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Ficción en cadena

‘Arrepentimiento’ (1) | ‘Nada que hacer’

Carlos López (Madrid, 1962), Guionista de 'El Príncipe', inicia estos relatos semanales por los que desfilarán algunos de los mejores escritores de series de televisión españolas

Ilustración de Eduardo Estrada. Ampliar foto
Ilustración de Eduardo Estrada.

Se le ha quitado el hambre. Mario contempla en silencio la piel rugosa y moteada de una pera que ya no se va a comer. Mira el paisaje de ladrillo que ofrece la ventana y una noche más vuelve a desear que le permitan salir a la calle para caminar sin rumbo, para pisotear la nevada que ha tomado por sorpresa la ciudad. Ha encajado con disgusto lo imprevisto del traslado, que le obliga a recoger sus cosas a toda prisa y ceder la habitación a un enfermo a punto de salir del quirófano. No hay elección: tendrá que instalarse en una sala compartida con otro paciente, en la misma planta. La quinta. Cardiología.

Allí le conducen cuando faltan solo unos minutos para el apagado general. Su nuevo compañero de habitación está conectado al oxígeno, medio adormilado, y tiene tan pocas ganas de conversación que ronca sonoramente un instante después de las presentaciones. El celador trae la pera que Mario olvidó en la bandeja y con ella en la mano Mario retorna a su única certeza: no sabe qué hacer. No hay visitas. No tiene lectura ni monedas para el televisor. Aburrido, se levanta y se asoma al baño, echa dentro un vistazo en busca de algún motivo de protesta que alcance para llenar de contenido la próxima media hora.

Entonces entra él, como una sombra. El chándal oscuro, la gorra negra, la braga también negra que oculta su rostro y que el chaval descubre lo justo para preguntar a Mario con urgencia: "¿Es usted Alejandro Espinoza?"

“El chaval saca una pistola, ante la que Mario obedece sin pensar”. Todo comienza con una pera de piel rugosa

Mario niega con un cabeceo. Señala a su compañero, que ronca como un bendito. "Creo que es ese de ahí". El recién llegado aprovecha que Mario ha extendido el brazo y lo toma con fuerza para llevarlo de vuelta a su cama, como quien maneja un látigo, y cuando lo tiene encajonado le trasmite instrucciones precisas, unas palabras que Mario nunca olvidará: "Mira a la pared. No te muevas, no digas nada. Esto no va contigo."

El chaval saca una pistola, ante la que Mario obedece sin pensar. Y cara a la pared, mirando los desconchones del yeso, sobre los que un enfermero alguna vez colgó un póster de la sierra de Cazorla, Mario escucha los disparos. Sordos, irreales, amortiguados por el silenciador, necesariamente mortales. Dos en la barbilla, dos en el pecho, uno en cada costado. Tac, tac, tac, tac, tac, tac. El cañón toca la piel, suenan como grapas. Terminada la tarea, el chaval escapa con el mismo paso firme que le trajo a la habitación.

Pasan unos minutos y Mario aún permanece inmóvil, los ojos cerrados, el miedo latiendo con fuerza bajo el pecho. No le hace falta mirar: Alejandro está muerto. Mario aguanta como una estatua, a la espera de que entre alguien y dé la voz de alarma.

Es el único instante en que sus vidas coinciden. Alejandro, el que acaba de morir, era un capo de un cártel colombiano. El chaval contratado para asesinarle, un sicario recién aterrizado en la ciudad. Y Mario, el testigo involuntario del crimen.

Nunca antes se habían visto. Ninguno de los tres quería estar ahí.


Mañana, capítulo 2 del relato Arrepentimiento: La mano tiembla