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UNA DE BATALLAS

Las legiones sufren una barbaridad en el bosque

En Teutoburgo, en la actual Baja Sajonia alemana, las tribus germanas frenan con hierro la expansión de Roma y aniquilan tres legiones gracias a una emboscada perfecta

'Furor teutonicus'(1899). La batalla de Teutoburgo vista por el artista serbio Paja Jovanovic.
'Furor teutonicus'(1899). La batalla de Teutoburgo vista por el artista serbio Paja Jovanovic.

Cuando estoy muy mal y todo se desmorona alrededor cojo mi espada y me voy al bosque. La espada es una réplica perfecta de un gladio romano, el arma básica del legionario. Me la regaló Daniel Fernández, el editor de Edhasa, que no en balde publica a Lindsey Davis y a Simon Scarrow entre otros autores de novelas sobre la antigua Roma. Es una herramienta mortal, pensada para acuchillar más que para dar tajos. La extraigo de su vaina de cuero teñido de rojo y la sopeso en la mano notando en la palma los relieves del mango de hueso. Apuntando la hoja hacia los árboles y los arbustos y girando sobre mí mismo trato de imaginar cómo se sentían los soldados de Varo en el bosque de Teutoburgo, rodeados por los germanos que se aprestaban a matarlos con sus largas frámeas.

Teutoburgo: una de las grandes derrotas de Roma, tres legiones aniquiladas (XVII, XVIII y XIX) junto con sus tropas auxiliares (20.000 efectivos), las águilas —los sagrados estandartes— perdidos, el emperador Augusto golpeándose la cabeza contra los muros de palacio gritando como un poseso: “Quintili Vare, legiones redde!” (“Quintilio Varo, devuélveme mis legiones”), una reclamación injusta pues lo más que pudo devolver el comandante fue su propia cabeza enviada a Roma por Maraboduus, rey de los marcomanos, al que se la había regalado el vencedor de la batalla, el querusco Arminio, y que no debía saber muy bien dónde ponerla.

Anacronismo

 En un anacronismo impropio —pues son de 170 años después—, mientras las sombras se ciernen y vuelan como venablos los chotacabras, recito armado en el bosque las frases del general Máximo Décimo Meridio, de Gladiator, comandante de los ejércitos del norte: “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad, “No nos ocurre nada que no estemos preparados para soportar”, “Fuerza y honor”. Todo eso no soluciona los problemas, pero los relativiza, un poco, porque por mal que te vayan las cosas, peor les fueron a los legionarios de Varo.

El inolvidable arranque de Gladiator, junto con algunas escenas iniciales también de La caída del imperio romano, son lo mejor que tenemos para visualizar la lucha de Roma contra los bárbaros germanos. En ambos casos se trata de la guerras marcomanas de Marco Aurelio y no la que nos ocupa, muy anterior como he señalado, pero es que curiosamente no existe aún un filme memorable sobre la batalla de Teutoburgo. Esas imágenes de los germanos aullantes emergiendo de los bosques y lanzándose salvajemente sobre el orden de las cohortes a fin de desbaratarlas a base de fuerza bruta tienen una fuerte carga psicológica. Para los hombres de Varo fueron mucho más: la última visión antes de perecer. Eso los que tuvieron suerte. A los prisioneros, excepto algunos vendidos como esclavos, se los sacrificó de maneras atroces a los dioses germanos como Donar, que para eso eran poco sutiles. Las fuentes nos dicen que a algunos se los quemó vivos en cestas o hirvió en potes. Tácito menciona los altares en los bosques, “tristes lugares de aspecto y memoria siniestros”, donde se inmoló a los tribunos y centuriones, y que había cabezas clavadas en el tronco de los árboles.

