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El arte en los márgenes de Esther Ferrer

Cultura reconoce con el Premio Velázquez la influyente trayectoria de la creadora vasca, un referente desde la periferia de lo conceptual y la ‘performance’

Esther Ferrer, ayer miércoles en su casa de París. Ampliar foto
Esther Ferrer, ayer miércoles en su casa de París.

La artista conceptual y performer Esther Ferrer (San Sebastián, 1937), que ayer fue distinguida con el Premio Velázquez de Artes Pásticas que concede el Ministerio de Cultura, es de la clase de creadoras capaces de mezclar la precisión con los significados abiertos. Tal vez por eso repite que sus obras no tienen una lectura única, ni cerrada. Por eso, también escucha atenta las interpretaciones, aunque, inquisitiva como es, implacable se diría casi, espera un tipo de público atento, dispuesta a sumergirse con ella en sus búsquedas. “Nunca pienso en lo que va a opinar o sentir el espectador, si quiere participar, no tiene más que hacerlo, no seré yo la que se lo impida, pero tampoco la que le incite a ello”, decía en una entrevista con motivo de su exposición en el Koldo Mitxelena (San Sebastián).

Mujer enjuta y vivaz, con mirada inteligente, está dispuesta a capturar nuestra atención sin clemencia. Llena la escena como las mejores actrices, aunque no se trata de una intérprete ni de un escenario al uso. La performance, Ferrer lo deja claro, no es teatro propiamente dicho, sino el paradójico resultado de la precisión y el azar. De ahí que use las “partituras” como textos de instrucciones básicas, que van cambiando a lo largo de los años, que no es sino otra forma de reflexionar sobre el transcurso, uno de los puntos clave de su propuesta. En Ferrer todo está interrelacionado; la performance misma, la foto o el dibujo. Todo está, además, en tránsito, como en una sucesión de elementos escasos, prestados, que va encontrando cada lugar al cual llega (Ferrer llega a decir que no se pueden comprar sus obras; pues están siempre de paso). Todo ello la convierte en una de nuestras artistas más radicales y coherentes.

Se podría decir, además, que pertenece al momento heroico de las vanguardias en España, cuando en plena dictadura franquista a finales de los años sesenta del XX empiezan desarrollarse nuevas formas de arte. Era fundamental entonces dar con los modos idóneos de camuflaje, sobre todo para una mujer, algo bastante excepcional en el país de aquellos años. En 1967 entra en contacto con el mítico grupo ZAJ —muy ligado a la música y, por lo tanto, a Cage—. Con ellos (Ramón Barce, Juan Hidalgo y Walter Marchetti) trabaja en acciones colectivas e individuales, porque mantener la independencia es esencial para todos ellos. En aquel escuálido panorama español surge ZAJ como un soplo de arte fresco con la acción El caballero de la mano en el pecho, (1968) —en un homenaje al cuadro de El Greco, Hidalgo ponía una mano en el pecho de Ferrer—. Fue un gran escándalo para la época por sus implicaciones sexuales en un país lleno de censuras. Un espectador, cuenta la propia Ferrer, decidió salir a escena y poner la mano en el otro seno: una vez más se suspendía el tiempo con la intervención de aquel voluntario en un país donde nadie sabía cómo actuar frente a lo vanguardista.

Ahora se reconoce hasta sus extremas consecuencias lo radical de sus ideas

Las performances de ZAJ se adelantaron, sin duda, a los famosos Encuentros de Pamplona, de 1972, donde llegan algunos artistas internacionales a España o a la experiencia de grupos que se podrían llamar de “resistencia” vanguardista, como las formas asociadas a la cibernética y el ordenador que aparecieron muy temprano y que estuvieron en boga gracias a la labor del Centro de Cálculo de la Universidad Complutense de Madrid.

Sea como fuere, sólo ahora se reconoce hasta sus extremas consecuencias lo radical de las propuestas de Ferrer, que lleva décadas afincada en París. Su trabajo, recompensado con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2008, es decididamente contemporáneo en su proximidad al cuerpo, a las distintas opciones sexuales y hasta, en cierto modo, a las teorías de género. Además, resulta muy interesante su feminismo.

Probablemente, por eso mismo, es recientemente cuando se han logrado leer de forma correcta, encontrando una génesis para las nuevas aproximaciones al arte que durante años la crítica y los museos españoles han buscado fuera de nuestras fronteras. Ahora, por fin, resplandece luminosa Ferrer, contundente en escena, retando a la mirada y las interpretaciones; rodeada de escasos elementos, desarrollando sus tiempos particulares.

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