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Feria de San Miguel

Con el alma dolorida...

El toreo, hasta el más cómodo y ventajista, que es el que realizan estas figuras, exige un animal que se mueva. Y todos estuvieron paralizados, dormidos, moribundos.

El diestro Alejandro Talavante torea con la muleta al primero de su lote, del hierro de Juan Pedro Domecq, en la tercera corrida de la Feria de San Miguel celebrada esta tarde en la Real Maestranza de Sevilla.
El diestro Alejandro Talavante torea con la muleta al primero de su lote, del hierro de Juan Pedro Domecq, en la tercera corrida de la Feria de San Miguel celebrada esta tarde en la Real Maestranza de Sevilla.

A la anochecida, la Maestranza quedó con el alma dolorida. Puede sonar a cursilada, pero es verdad. Dolorida como sinónimo de desencantada, desilusionada, desmotivada, decepcionada…

 

Era una tarde tan bonita, con un cartel tan rematado, y con tantas ilusiones a flor de piel… Había tanta gente con la sonrisa en los labios como señal inequívoca de que necesitaba toda ella una corrida de ensueño para recuperar la esperanza tantas veces perdida en esta fiesta. Lucía la plaza como en esos días luminosos de feria de abril y olía como a azahar, pero era a torería.

Ficha

Domecq/Morante, El Juli, Talavante

Cuatro toros de Juan Pedro Domecq, -el tercero, devuelto y sustituido por otro del mismo hierro- y dos, quinto sexto, de Parladé, justos de presentación, inválidos, mansos y muy descastados.

Morante de la Puebla: media atravesada y un descabello (silencio); pinchazo hondo y un descabello (silencio).

El Juli: casi entera trasera (silencio); casi entera atravesada y un descabello (silencio).

Alejandro Talavante: estocada (ovación); estocada (silencio).

Plaza de la Maestranza. 29 de septiembre. Tercera y última corrida de feria. Lleno de ‘no hay billetes’.

Y estaban los aficionados buenos y sabios de esta tierra ansiosos por guardar para el invierno una faena grande, de esas que te obligan a seguir adelante con la afición a pesar de tantos desalientos; y estaban los espectadores triunfalistas y bullangueros, que son, al fin y a la postre, los que llenan las plazas.

Y estaba Morante, tocado por la mano de Dios, que parece que todo lo que hace o mueve lo convierte en arte. No es así, pero se siente. Y El Juli, triunfador en la primavera sevillana, que volvía después de aquella grave cornada el viernes de feria. Y Talavante, tan sorprendente siempre. Y los toros más prestigiosos del lugar, los juampedro, artistas desde la cuna.

Pero un gafe espantó las buenas vibraciones y convirtió la corrida en un torrente de mala suerte, en un caudaloso río de decepción; en un momento, además, en que esta fiesta clama al cielo para recuperar la fe definitiva en su futuro.

La tauromaquia necesitaba que la feria de San Miguel hubiera acabado con un triunfo histórico. No solo se recuperaría la afición, que tanta falta hace, sino que se entronizaría el prestigio de esta fiesta llamada a erradicar el aburrimiento si quiere pervivir en el tiempo.

Hacía falta un triunfo para soñar despierto durante el invierno y esperar con alegría el nuevo año.

Pero no pudo ser. Juan Pedro Domecq envió la corrida más infame que imaginarse pueda. Parecían toros elegidos para el dolor; de bonitas hechuras todos ellos, pero carne fofa, cadavérica, inválida, enferma, quizá, quién sabe, desesperadamente descastados, como hijos de bueyes de cemento. Y no pudo ser. El toreo, hasta el más cómodo y ventajista, que es el que realizan estas figuras, exige un animal que se mueva. Y todos estuvieron paralizados, dormidos, moribundos.

De ahí, el dolor. Porque está bien ir a los toros para sufrir, que debe ser la antesala de la emoción, pero no para padecer y penar. Y la Maestranza se inundó de pena ante el triste espectáculo de una fiesta de toros que se arrastró por los suelos de la desesperación. Vale que hubo detalles, pero ninguno de ellos puede hacer olvidar la tristeza de una tarde nacida para la alegría y muerta por la pena.

He ahí a Morante, decidido desde que se abrió de capa y arropado por un público que cree ver en cualquier gesto suyo un alarde de arte. Una verónica grande al que abrió plaza, un par de ellas en el cuarto, y un quite de una media primorosa —solo un capotazo— al sexto.

Silencio de expectación cuando Morante toma la muleta, recorrido nulo de sus toros, unos pases por la cara y decisión de montar la espada para acabar con el feo espectáculo. Inédito quedó El Juli ante un lote amuermado y sin clase; y desilusionó Talavante ante dos toros que se movieron algo más y él no supo o no pudo cogerles el vuelo. Fue la suya una actuación intermitente, con detalles aislados, que nunca llegó a motivar.

Una curiosidad malsana para el final: recuerden que El Juli fue cogido en feria, y cuando estaba ingresado en una clínica sevillana pidió el alta voluntaria, se despidió a la francesa de Octavio Mullet, el cirujano maestrante, y se marchó a Zaragoza para ponerse en manos del doctor Val Carreres. Ayer, este médico estaba en el callejón. ¿Lo invitó El Juli porque sigue sin fiarse del equipo sevillano? ¡Qué papelón!