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Un paseo por los recuerdos y la obra de José Antonio Labordeta

La fundación que perpetuará su memoria se abre hoy al público en Zaragoza

José Antonio Labordeta
José Antonio Labordeta, en Huesca en agosto de 2009.

Desde hoy abre sus puertas al público en Zaragoza la Fundación José Antonio Labordeta, un espacio sito en el centro de la ciudad concebido desde el respeto a la memoria del cantautor, escritor y político (Zaragoza, 1935-2010) y construido por un reducido grupo de personas. “Reducidísimo”, en palabras de su viuda, Juana de Grandes. “Trece patronos: mis hijas, Eloy Fernández Clemente, Gonzalo Borras y Emilio Gastón [sus amigos de siempre], Pepe Melero, López Susín, Ramón Salanova, Pérez Lasheras, Manuel Pizarro [alumno suyo], Manuel Teruel y yo”. Lo contó y lo definió el día de la inauguración: “Un grupo que hemos buceado sin ningún tipo de protección y sin mesura en su vida, obra y entorno”. Ella habló así de ese lugar, austero, mágico, que refleja el espíritu de su marido, fallecido en septiembre de 2010, y cuyo legado ya puede visitarse. Aragón sigue, Labordeta vivereza su lema y su viuda reconoce que sí, que es “un espacio para el recuerdo y la ternura”. De hecho, está construido por mujeres: ella misma y sus hijas Ana, Ángela y Paula.

Juana de Grandes acompaña la visita del primer día de puertas abiertas con explicaciones y recuerdos. “Cambié mi visión de José Antonio el día en que sacaron su féretro de las Cortes [aragonesas] y vi aquella multitud que cantaba y nos acompañaba. Supe que era de ellos y me dejé vencer. Yo, tan celosa de nuestra intimidad familiar, de querer construir una vida privada al margen de su carrera; yo, que velaba por preservar el muro, cuando vi aquello, las Cortes sitiadas, abrazadas, por el pueblo, supe que el patrimonio de José Antonio les pertenecía”. Juana, su compañera, su cómplice, reconoce que compartir a Labordeta le da energía.

Ana, Ángela y Paula lo tenían más claro que su madre: había que hacer algo con ese legado. Comenzó un periplo de cuatro largos años que arrancó visitando la Fundación Torrente Ballester en un viaje a Galicia. Cuenta Juana que amigos de Labordeta bullían en la idea de levantar algo para preservar su memoria. “Arrancamos con la advertencia del alcalde, Juan Alberto Belloch, de que el camino sería duro. Quería mucho a José Antonio y dijo que nos apoyaba pero que iba a ser largo”, recuerda. Se pusieron en marcha en 2011 y cogieron velocidad en 2013.

Hoy, el Gobierno de Aragón, que cede el local; el Ayuntamiento de la ciudad y la Diputación Provincial, junto a Ibercaja, ayudan a sostener la fundación. Recuerda Juana que la idea fue aceptada. “A [Luisa Fernanda] Rudi [presidenta de Aragón] le pareció bien, pero nos ofrecían espacios demasiado ambiciosos, imposibles de mantener”. Finalmente, el lugar elegido parece hecho a medida: dos salas a pie de calle para la muestra y otra destinada a los estudiosos de la obra del autor.

Dos salas acogen la muestra y una tercera se destina a los estudiosos

Su infancia, recogida en fotos y bajo versos que festonean las paredes, los años de Teruel, la familia... abren el lugar. Está su despacho, con la mesa que su madre, Sara Subías, regaló al matrimonio por su boda: las estanterías con sus libros y la colección de cabezudos; la máquina de escribir, antes del ordenador; los cuadros de Cano, Vitoria, Giralt; los discos, el tocadiscos, sus gafas, su móvil... “Esta mesa preciosa que nos ha acompañado a todas partes y que era un horror para mi suegra, la librería... Así estaba en casa”, evoca Juana. Las fotos de los amigos en Canfranc, los primeros recortes de prensa hablando de aquel cantautor profesor de instituto, las hijas, sus poemas a Juana, Ana, Ángela, Paula y, en el rincón que cierra la sala, un homenaje a Miguel. Su hermano poeta murió en 1969 y, en cierta medida, les supuso el regreso a Zaragoza al año siguiente. “Era tiempo de volver, tras la perdida de Miguel y ya con un disco. Desde Teruel, regresamos tras aquellos años inolvidables”.

En el pasillo hay colgadas caricaturas suyas. Andalán, la revista fundada entre otros por él en 1972, y primer aldabonazo de prensa progresista y regionalista en Aragón en la predemocracia. Un cuadro encargado por sus amigos, que pintó Cano, en el que figuran él y Juana y que llegó a casa dos días después de su muerte. “Lo colgué, tuve fuerzas y ahora está aquí”. Como está el homenaje de sus amigos de la tertulia de poco antes de morir del Salón Habana. “Eran Alquezar, Artal, Pérez Latorre y Jorge Gay, y eran de un humor parecido al suyo”.

“Vi a la gente sacar su féretro y supe que a ellos les pertenecía su legado”, dice su viuda

Llega el espacio de la vida pública, sus 35 años más conocidos: la de cantautor, con portadas de los discos, de Saura, Cano, Lasala, su guitarra, fotos de los conciertos, las canciones. Su faceta de viajero cercano, la mochila en la que metió todo un país recorrido con llaneza. Sus libros ilustrados en varias ocasiones por Bayo. Los escritos y cartas de Goytisolo, Cela, Pablo Serrano, Frutos, Blecua, Celaya, Delibes y su vida de político, la ultima etapa antes del adiós. Su papel en el escaño como diputado de la Chunta, tiempo de intervenciones memorables en el Congreso. Los premios recibidos —el último, el doctorado honoris causa de la Universidad de Zaragoza—, como la Medalla de Oro de las Bellas Artes o La Gran Cruz de Alfonso X El Sabio. “No están todos”, precisa la viuda.

El recorrido se cierra con el adiós. Las impresionantes fotos de ciudadanos rodeando las Cortes aragonesas, de donde salió su féretro, los telegramas de pésame, de la Casa Real a los escritos en los libros de condolencias de la gente llana: “Gracias Labordeta por querer tanto a Aragón” o “Te has ido sin firmarme el último disco”.

La semana pasada, llovía en Zaragoza y llegaban los primeros visitantes a la fundación. Un goteo para el primer día de puertas abiertas. Paula, su hija, reconocía que “más de uno lloraba”. La fundación recoge su legado. Sus patronos la sostienen: “Hay que pagar la luz, el agua, la calefacción... Por eso vamos a cobrar un euro de entrada”. Días para grupos y colegios, “a los que no cobramos”. Allí está su legado. Espacio para la investigación y para la visita. Un sueño que comienza.

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