CRÍTICA | IT FOLLOWS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Intoxicando la mirada

Aquí la pantalla es como la puerta imaginada por Saki: una ventana que intoxica nuestra mirada

Un fotograma de 'It follows'.
Un fotograma de 'It follows'.

En La puerta abierta, magistral relato de Saki, la tendencia de una niña a las fabulaciones improvisadas convertía el espacio enmarcado por una puerta en un umbral donde, a los ojos de un incauto, lo cotidiano mudaba en pavoroso. Algo parecido hace David Robert Mitchell al sentar la premisa de It Follows. Su planteamiento lleva consigo un gratificante punto de renovación formal: la reivindicación del plano general extremo como instrumento para provocar inquietud y romper con las inercias expresivas de un género más dado a encerrar a sus personajes en planos claustrofóbicos con control efectista del fuera de campo. Aquí la pantalla es como la puerta imaginada por Saki: una ventana que intoxica nuestra mirada, recurso que transforma radicalmente la manera en que el espectador contempla una película de terror puro, desnudísima y, al mismo tiempo, tan susceptible de ser sometida a lecturas sesudas que no cuesta imaginarse a un Slavoj Zizek con los dientes (lacanianos) muy largos tras la proyección.

Mitchell, que ya había inoculado inesperadas dosis de tristeza y melancolía en la comedia de iniciación con su ópera prima The Myth of the American Sleepover (2010), se entrega aquí a deconstruir las formas que el género llevó a su extenuación en los ochenta. En un Detroit espectral, casi vaciado de presencias adultas, una joven se convierte en eslabón de una maldición que, en una suerte de guiño macabro a La ronda de Schnitzler, parece funcionar como una enfermedad de transmisión sexual. El cineasta posee la capacidad de dotar de una cualidad enigmática a toda imagen, revela una sensibilidad que se diría descendiente de la del gran Val Lewton –ese productor que, con la complicidad de cineastas como Jacques Tourneur, Robert Wise y Mark Robson, se erigió en gran poeta del fantástico–, brilla en sus soluciones de puesta en escena –la panorámica circular del prólogo– y se muestra tan empático con la sensibilidad femenina como mordaz a la hora de retratar la sexualidad masculina.

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