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ANÁLISIS

Un diablo con alas de ángel

La Biblia ha generado novelas piadosas, toleradas y hasta anatemizadas

Un fotograma de la película 'La última tentación de Cristo', adaptación del libro de Nikos Kazantzakis. Ampliar foto
Un fotograma de la película 'La última tentación de Cristo', adaptación del libro de Nikos Kazantzakis.

Temas bíblicos aparecen tempranamente en obras de la lírica y del teatro musical, y hay hasta unas deliciosas "sevillanas bíblicas", las de los Hermanos Toronjo, que cuentan con detalle cómo Judith cercenó la cabeza de Holofernes. Esas sevillanas de Lebrija se pudieron oír (y ver) en el filme de Carlos Saura, y son una joya del patrimonio musical español. Lo de las novelas vino después, casi a remolque de la profusa tradición iconográfica occidental, repleta de sangre y túnicas, péplum y alas, cielos y centellas. Los argumentos bíblicos, ya fueran del Antiguo como del Nuevo Testamento han generado un amplio catálogo de novelas de muy diversa índole, algunas más piadosas que otras; algunas toleradas por las confesiones religiosas, otras anatemizadas como piezas de verdadera herejía moderna. Los albores del siglo XX abonaron el género también en estilos muy diversos y en obras dirigidas con especificidad a públicos diferentes. Ha habido mucha hojarasca de ocasión, y algunas obras maestras indiscutidas. Entre ellas, las que poseen un valor fundacional o iniciador, como es el caso de La historia de Eliseo y la sunamita (1925), de Robert Graves (1895-1985), o en otro sentido, la tetralogía José y sus hermanos (1933-1943) de Thomas Mann (1875-1955), probablemente la más monumental y trascendente del género.

Casi coincidentes en el tiempo de su publicación son otras dos piezas singulares y que han sido tanto elogiadas como blanco de ácidas críticas: Barrabás (1950) del sueco Pär Lagerkvist (1891-1974) y La última tentación de Cristo (1951), del griego Nikos Kazantzakis (1883-1957). El cine siempre ha visto caudal en estas novelas. Barrabás ha sido llevada dos veces al celuloide y la novela de Kazantzakis tuvo una sonada adaptación de Paul Schrader que dirigió Martin Scorsese en 1988. Si en sus tiempos al escritor griego le regalaron una corona de espinas, más recientemente hubo rosarios y coloristas romerías en las puertas de los cines.

En el prefacio a la edición de Alianza de la novela de Graves, sus traductoras, Lucía Graves y Elena Lambea plantean el problema cardinal, que el joven novelista ya se plantea un profundo cuestionamiento de los hechos tradicionalmente aceptados. Más adelante, el prólogo del propio autor es una declaración de principios utilísima hoy todavía a quien se interese por estos temas. Graves dice: "La Biblia no es como otros libros: nuestro tejido social se basa fundamentalmente en la autoridad del Pentateuco y nuestro Imperio en los precedentes del libro de Josué. (…) Así pues, la Biblia y en particular el Antiguo Testamento ya no se lee como se leía antes entre las clases instruidas -si no es como libro de texto en las escuelas y universidades-, y las discusiones religiosas se evitan con urbanidad". En los tiempos en que Graves escribió esta consideración empezó Mann a escribir Las historias de Jacob (1933), redactada entre diciembre de 1926 y octubre de 1930, primer libro de José y sus hermanos, que en cierto sentido, es paradigma de la novela de exilio. Los dos primeros tomos se publicaron aun en Alemania; el segundo fue El joven José (1934), hecha de enero de 1931 a junio de 1932, pero ya la tercera: José en Egipto (1936) tuvo que publicarse en Viena. La cuarta y última, José el proveedor, en el oeste de los Estados Unidos en 1943.

Tal como Graves cita que el pasaje de Eliseo y la sunamita "no es más que una narración muy sucinta", Thomas Mann arma su monumento literario con las justas líneas de los capítulos 37 al 50 del Génesis. Lagervikst exprime las citas de Barrabás en el Nuevo testamento para desplegar su desgarrado análisis de la lucha moral entre el bien y el mal, y sobre todo, la duda. Esa duda que también sobrevuela la obra de Kazantzakis hasta las últimas páginas, donde logra subvertir la acción del Golgota en una metáfora poderosa de la fuerza humana más allá del sacrificio.

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