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La larga herencia de estos años

Gabriel García Márquez puso al oficio, en términos valorativos, a la par que la mejor literatura

Gabriel García Márquez, sentado en su casa de Barcelona en 1979.
Gabriel García Márquez, sentado en su casa de Barcelona en 1979.

Gabriel García Márquez se hizo periodista en un mundo (periodístico) que hoy casi no existe, y una de sus herencias más impresionantes es la de haber hecho todo lo posible para que ese mundo no deje de existir.

A los 20 años, mientras estudiaba abogacía, empezó a escribir artículos cortos en el periódico El Universal, de Cartagena. El primero, del 21 de mayo de 1948, empezaba diciendo “Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda”. Siguieron decenas de textos de un desenfado y una libertad insólitos para un principiante, en los que se veía ya la voluntad de establecer un punto de vista a contrapelo y trabajar una prosa que, a pesar de las prisas del cierre, brillaba en la efectividad de los arranques, en el uso de adjetivos y metáforas inesperados, en el humor y la ironía. Tanto podía hablar de la hibridez del día jueves (“Despertamos a su simple claridad, a su desabrida transparencia, con la sensación de estar desembarcando en una isla estéril”), como apelar a los cables que llegaban al periódico y aplicarles un procedimiento de expansión (lo mismo que había hecho, años antes, el genial argentino Roberto Arlt, en su sección Al margen del cable, en el diario El Mundo, de Buenos Aires), para escribir, por ejemplo, acerca de una joven italiana, Mirella Petrini, que había tomado una sobredosis de barbitúricos y permanecía dormida. Pasó por El Heraldo; por El Nacional, de Barranquilla; por El Espectador, de Bogotá. En esas redacciones, en las que había solidaridad, tertulia y sed de buenas historias, aprendió el oficio cometiendo desastres y maravillas. Se topó con colegas que lo miraban con sospecha antes de transformarlo en “uno de los nuestros”, y encontró editores que supieron educarlo y sacar de él un periodista más enamorado de la información que de sí mismo, como José Salgar, que le apretaba las clavijas cuando, después de devolverle un texto escrito con demasiados adornos, le decía “Hay que retorcerle el cuello al cisne”. Aprendió a fuerza de frustración (una vez, el mismo Salgar le comentó un artículo diciéndole: “A este cisne no hay que retorcerle el cuello, porque ya nació muerto”), y a fuerza de pánico: cuando lo mandaron a cubrir un derrumbe con decenas de víctimas en Medellín, pensó en renunciar, porque no tenía idea de cómo contar la historia, hasta que, como una epifanía, en una charla con un taxista que lo llevaba de regreso al hotel (desde donde pensaba enviar la renuncia), entendió qué era lo que tenía que hacer, le pidió al taxista que cambiara de rumbo, reporteó, escribió y regresó transformado, gracias a esa cobertura, en una joven estrella.

Supo que el lugar de un reportero no era la calma burocrática, sino la calle

Supo, desde el principio, que el lugar de un reportero no era la calma burocrática de un escritorio sino la calle. Salir, ver y volver para contar fueron los tres movimientos naturales que incorporó en aquellos años, y en los que siguió creyendo hasta el final.

En 1955 le cayó en las manos una piedra opaca a la que nadie, ni él, le tenía fe, y terminó por transformarla en un diamante encendido. El director de El Espectador, Guillermo Cano, le ordenó entrevistar a Luis Alejandro Velasco, el único sobreviviente del naufragio del destructor Caldas, de la Armada Nacional. Había pasado un mes desde la noticia, el náufrago había sido entrevistado por otros periódicos, y García Márquez se negó a hacer el trabajo porque pensó que la historia ya era vieja y no iba a interesarle a nadie. Finalmente, por obediencia laboral, aceptó, con la condición de que el texto no llevara su firma. Esa rebeldía levantisca produjo una pieza de periodismo magistral. Después de tres semanas de entrevistas de seis horas diarias, escribió un larguísimo monólogo interior, en primera persona, donde la voz del náufrago fluye, de principio a fin, sin quiebres, sin fisuras, con un grado de detalle y verosimilitud que hace olvidar que quien narra no es él, sino el autor. Relato de un náufragose publicó en veinte entregas (en los ‘70 sería libro), multiplicó el tiraje del periódico y reveló una historia de contrabando —la verdadera causa del naufragio— que ayudó a corroer al gobierno dictatorial de entonces, que cayó dos años más tarde.

