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Elige el Oscar de los Oscar: la final

'El padrino', 'Alas' y 'El apartamento', elegidas por los lectores de EL PAÍS. Vota tu película favorita hasta las doce del mediodía de hoy

Elige el Oscar de los Oscar: la final

La película que más admiran los aficionados (El padrino), la mejor comedia de todos los tiempos (El apartamento), y el primer filme que gano la ansiada estatuilla, la bélica Alas. Ya solo quedan estos tres títulos en la final para elegir, desde ahora y hasta el viernes a las 12.00 del mediodía, al Oscar de los Oscar.

Encuesta

Por motivos informativos la encuesta ya está cerrada al voto

Elige tu favorita entre estas tres ganadoras del Oscar a la Mejor Película

  • 1927/28 'Alas' (William A. Wellman) 0%
  • 1960 'El apartamento' (Billy Wilder) 0%
  • 1972 'El padrino' (Francis Ford Coppola) 0%

Esta encuesta no es científica, responde tan sólo a las respuestas de los lectores que desean exponer su opinión.

El padrino: Nunca te pongas en contra de la familia

por Jordi Costa

La cabeza de caballo ensangrentada que descubre el productor cinematográfico Jack Woltz (John Marley) en su lecho, al despertar, se erigió en una de las imágenes icónicas de la película que hizo de Francis Ford Coppola el cineasta más rico de su generación. Depositada por orden del consejero Tom Hagen (Robert Duvall) para conseguirle un papel en Hollywood a Johnny Fontane (Al Martino), la cabeza cortada era una alusión directa a las injerencias de la mafia en una industria del espectáculo que, entre otras cosas, utilizó al crimen organizado como uno de sus grandes temas desde que Josef von Sternberg rodase su fundacional La ley del hampa (1927). Durante la producción y el rodaje de la película de Coppola, la Asociación de Amistad Italoamericana, a cuyo mando estaba el capo mafioso Joe Colombo, intentó impedir el acceso a algunas localizaciones y amenazó de manera directa tanto al director como al productor Robert Evans. Un foco de tensión más en un proceso creativo que fue largo y tenso y durante el cual nadie parecía apostar por lo que aguardaba al final del camino: una obra maestra que marcaría un radical punto y aparte en el tratamiento de la Mafia en el cine.

Tras años de tradición en los que la figura del gángster cinematográfico permanecía encerrado en las dinámicas narrativas de la ascensión y caída –la saga mafiosa como versión perversa del sueño americano, El Padrino, a partir del best-seller de Mario Puzo, se adentraba en un territorio inédito: la intimidad del clan de poder, con su crepuscular figura patriarcal gestionando sus favores como un Papa criminal, bajo la luz tenebrista de un Gordon Willis que se ganó el apodo de Príncipe de la Oscuridad por su arriesgada dirección de fotografía. Aquí ya no había caída y castigo, sino una mirada obsesiva a los códigos internos de un universo claustrofóbico, puente entre el Viejo y el Nuevo Mundo, con la lealtad como concepto rector y la traición como pecado capital. Coppola dibujó la Mafia como una realeza en la sombra, con sus protocolos internos; articulando, a partir de los conceptos de herencia y línea sucesoria, una narrativa de la corrupción y la degradación del ideal como destino trágico inevitable.

El contraste entre la celebración de la boda y las reuniones de Don Vito Corleone (Marlon Brando) en el interior de su despacho y el montaje paralelo entre el bautizo y la masacre ordenada por el heredero al trono Michael Corleone (Al Pacino) fueron dos de las colosales pruebas de fuerza que orquestó un Francis Ford Coppola que llegó al proyecto sin confianza en el mismo: su supuesta vocación comercial suponía para él una traición a sus principios como cineasta que se contemplaba a sí mismo como autor capaz de formular la respuesta americana a la Nouvelle Vague. Sus credenciales como director hasta el momento tampoco suponían una total garantía para su valedor Rober Evans, que más tarde se atribuiría los méritos de El Padrino por sus sugerencias en la fase de montaje. Tampoco confiaban los productores ni en un Marlon Brando que arrastraba fama de huracán incontrolable, ni en un Al Pacino que no parecía tener carne de estrella. Todos se equivocaron. El Padrino permanece.

Alas: amoríos en los congestionados cielos de la Primera Guerra Mundial

por Gregorio Belinchón

Que Alas haya llegado a la final no tiene que ver probablemente con su calidad (la tiene), sino más con que es la primera película que ganó el Oscar, y por tanto la primera de la lista, o incluso con una colosal gamberrada internaútica.

