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universos paralelos
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Nuestros ‘Charlie Hebdo’

En España los humoristas de 'El Papus' mostraron una actitud radical los años que siguieron a la muerte del dictador Franco

Portada de la revista 'El Papus' sobre el 23F.
Portada de la revista 'El Papus' sobre el 23F.

Conviene hacer memoria: en España también se intentó acabar con los humoristas deslenguados mediante la violencia. Herederos precisamente del espíritu bête et mechant de Hara-Kiri y Charlie Hebdo, dibujantes como los de El Papus mostraban una extraordinaria agresividad en los tiempos inciertos que siguieron a la muerte del dictador.

Exteriormente, aquella “revista satírica y neurasténica” lucía como un producto del destape, pero el interior contenía viñetas salvajes, potenciadas por un lenguaje callejero. En todo caso, demasiado crudas para la extrema derecha, que en septiembre de 1977 enviaba una bomba conteniendo entre dos y cuatro kilos de T4. La explosión reventó el interior del edificio que acogía al semanario y destrozó al conserje (un año después, moriría otra persona en la estafeta de EL PAÍS).

En realidad, lo más parecido al asalto a Charlie Hebdo fue la matanza de los abogados de Atocha, a principios de 1977. Puede sonar horrible pero hoy sospechamos que hubo muertos de primera y de segunda categoría. Un documental de 2010, El Papus, anatomía de un atentadodisponible en RTVE A La Carta— evidencia que la policía no hizo mucho por desentrañar el caso. No se quiso averiguar quién armó la bomba, aunque sí se condenó levemente a unos pardillos por delitos comparativamente menores. El Tribunal Supremo negaría una indemnización a la revista, a pesar de que las pistas llevaban hacia las llamadas “alcantarillas del Estado”.

Acongojados, los dibujantes descubrieron que disponían de un medio tan poderoso que podía ser entendido incluso por los más cernícalos. Alguien afirma en El Papus, anatomía de un atentado que los asesinos lograron su propósito de liquidar la revista; en verdad, El Papus continuó hasta 1986.

Pero sí creció el miedo: como comenta Carlos Giménez, “no es cierto que la pluma sea más poderosa que la pistola”. Aparte de las amenazas de muerte, pesaba el desgaste de los infinitos juicios, los secuestros casi aleatorios, los cierres temporales. La Justicia respaldó con entusiasmo las funciones represoras de la Administración.

Vistas desde fuera, sí parecía que tanto El Papus como su hermano menor, El Jueves, interiorizaron cierta prudencia desde que se hizo evidente que la Transición iba dando bandazos. Tal vez estoy siendo injusto pero tengo en la memoria que los números de ambas revistas que siguieron al 23-F reflejaban esencialmente alivio ante el fracaso de los golpistas.

La respuesta más beligerante contra el 23-F vino de un rincón inesperado. El Víbora, supuestamente órgano del pasotismo, reaccionó con insospechada energía y, pocas semanas después, se materializaba un contundente Especial El Golpe, con portada de Max. Creo recordar que no hubo una obra colectiva similar en la música, el cine, la literatura o las artes plásticas. Típicamente, nunca se reconoció la valentía del gesto del editor Josep Maria Berenguer y su equipo.

Ese número extra además derrochaba imaginación y heterodoxia. Aunque El Víbora apostaba por la denominada “línea chunga” frente a la “línea clara” de Hergé, Martí usó a Tintín y sus amigos para narrar el tejerazo. Gilbert Shelton, maestro tejano del underground, firmó un ejercicio de ciencia ficción a partir de las tendencias centrífugas ya evidentes en la España de 1981.

Fue una jugada de funambulismo que funcionó. El Víbora podía haber fingido, como hicieron los grupos de pop y rock del momento, que nada había ocurrido. Incluso, estaba la cómoda opción de tratar el asunto con la actitud nihilista (punk, se decía entonces) del descreído, del desencantado. De hecho, algo de eso se manifiesta en algunas páginas, pero primaba el apoyo a la Constitución, frente a las otras alternativas visibles.

Historias lejanas, dirán algunos. No tanto: cosa grande es ver a nuestro presidente del Gobierno desfilando en París a favor de la sacrosanta libertad de expresión, mientras su partido celebra la imputación de Facu Díaz, un cómico de sal gruesa que no desentonaría en Charlie Hebdo. Cuidado con la doble moral.

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