Como sucede con todas las grandes batallas, la de Teutoburgo (en Kalkriese, Baja Sajonia) no es sencilla de explicar en toda su extensión. Una versión la presenta como una rápida masacre, con las legiones desarticuladas al llevarlas a un terreno donde no podían desplegarse efectivamente y los romanos convertidos en una masa desordenada y aterrada mientras los germanos los aniquilaban en una gran emboscada. Otra, más acorde con lo que debió pasar, nos ofrece una destrucción progresiva del ejército, una columna de 15 kilómetros, a lo largo de cuatro días en los que las legiones iban desangrándose y desintegrándose en pequeñas unidades, dejando atrás el bagaje y los heridos, culminando el 11 de septiembre (¡hay que ver cuantas cosas pasan esa fecha!) en una degollina final.

Desastre

Ambas versiones coinciden en que el desastre fue total y fruto de la brillante (y artera) mente de Arminio, noble querusco que había sido educado en Roma y a la sazón mandaba la caballería auxiliar de Varo mientras preparaba la trampa. El supuesto amigo germano planificó desde dentro la destrucción de las legiones: sabía cómo reaccionarían los romanos, en cada momento, los cegó al encargarse él mismo de las tareas de reconocimiento del terreno y logró que las tribus lucharan disciplinada y homogéneamente, ateniéndose a la estrategia diseñada. Arminio cambió la ruta de Varo —de regreso a sus cuarteles de invierno tras la campaña de verano por el Barbaricum que consistía básicamente en un imperial marcar paquete— inventando una pequeña revuelta que el comandante romano decidió sofocar. Atrajo así a las legiones a parajes donde quedaban imposibilitadas de marchar ordenadamente y maniobrar y las fue castigando concienzudamente con ataques que las iban diezmando en un verdadero vía crucis sembrado de cadáveres, miembros cortados y vísceras desparramadas. Además llovía.

En un punto de la extensa geografía de la batalla —la Killing zone, como la llama gráficamente Peter S. Wells en The battle that stopped Rome—, donde el paso se volvía estrecho entre las montañas y los pantanos, hizo levantar un terraplén, un cuello de botella artificial, para encajonar aún más a los legionarios y hostigarlos desde lo alto. La lucha en ese sector fue uno de los puntos culminantes de la batalla.

Varo, un hombre antipático que solía crucificar a los rebeldes, no estuvo a la altura; del reto hizo oídos sordos a los indicios de traición. A media batalla decidió matarse arrojándose sobre su espada como habían hecho su padre y su abuelo (hay que ver cómo pesa la familia). Veleyo Patérculo lo juzga sumariamente: “Tuvo más coraje para morir que para la lucha”. Los legionarios lo incineraron a medias —no estaba el ambiente para sutilezas— y lo enterraron, pero luego Arminio lo hizo desenterrar y decapitar.

Alemania hubiera sido muy distinta

Teutoburgo no fue el peor desastre de las legiones -compiten en esa categoría Cannas, Carras y Adrianópolis (todas dignas de esta serie), pero fue la batalla que detuvo a Roma en el Rhin e impidió la incorporación plena de Germania al mundo romano. Tras el desastre de Varo y las turbulencias que le siguieron, los romanos abandonaron los planes de llevar su frontera noreste hasta el Elba y convertirlo en el límite de su civilización creando la provincia de Germania Magna. Resultaba demasiado costoso. Y eran otros tiempos: Hispania también había sido difícil de conquistar, con muchas guerras y re vueltas, pero la República alentaba más la pugna de los cónsules -un cargo provisional- por conseguir nuevas provincias que la nueva formulación imperial unipersonal de Augusto y sus omnímodos sucesores. En todo caso lo más relevante es que de no haber sido por Arminio y su victoria en el bosque de Teutoburgo -convertidos ambos en iconos nacionalistas con un eco siniestro en la época nazi-, los alemanes seguramente hablarían hoy un idioma latino y quizá su cultura no hubiera dado un Kant, un Bach, un Goethe, pero tampoco un Bismarck ni un Hitler. Ni una Merkel. Una Alemania romanizada difícilmente hubiera desatado dos guerras mundiales y el Holocausto y sin duda entendería mucho mejor a los griegos.