Y qué. Es una película de William A. Wellman, un estupendo realizador, el director de El enemigo público, Ha nacido una estrella, Incidente en Ox-box, Beau Geste y de una película que marcó una época en España, Caravana de mujeres. Fue delincuente juvenil, viajante, jugador de hockey sobre hielo, actor, aviador en la I Guerra Mundial —un detalle enjundioso para Alas—, y apadrinado por Douglas Fairbanks, empezó como intérprete en Hollywood hasta que chocó con Raoul Walsh. Por eso decidió ponerse detrás de la cámara, y comenzó así a dirigir westerns y comedias.

En 1927 Paramount —el estudio que tenía bajo contrato a Wellman— quería realizar una película épica sobre la I Guerra Mundial, y tenían un guion, Alas, perfecto. Wellman sabía de aviones, había sobrevivido a la gran guerra, había derribado aeronaves alemanas. A su disposición 3.500 soldados, 65 pilotos y 165 aviones. El rodaje, con Wellman luchando por rozar la perfección y siendo despedido y recontratado uno y otro vez, duró un año. Además, como director, Wellman era del género “abroncoactores”, con lo que no era muy querido en los platós. Pero Alas es prodigiosa, espectacular. Aunque la trama sea algo boba (el amor de dos hombres, uno rico, otro de clase media, por una misma mujer, la gran Clara Bow, y cómo el enfrentamiento continua en el frente bélico cuando se convierten en pilotos), los duelos aéreos son épicos, tal y como Wellman los recordaba. Los dos actores protagonistas llegaron a pilotar los aviones, y el resultado, esos 144 minutos gloriosos, fue un bombazo en taquilla, justo en los años en los que Lindbergh era el gran héroe americano.

Alas encierra varias anécdotas. Fue el primer título que ganó el Oscar a la mejor producción, es decir el actual Oscar a la mejor película, pero en aquella primera edición también se dio el Oscar la producción con mejor cualidad artística… y ese se lo llevó Amanecer, de Murnau. Ha sido durante más de ochenta años la única película muda en ganar la gran estatuilla de Hollywood, hasta que también lo logró The artist. Y hay un actor que solo aparece unos minutos y que acabó liado con Clara Bow, que en poco tiempo se convirtió en un grande: Gary Cooper.

Durante años, Alas se consideró una joya perdida hasta que se encontró una copia del filme en la Cinemateca francesa. Puede que sea el momento de otro rescate.

El apartamento: La mejor comedia de todos los tiempos

por Javier Ocaña

Una escena de la parte inicial de El apartamento ejemplifica a la perfección el genio de Billy Wilder y la brillantez de una película hermosa y rastrera, elegante y demoniaca, sensible y procaz. En ella, C. C. Baxter, tras esperar aterido de frío en la puerta de su vivienda a que su enésimo jefe acabe sus horas de farra con la penúltima conquista, sube finalmente a casa y va recogiendo ceniceros y vasos sucios, intentando ordenar la mierda de una existencia coja, desesperada e irredenta. Esos momentos, lejos de las tragicomedias facilonas en las que a una secuencia trágica sigue una cómica, algo relativamente fácil de componer y de resolver, están presentado una situación cómica y trágica... al mismo tiempo, lo que, teniendo en cuenta los subtextos de la película, llevan a la escena hasta el territorio de la comedia negra. Ver al Baxter interpretado por Jack Lemmon apurando los culos de los vasos es, repetimos, a la vez, patético y desternillante.

Película sobre la soledad, el arribismo, la degradación, el sometimiento del de arriba y, hasta cierto punto, el auto-sometimiento del de abajo, El apartamento es simplemente la comedia humana. De Woody, de usted y de mí. Porque, ¿quién no ha sido un poco C. C. Baxter en algún momento de su vida, ya sea por convicción, por mesura o por falta de carácter? Las miserias más mundanas, las del amor, el trabajo y la amistad, escritas con una máquina de escribir que en realidad no era sino una navaja de afeitar. Cortante, como el drama y la comedia. De nuevo a través del gran tema de todo su cine, los personajes que se venden a sí mismos, como una suerte de prostitución más o menos literal, Wilder nos coloca ante el espejo y nos hace reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestra dignidad. Para que se nos caiga una lágrima, quizá de pena, quizá de risa, quizá de miedo. Seguro que de todo al mismo tiempo.

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