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La artillera que la Historia olvidó

Una carta conservada en el archivo de Medina Sidonia desvela el valor militar de Manuela de Luna Fue ascendida a capitana durante la Guerra de la Independencia

Lilianne Dhalman, presidenta de la Fundación Casa Medina Sidonia.
Lilianne Dhalman, presidenta de la Fundación Casa Medina Sidonia.

En el archivo de la casa ducal de Medina Sidonia, en Sanlúcar de Barrameda, una carta sin firma lleva más de 200 años pidiendo que se le reconozca un lugar en la historia a la protagonista de una de las mayores gestas militares encabezadas por una mujer durante la Guerra de la Independencia. Manuela de Luna, nacida en Fuentes de Andalucía (Sevilla), participó en las batallas de Bailén y Tudela y encabezó una resistencia heroica durante el primer sitio francés de Zaragoza. Manuela, que acompañaba a su marido artillero, fue nombrada capitana por su valentía e, incluso, solicitó seguir sirviendo en un cañón “porque Dios le ha concedido la gracia de no errar el tiro”, según reza la carta.

Su paso por la Historia se ha desvaído, aunque por fortuna el relato de sus hazañas se conserva gracias a la misiva que alguien envió desde Écija el 13 de mayo de 1809 al decimoctavo duque de Medina Sidonia, Francisco Álvarez de Toledo, para que intercediera en el reconocimiento de los honores a la combatiente. En la cuartilla, aparecida en los legajos de la correspondencia de Tomasa de Palafox, esposa del duque, se lee que Manuela, “llamada Sánchez por su marido”, lo ayudaba “a cargar el cañón, y cuando ya no podía jugar a la artillería, recién parida, con el muchacho a la izquierda, y el fusil en la derecha, se batió con los franceses en las calles de Tudela”. La epístola detalla sus heridas: “Se sacó un sablazo en las espaldas y un balazo en la rodilla. Y fue hecha prisionera”.

Lilianne Dhalman, presidenta de la Fundación Casa Medina Sidonia, muestra el documento que se encuentra en su archivo, imprescindible para la historia española. Habla con deleite del relato que revive la carta. “Isabel —su esposa y penúltima duquesa de Medina Sidonia— la encontró y la colgó en la web de la fundación en 2006 para ver si despertaba algo de interés entre los investigadores, ya que el episodio tiene todos los ingredientes”, explica. Dhalman reivindica a la capitana y cree que merece un reconocimiento histórico: “Aragón encumbró a Agustina Saragossa, también esposa de artillero, tras detener con tres cañonazos el avance de los franceses en la puerta del Portillo de Zaragoza. Manuela Sancho y Manuela Malasaña son también recordadas por su arrojo ante los franceses. Andalucía tiene a una heroína que hizo lo que éstas y mucho más, y que merece ser mejor honrada”. La viuda de la duquesa de Medina Sidonia pone este episodio como ejemplo de la cantidad de sorpresas que podrían encontrar los expertos en el archivo ducal, que se inicia en el siglo XII y que ella considera “muy olvidado”.

Carta sobre Manuela de Luna.
Carta sobre Manuela de Luna.

Casi tan ignorado como las heroicidades de Manuela. Tras escapar de los franceses, marchó con su esposo junto a la artillería hacia la capital maña, asediada por el ejército napoleónico. “En las últimas refriegas de Zaragoza, al asomarse el marido por una tronera con la mecha encendida, le levantaron la tapa de los sesos, que ella guardó liados en un pañuelo en el pecho; puso a su hijo sobre el cadáver del padre y pegó fuego al cañón, después de haber atacado un cartucho de mecha sobre la bala”, cuenta la epístola.

En ese momento, según el documento, De Luna era la única superviviente de toda su compañía de artilleros y elevó la lucha por la libertad a la altura de los héroes o los desesperados: “Tomó el fusil y estuvo haciendo fuego 12 horas, haciendo 24 que no comía. Con la gracia de no errar el tiro y dar siempre donde apunta. Hasta que una bala de fusil le dio en el cuello al lado derecho y la derribó en tierra”.

Manuela de Luna sobrevivió, fue apresada y logró escapar. Sus gestas no pasaron desapercibidas por el mando militar de la época y “el premio a tan gloriosas acciones fue hacerla capitana, asignándole 32 reales diarios y ponerle dos escudos en el brazo izquierdo con un castillo y un león y un mote que dice: Por la defensa de Zaragoza, el primero, y el segundo, Premio del Valor”. Obtener un rango militar suponía su alistamiento en época bélica y le permitía comer del rancho del batallón. Esto, y lograr una paga, significaba la diferencia entre la indigencia y la supervivencia desahogada en una época de guerra y hambruna. Y aún con éstas condiciones, Manuela, viuda a sus 22 años, dio un nuevo paso al frente y solicitó a la Junta de Zaragoza irse de nuevo a la batalla.

“Hubo muchas mujeres silenciadas en esa época”, indica el catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Castilla La Mancha, Juan Sisinio Pérez Garzón. “Ha habido mujeres opacadas en todas las guerras, muchas con rango de heroína, pero hasta esas batallas no se les empieza a valorar porque son los liberales los que por primera vez subrayan la soberanía del pueblo como anclaje de toda sociedad y de todo poder”.

Marieta Cantos, de la Universidad de Cádiz, es la única investigadora que ha conocido la carta. Hasta que leyó la misiva en noviembre nunca había oído hablar de la gesta de esta andaluza. Explica que en la Guerra de la Independencia “muchas mujeres ocuparon el lugar de sus maridos o familiares caídos y tomaron el fusil para enfrentarse al enemigo. Sin embargo, para Cantos, es especialmente llamativo “el extenso recorrido que hizo Manuela de Luna, por Bailén, Tudela y Zaragoza”, así como “la admiración” que despierta en el remitente de la epístola.

Manuela de Luna no aparece en los libros de texto ni en monumentos. En Fuentes de Andalucía, su localidad natal, se la menciona en la web municipal con una reseña que no pasa de una línea y, según Marieta Cantos, “un azulejo la recuerda”. Si se le hubieran reconocido sus méritos tras su muerte, como a Juan Martín El Empecinado o a Agustina de Aragón, bien podría haber sido protagonista de uno de los Episodios nacionales de Galdós, pasando directamente a la inmortalidad reservada a los héroes.