos en su estudio a figuras de circo a las que hacía pasar por el aro o les obligaba a adoptar posturas de equilibrista antes de disparar hacia el techo la descarga de magnesio. Lo hacía cuando percibía que el alma de su criatura había aflorado en el rostro como una leve pasión que emerge de la gruta de la memoria.

Guardo un recuerdo personal de este artista. Por lo que a mí respecta, me obligó a apoyarme con el codo de forma displicente en una columna dórica. Hizo que cambiara de postura, gesto y mirada durante media hora a su antojo y tal vez cuando vio que un soterrado cabreo me subía hasta los ojos disparó la última bala. Entonces Schommer me parece que se dijo: ya eres mío, ya te he cazado. En realidad el rostro humano a este fotógrafo solo le interesaba como máscara, cada una con la suya, unipersonal y unívoca.

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