ADIÓS A UNO DE LOS GRANDES DE LA BATUTA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El perfeccionista de la técnica

Maazel, en junio de 1970.
Maazel, en junio de 1970.Erich Auerbach (Getty Images)

Lorin Maazel fue un director brillante que conquistó casi todas las cumbres musicales. Mago de la batuta desde la infancia, elogiado cuando tenía nueve años por Toscanini, aprendió todo lo que podía necesitar un músico para extraer grandes interpretaciones de orquestas de cualquier calidad. No había otro director más capaz que él de espolear a una orquesta cansada por los viajes y hacer que tocara como la Filarmónica de Viena; sobre todo, si era la Filarmónica de Viena. Su técnica ofrecía a los músicos una seguridad absoluta, y su conocimiento de la naturaleza humana les permitía sentirse arropados en todo tipo de circunstancias.

Maazel fue el primer americano, y seguramente el primer judío de la era moderna, que dirigió en Bayreuth, y después encabezó la orquesta de la radio de Berlín, sucedió a Georg Szell en la Orquesta de Cleveland y fue director de la Ópera de Viena, un puesto que en otro tiempo habían ocupado Gustav Mahler y Richard Strauss. La ambición de Maazel era insaciable. Cuando murió Herbert von Karajan, en 1989, estaba convencido de que iba a heredar la Filarmónica de Berlín. Cuando los músicos votaron por Claudio Abbado, juró que nunca más volvería a dirigirles. Fue nombrado director de la Filarmónica de Nueva York —”por fin, un trabajo de verdad”, dijo su padre— y luego de la Filarmónica de Múnich. Le adoraban en China y le adulaban en Japón. Y todavía quería más.

Nos vimos y hablamos en varias ocasiones, a menudo en circunstancias desfavorables. Lorin desconfiaba de cualquier medio de comunicación que no pudiera manipular. Pese a ello, llegamos a tenernos mutuo respeto y, en los últimos años, nuestras conversaciones eran cordiales. Era capaz de mostrar un encanto irresistible, pero con un iceberg por debajo. Despreciaba el sentimentalismo. Cuando era director en Viena, vivía en frente de la tumba de Gustav Mahler, pero no fue jamás a presentar sus respetos hasta que yo le obligué físicamente a ir. Rompía relaciones con personas, orquestas y discográficas en cuanto sospechaba que le faltaban al respeto. Sin embargo, supo reparar la relación con la Filarmónica de Viena hasta crear una especie de paraíso. Nunca exhibía las cualidades espirituales de Claudio Abbado o Colin Davis, pero no había nadie tan eficiente como él. Dotado de talento para los negocios, se deshacía de agentes y exigía los máximos cachés de la profesión: llegó a cobrar más de 80.000 dólares (59.000 euros) por noche en Japón.

Tenía demasiado talento. La música le costaba tan poco que a menudo daba la impresión de estar aburrido. Yo le vi pedir silencio durante un breve trayecto en coche mientras estudiaba la partitura de Lulú, compuesta por Alban Berg, y subir después al podio para dirigir de memoria la compleja ópera en tres actos.

La música que compuso era derivativa, y su ópera 1984 fue un fracaso. Tocaba el violín con la calidad de un concertino. Hablaba de que iba a escribir una serie de novelas. Tenía la convicción de que podía hacer cualquier cosa.

Su talento genial residía en el acto físico de trabajar con una orquesta, en la precisión, en la creación de sonidos a partir de la nada. Entre los cientos de grabaciones que hizo, las mejores fueron las de Gershwin, Tchaikovsky, Rachmaninov y Ravel.

El periodo en la Filarmónica de Nueva York fue, después de un comienzo rutilante, más bien poco feliz. Múnich fue un bálsamo para su alma herida, y creo que sus últimos años los vivió satisfecho. Todavía oigo su voz, y no puedo creer que haya muerto. Lorin Maazel fue dueño de muchos destinos, pero nunca del suyo propio.

Norman Lebrecht es crítico musical

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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