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crítica | borgman

Fascinante superrealidad

A su director, Alex Van Warmerdam se le nota que es un artista total

Jan Bijvoet, su protagonista, provocando pesadillas a la pareja que le hospeda.
Jan Bijvoet, su protagonista, provocando pesadillas a la pareja que le hospeda.

Lo fácil sería quedarse en que parece una película de Michael Haneke con (aún) menos explicaciones. Podría decirse que partiendo del carácter malsano del cine político-social de Pier Paolo Pasolini, aterriza en una suerte de Andrei Tarkovski del nuevo milenio, donde bien pudiéramos estar en 2014 o en 2040. O, incluso, que estamos ante una nueva visión del surrealismo del griego Giorgos Lanthimos, adentrándose en el núcleo familiar de clase acomodada contemporáneo, para destruirlo a base de extravagancias que no son sino realidades de su esquina más recóndita.

BORGMAN

Dirección: Alex Van Warmerdam.

Intérpretes: Jan Bijvoet, Hadewych Minis, Jeroen Perceval, Sara Hjort Ditlevsen.

Género: drama. Holanda, 2013.

Duración: 113 minutos.

Y aunque algo de cierto haya en todo ello, sin embargo, estaríamos mintiendo sobre la esencia: Borgman,octavo largometraje del holandés Alex Van Warmerdam, que se reserva un pequeño papel como actor, estrenada en la sección oficial de Cannes 2013, y ganadora del último Festival de Sitges, es verdaderamente auténtica, una apisonadora de creatividad formal y narrativa que te deja con la boca abierta, el ceño fruncido, el estómago revuelto y las neuronas en plena ebullición.

A Van Warmerdam se le nota que es un artista total. Sus orígenes en la pintura y el diseño gráfico, y su paso por el teatro, confluyen en una película cuidadísima, ambientada casi exclusivamente en una casa y un jardín que no parece sino el puro infierno; o quizá sea el puro cielo, que hasta ahí puede llegar la interpretación de un espectador que ve cómo situaciones nunca experimentadas se le clavan en la mente como cuchillos de cine inolvidable. La lucha de clases y hasta el humor soterrado (lo del palo del polo es mundial) te dirigen hacia un estado de maravillosa estupefacción. Sin dar explicaciones. Y hace muy bien, porque esa liberación arbitraria de la imaginación, esa reunión de lo consciente y de lo inconsciente, conforma una verdadera superrealidad.