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Motivación e inspiración

Serrat, 50 años de oficio, ha acompañado la historia reciente describiéndonos en compases

Serrat, Ana Belén, Víctor Manuel y Miguel Ríos. Ampliar foto
Serrat, Ana Belén, Víctor Manuel y Miguel Ríos.

Las tiene líricas, pero también teatrales. Las ha parido en prosa y en verso, por intuición, por choteo y por desesperación, con la ola de su seny latino y el rigor preciso de su empeño nórdico. Joan Manuel Serrat, 50 años de oficio, es ese hermano colectivo de quien todo quisqui tiene un disco en casa. Ha acompañado la historia reciente describiéndonos en compases. Es un confidente íntimo, alguien que nos expresa y nos abraza, compañero de derribos interiores y alegrías compartidas, Serrat encarna derrotas y aspiraciones, que podría resumir en 10 canciones. Una selección hecha a medias con EL PAÍS para la que el artista explica su motivación y su inspiración en cada una de ellas.

Aquellas pequeñas cosas

La sorpresa de lo cotidiano, el golpe de efecto que esconde un cajón. La vida en silencio, tan sólo interrumpido por una sonora estampida de recuerdos, se esconde bajo este poema de acordes que Joan Manuel Serrat incluyó en su obra maestra Mediterráneo: “Quería reflejar cierta ternura de lo cotidiano, la gran dimensión que adquieren en nosotros muchas veces las pequeñas cosas”, asegura el autor. La inspiración la tiene asociada al poema Las moscas, de Machado, que por aquel entonces le zumbaba por detrás, elaborado con el método contrario a la epopeya. “Hay varias maneras de construir canciones. Una tiene que ver con agarrar un hecho contundente y dejarlo en dimensión de andar por casa, otro, como hizo Machado en ese poema, consiste en poner en valor algo tan ínfimo como las moscas”.

Mediterráneo

La falta, la ausencia de mar es lo que llevó a Serrat a escribir Mediterráneo. “Estaba en México, llevaba semanas en el interior. Soñaba, literalmente con él. Agarré el coche y me fui a un lago, aunque sólo fuera por hacerme a la idea del mar que yo añoraba. Es en esos casos cuando me doy cuenta de que para mí, el mar, y concretamente el Mediterráneo es una identidad: una identidad feliz”, asegura. Luego, ya saben la historia de esta canción que cada uno de nosotros lleva dentro. Elegida en la mayoría de las listas de preferencias en cuanto a música popular como la mejor que se ha escrito nunca en español. Su soniquete podría llevar a muchos intérpretes amantes de la boutade a renegar de ella. No es así, en el caso de Joan Manuel: “Jamás, jamás, renegaré de esta o de cualquier otra de mis canciones. Me sentiré eternamente agradecido, son ellas quienes me han hecho lo que soy. Así que siempre la cantaré por obligación, pero lo que es más importante, por gusto”.

Pleny al mar

Hija de Mediterráneo, nace en los años ochenta Pleny al mar. “Es un cabreo, su cara B”. Son infinitos los azares, las motivaciones, las justificaciones de una canción. “Lo mismo que el amor me llevó a componer Mediterráneo, un grito, un llanto un qué hemos hecho me llevó a hacer Pleny al mar. Son complementarias, van juntas, aunque la última surge de la necesidad de alzar la voz”.

Pare

La guerra entre la tierra y los hombres, una plegaria casi divina pero al tiempo absolutamente arraigada. Una canción sobre el fracaso, el olvido, que tampoco tiene que ver directamente con su padre: “Él era una buena persona, en cualquier drama griego encajaría perfectamente como el elemento que aparece para solucionar cualquier conflicto e imponer paz”.