Cada vez que le preguntaban, decía que se consideraba, sobre todo periodista

Después de ese reportaje consagratorio, García Márquez empezó a transitar el largo camino que lo llevaría a ser quien fue: escribió novelas como El coronel no tiene quién le escriba, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada y, como se sabe, ganó el premio Nobel en 1982. Sin embargo, cada vez que le preguntaban, decía que se consideraba, sobre todo, periodista. De hecho, seguía siéndolo: entre 1959 y 1961 trabajó en Prensa Latina, en 1974 fundó la revista Alternativa, entre 1980 y 1984 publicó artículos semanales en El Espectador, en 1986 escribió Miguel Littin, clandestino en Chile, en 1996 Noticia de un secuestro, en 1999 compró la revista colombiana Cambio. Y, entre todas esas cosas, hizo un gesto mayor: en 1994 creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que, con sede en Cartagena, tendría como fin estimular “las vocaciones, la ética y la buena narración en el periodismo”, a través de, entre otras cosas, la organización de talleres, que se dictarían en diversas ciudades del continente, y donde periodistas de las nuevas generaciones, bajo la guía de un colega experimentado, pasarían una semana escribiendo y discutiendo sobre el oficio. Volvamos: un premio Nobel, un escritor de ficción que ha recibido los máximos honores que un escritor de ficción puede recibir, que ha publicado una novela —Cien años de soledad— que es, desde el mismo día de su publicación, un clásico de la lengua, decide poner su nombre y su prestigio al servicio de una fundación para periodistas: de gente que cuenta historias reales. Pudo haber montado una beca para jóvenes poetas, o una residencia para novelistas. Pero no: señaló al periodismo —con un dedo que sabía poderoso— y dijo: “Es por ahí”. Dos años después, en 1996, en la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, dio un discurso llamado El mejor oficio del mundo, en el que repasó la forma en la que él había llegado al periodismo —aquel trajín de redacciones, aquel rigor de editores maestros— y la comparó con el estado de las cosas por entonces: “Hace unos cincuenta años no estaban de moda escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto”. Seguía diciendo que en ese momento, en cambio, a los periodistas ya no los conmovía “el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor (...) y se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. (...) Las salas de, redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores”. García Márquez dejó una obra de no ficción muy sólida, pero quizás su gesto más importante haya sido esa prédica: la insistencia en que el periodismo no es una escritura de segunda mano, un género rotoso, sino algo a lo que vale la pena dedicarle los desvelos de una vida. Perteneció a una generación de grandes autores que empezaron haciendo periodismo, pero pocos, como él, no renegaron del oficio una vez consagrados como escritores de ficción; pocos, como él, no miraron con menosprecio ese pasado en redacciones repletas del humo, aporreando maquinas de escribir en carrera enloquecida contra el cierre (el otro nombre evidente es Mario Vargas Llosa, que jamás ha dejado de ejercerlo ni de pensar que el género, bien hecho, puede alcanzar altísimas cotas). Repitiendo que siempre se había considerado periodista, García Márquez puso al oficio, en términos valorativos, a la par de la mejor literatura y, con la creación de la FNPI, transformó ese dicho en acto, al punto que el estado actual del periodismo en América Latina no puede evaluarse sin tener en cuenta los profundos efectos que ha tenido, en él, la existencia de la Fundación.

Pocos como él no miraron con desprecio el pasado en redacciones

A lo largo de todos estos años, la FNPI formó una red: hizo que muchas personas, dispersas en muchos países, se sintieran parte de algo. A veces de una catástrofe, a veces de una precariedad, pero siempre de una idea: de la idea del periodismo como un oficio noble. Los talleres que organiza la Fundación duran, en promedio, cinco días. Varios de los periodistas que pasaron por esos talleres, ya de regreso en sus países, renunciaron a las revistas o los periódicos en los que trabajaban porque, una vez vislumbrado —o recordado— lo que el oficio podía ser, no se sintieron capaces de seguir ejerciéndolo con el automatismo anestésico de quien forma parte de una cadena de montaje, y decidieron intentarlo solos. No es el único efecto —ni el más importante— que ha tenido el trabajo de la Fundación, pero la mejor herencia de García Márquez cabe en ese símbolo: en el salto al vacío de esos hombres y mujeres que, antes de ser navegantes solitarios en redacciones como laboratorios asépticos, prefirieron tomar el riesgo de soltar amarras y tratar de hacer honor a lo que este hombre creía: que el periodismo, bien hecho, es una forma del arte.

Leila Guerriero es periodista y escritora argentina.

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