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¿Y quién no lo ha pensado?

Es transparente la inteligencia de Damián Szifón, un director tan original como perturbador

Ricardo Darín en una secuencia de 'Relatos salvajes'.
Ricardo Darín en una secuencia de 'Relatos salvajes'.

Se puede buscar la identificación emocional del espectador con lo que está viendo y escuchando en la pantalla de muchas formas. A través de fórmulas previsibles, con estudios de mercado sobre la oferta y la demanda, con guiones al servicio exclusivo del aura de las estrellas. El éxito nunca está garantizado, hay películas en las que todos los elementos están perfectamente engrasados para conseguir la aceptación de infinitos receptores y que sorprendentemente se estrellan en la taquilla.

Esa metodología precisa en la mayoría de los casos recursos muy fáciles, tópicos infalibles, una computadora con ínfimo margen de equivocación. Y luego están los artistas, los auténticos narradores de historias, los que imprimen su sello a todo lo que hacen en presupuestos grandes o pequeños. Su lenguaje puede ser clásico o barroco, espectacular o intimista, aparentemente sencillo o revolucionario con causa, pero siempre araña las fibras íntimas del receptor con paladar, transmite, deja poso. Y, cómo no, ningún gran director decide hacer cine de espaldas al público. O actúan como farsantes al proclamar su desinterés hacia la aceptación o el rechazo de la gente. Cuando ese arte es poderoso, complejo y veraz conectará con la sensibilidad de muchas personas o su eco será minoritario y prestigioso, pero dejará huella en los sentimientos de todos ellos.

Hay humor en estos sucesos bárbaros, pero es una gracia muy negra

Hay que ser un marciano para no identificarse con alguno de los personajes en situaciones extremas que pueblan la más que interesante película argentina Relatos salvajes. Y lo haces con rubor, sabiendo que no actuarás como ellos, pero no por falta de ganas. Nacen de la imaginación perversa del guionista y director Damián Szifrón. Se permiten la libertad y las soluciones que ofrecen las ficciones y que el orden social no permite o castiga en la vida real. Pero todo lo que plantean estas tremebundas y crueles historias demuestran un conocimiento lúcido y despiadado de la naturaleza humana. Es muy goloso pensar que puedes agrupar en un espacio sin salida a todas las personas que perpetraron tu desdicha para ejercer la venganza. Que una vulgar discusión de tráfico, en esos vehículos que facilitan la explosión de lo peor de la gente, se salde con ira homicida. Que una noche de lluvia y después de tanto tiempo aparezca en el lugar de trabajo el villano que destruyó a tu familia. Que un ciudadano que comienza a sentir vértigo ante la impotencia de reclamar justicia a la gélida e implacable burocracia, a esa ley que desprecia las quejas de los inocentes, decida utilizar su habilidad como dinamitero para darle un susto cojonudo al poder institucionalizado. Que la codicia de leguleyos, representantes de la ley y parias se cebe con un millonario que intenta salvar de la cárcel a su hijo comprando a un falso culpable. Que en tu felicísima fiesta de bodas descubras que tu modélico marido ha invitado a su amante a la celebración.

Hay humor en estos sucesos bárbaros, y siempre es liberador reírse, pero es una gracia muy negra. Y es transparente la inteligencia, la osadía y la crueldad de un director tan original como perturbador.

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