Pueblo Blanco

Esta es la historia de una canción mutante, con eco de regreso y conciencia metafórica para otras tragedias. Cuando Serrat la compuso a principios de los setenta, la motivación estaba clara: hacer una crónica más bien tétrica del abandono de los pueblos y el asalto a la ciudad, un testimonio de la transformación de un país que dejaba masivamente de ser rural para convertirse en urbano. Pero años después, cuando el artista la cantaba en Chile o Argentina y entonaba estas líneas: “Pero los muertos están en cautiverio y no los dejan salir del cementerio…”, automáticamente sobrevolaban entre los estadios y las conciencias los crímenes de Videla o Pinochet. “Es una de las maravillas que tiene hacer canciones. No sabes hacia donde las va a llevar la gente”. Hoy, cuando leemos en las noticias un cierto pálpito de vuelta al campo, podemos decir que esta majestuosa pieza ha iniciado su camino de regreso.

Romance de Curro el Palmo

La historia de este tierno pringadillo, miembro de un tablao, se enmarca en la narrativa de Serrat. Pero también en la dramaturgia, porque ha sido llevada a los escenarios por Antonio Canales en un espectáculo que convierte en carne a este gitano falso ex bufón de palacio. “La canción es un homenaje a Rafael de León. Una pieza en cuatro actos”… El primero cuenta la planta del personaje y su circunstancia, el segundo su amor por Mercedes, el tercero, su dolor al ver cómo ella se le escapa con un curapupas de clínica propia y rolls de contrabando y el último, su llegada al cielo. Genialidad de peripecias, que engarza con una sublimación de la copla en todo su esplendor pero también con obras maestras de la literatura como El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales.

Sería Fantastic

En cierto sentido, Sería fantastic es el Imagine de Serrat: una escueta pero profunda formulación de la utopía. El sueño del sentido común, la aspiración de un paraíso al alcance. “Las canciones se cuentan a sí mismas. Esta es una petición formal para que todos resultáramos iguales a los ojos de Dios y de la policía municipal”, afirma su autor. El que todo sea como está mandao pero no mande nadie, esa cierta anarquía tolerante y ordenada del sentido común fabricada con dobles sentidos, para que el común, a ser posible, tantas veces esquivo, no falte.

Lucía

Igual que Mediterráneo, Lucía es para Serrat una de esas canciones irrenunciables en sus conciertos. La viste, la desnuda, y esta carta de amor, que ha quedado en cueros tan sólo abrazada por la guitarra de Silvio Rodríguez en su nuevo homenaje, es uno de los cantos a la pérdida, a la búsqueda en la arena de la luna llena que arañaba el mar.

No hago otra cosa que pensar en ti

Las musas, ay, las musas. Si todo el mundo, empezando por sí mismo, fuese capaz de darle esta vuelta de tuerca magistral a la falta de inspiración, de nuevo, entre el absurdo y el poder volátil de lo cotidiano –“por cierto, al techo no le iría nada mal, una mano de pintura”-, se contarían a pares los prodigios. Pero lo que Serrat hizo en esta pieza que incluyó dentro de su disco de regreso a la visibilidad –tras años de censura en Televisión Española después de negarse a cantar en Eurovisión por no dejarle hacerlo en catalán- que fue En tránsito, resulta una lección de maestro. Su frescura, su ironía, su aire de burla contra la ausencia de luz y contra sí mismo, es asombrosa: “Las putas musas, sí, había que darle un sentido simpático a esa desesperación de no encontrarlas, ¿no?”. Ya saben, otra de las características del producto: ausencia de rencor.

Cantares

Dentro de la carrera de Serrat ha existido un apartado importante. Un empeño por mantener vivo su club de los poetas muertos. En él se encuentran dos en letras mayúsculas. Dos grandes recurrentes a los que fue capaz de extender en toda su pureza con las armas de su música. Miguel Hernández fue uno, Antonio Machado el otro, de quien este Cantares supone una cierta bandera vital. “En cuanto a mi trabajo con la gran poesía, el resultado no es el fin, sino hacer buenas canciones para que la gente acuda a ellas”. Y lo ha hecho, en masa. Aunque ellos, de lo que forman parte, según el mismo Serrat es de una muy auténtica esfera de su intimidad. “Jamás les hubiese puesto una música que no les hiciera justicia”, afirma.