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El mecenas del impresionismo

La National Gallery dedica una muestra a Durand-Ruel, que apostó por artistas como Monet

Paul Durand-Ruel, retratado por Renoir en un óleo de 1910. Ver fotogalería
Paul Durand-Ruel, retratado por Renoir en un óleo de 1910.

El personaje que vendió él solito más de mil cuadros de Monet -amén de millar y medio de renoirs, centenares de degas, manets o sisleys- no responde exactamente a la noción actual de aquellos marchantes que trabajan con cifras millonarias y más o menos sobre seguro. La apuesta de Paul Durand-Ruel (1831-1922) fue la de un grupo de pintores coetáneos, ridiculizados en sus inicios por la obsesión en plasmar a pinceladas la luz y su momento, pero en quienes quiso arriesgar su prestigio y su fortuna, rozando en más de una ocasión la bancarrota. Ese mecenas crucial en la proyección global del movimiento impresionista protagoniza una exposición en la National Gallery de Londres, arropada por muchas de las grandes obras en las que nadie creyó antes que él.

“Sin Durand-Ruel hubiéramos muerto de hambre. Se lo debemos todo”, sentenció Claude Monet sobre esa figura protectora, sustento económico y moral, siempre aleccionador a pesar de que sólo pudo conocer los réditos de su empeño en edad tardía. Las más de 80 pinturas que integran la muestra del Trafalgar Square hasta el 3 de mayo, reunidas gracias a préstamos de colecciones públicas y privadas de Europa, EE UU y Japón, suponen un verdadero festival sobre el legado de los impresionistas. En su tiempo, sin embargo, suscitaron enorme controversia y llegaron a ser tildadas de “insulto” por el academismo francés.

Aquel atípico tratante, que había tomado el relevo del negocio familiar con muchas reticencias, se sintió inmediatamente seducido por la espontaneidad, energía y frescura de un novedoso colectivo de pintores. En 1872 descubrió dos naturalezas de Edouard Manet en el estudio parisino de otro artista y las compró al instante. Acto seguido se dirigió al estudio del propio autor y adquirió todo lo que allí vio colgado, 21 cuadros por 35.000 francos de la época. Este viudo prematuro, con un negocio poco boyante y cinco hijos a su cargo, asumía un gran riesgo cuando su clientela no veía más allá de las obras del realismo francés.

Pero esa fue su forma de hacer las cosas desde que año y medio antes conociera a Monet y Camille Pisarro en Londres, todos ellos refugiados allí de la guerra franco-prusiana. En una galería alquilada en el barrio de Mayfair, se atrevió a insertar entre otras piezas más convencionales sus obras ejecutadas al aire libre, en parques, suburbios y a orillas del Támesis. Un primer tanteo que Durand-Ruel continuó desarrollando a su regreso a París, donde amplió sus relación con Edgas Degas, Alfred Sisley y sobre todo Pierre-Auguste Renoir, gran amigo y autor de los retratos de Durand-Ruel y de sus retoños exhibidos ahora en la National Gallery.

Edouard Manet, 'Luz de la luna en el puerto de Boulogne', 1868. ampliar foto
Edouard Manet, 'Luz de la luna en el puerto de Boulogne', 1868.

La exposición relata casi en orden cronológico el esfuerzo del marchante por colocar esas pinturas en el mercado, utilizando los métodos del mundo de las finanzas; su compra en bloque de los cuadros de un mismo autor para organizar exposiciones en solitario, una idea entonces extraña y muy cara. Tuvo que buscar de antemano la financiación de potenciales compradores para que Monet pudiera concluir su serie de los Álamos. Más de 120 años después, cinco de esos lienzos han sido reagrupados en la muestra londinense, titulada Inventing Impressionism.

Durand-Ruel ofrecía a sus protegidos algo nuevo. Aunque invertía sumas pequeñas en sus obras, les pagaba salarios mensuales, solía cubrir sus deudas y les trataba como amigos. Apenas distinguía entre su negocio y la vida personal, porque el arte que patrocinaba en público era el mismo que le deleitaba en privado. Como esa puerta de su piso de la Rue de Rome, decorada con motivos florales por el pincel de Monet, y que reproduce la exposición.

Su fortuna cambió definitivamente al aceptar, en 1886, una invitación para exhibir a los impresionistas en Nueva York. Los americanos no se mofaron de aquella propuesta, bien al contrario, y desde Francia se tomó nota. Dos años después, Durand-Ruel ya había abierto una galería permanente en la ciudad, a la que siguieron otras muchas con la expansión de su firma. Su nombre aparece hoy destacado entre los fundadores del mercado artístico internacional.

La culminación del éxito vino de la mano de un gran evento en las Grafton Galleries de Londres, en 1905, la mayor exposición de arte impresionista nunca vista y que aglutinaba 315 obras. El padrino del movimiento era entonces ya un septuagenario. “Y pensar que si hubiera muerto a los 60 años, lo habría hecho arruinado y rodeado de tesoros infravalorados. Mi locura ha acabado siendo mi sabiduría”, subrayaba un año antes de su muerte bajo la proclama: “Al final, los maestros impresionistas han triunfado”.

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