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El azote del patio de butacas

El director artístico del Teatro Real, en tratamiento por un cáncer, abre el debate por su sucesión en 2016. Pero la decisión está casi tomada: será un español. Así es la trayectoria y la herencia en ‘l'enfant terrible’ de la ópera actual

Gerard Mortier, durante su etapa como director de la Ópera de París en 2007. Ampliar foto
Gerard Mortier, durante su etapa como director de la Ópera de París en 2007.

Gerard Mortier (Gante, 1943) forjó su cultura musical a bordo de un viejo coche que conducía cada fin de semana hasta Colonia o Düsseldorf. Recorría 300 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta por la noche para empaparse del gran repertorio operístico que en Gante, la ciudad donde sus padres regentaban una pastelería, no podía escuchar. “La Ópera Real de Gante es un escándalo cultural flamenco”, escribió ya a los 27 años dando tempranas muestras de su gusto por el conflicto. Las fronteras —menos aún la de Alemania— no eran obstáculo. Su educación jesuítica, suele contar, le permitió perseverar siempre en lo que considera lo más importante: el estudio y el trabajo. Incluso ahora, en pleno tratamiento de un cáncer que le retiene en una clínica de Alemania, sigue extremadamente preocupado el desarrollo del proceso que desembocará próximamente en el nombramiento de su sucesor al frente del Teatro Real. Tras la publicación de una entrevista con EL PAÍS esta semana donde lo explicaba, a muchos les resulta incomprensible que en su situación gaste energías en este asunto. Es al revés. Le da fuerza.

Procedente de la Ópera de Nueva York, donde dio un portazo antes de tomar posesión cuando el presupuesto se redujo casi a la mitad de lo prometido (de 60 a 36 millones de euros), Mortier afronta este año su cuarta temporada al frente del coliseo madrileño (que le ofreció los recursos que le negaban en Nueva York). A dos años de su despedida, asegura que había consensuado abrir un proceso de selección del nuevo director. Iban a ponerse sobre la mesa los nombres de seis candidatos internacionales propuestos por él, así como otros del ministerio de Cultura. A finales de agosto, días después de su operación, supo por el presidente del Patronato del Teatro Real de Madrid, Gregorio Marañón, que el sucesor sería un español. El director del Liceo, Joan Matabosch, es el mejor situado. La decisión, según fuentes del Patronato y del Ministerio de Cultura, está muy cerca de consumarse. El pasado mayo, según ha podido saber este periódico, el director general del INAEM, Miguel Ángel Recio, aseguró delante de otras personas que no iban a permitir que Mortier pilotase su sucesión. Y él lo tiene bastante asumido. La temporada que arranca ya está cerrada. De momento, dice, esperará.

“Es amigo de los artistas. Y eso es importantísimo para trabajar”

Michael Haneke

El público no siempre quiere a Mortier allá donde va, pero suele echarle de menos. Esa es la relación que mantiene a menudo con el patio de butacas. Le pasó en Salzburgo, donde la violenta renovación que emprendió comenzó con el rechazo público de algunos círculos de su predecesor, Herbert von Karajan, y terminó con una oferta de renovación después de diez años por cinco más (que rechazó). La revolución se fraguó desde la programación y los artistas —se apostó por repertorio moderno como un San Francisco de Asís de Peter Sellars o Desde la casa de los muertos, con escena de Eduardo Arroyo y la batuta de Claudio Abbado— hasta la bajada de precios y cambio del sistema de abonos para atraer al público más joven. Desató la polémica. Se enfrentó al ultraderechista Jörg Haider. Pero todavía le añoran. O en Bruselas, donde convirtió la Monnaie, un teatro de quinta división, en un faro cultural europeo. Incluso en París, donde acabó enfrentado a un amplio sector de los círculos operísticos, pero también reconocen que nada ha vuelto a ser igual desde entonces. Stéphane Lissner, por cierto, tiene la difícil misión en 2015 de hacerle olvidar.

El director de escena Bob Wilson le conoció durante el periodo austriaco y todavía recuerda las dificultades del primer momento. “Fue complicado llegar y encontrar la herencia conservadora de Karajan. La gente quedó muy impactada con su programa de música moderna. Pero en un año o dos, estaba sold out. Betty Freeman iba a Salzburgo a ver esos montajes, no a Mozart. Encontró un nuevo público, y creo que estaba haciendo eso también en Madrid”, explica por teléfono. Wilson cree que no será fácil reemplazarle. “Habrá que buscar al más cualificado, sea español o de Nueva Zelanda. El Real nunca había tenido esta proyección e imagen internacional. Hay que pensar a lo grande, y no de una forma provinciana”. Algo muy parecido opina el crítico británico Norman Lebrecht, que advierte de la posibilidad de degradar el nivel internacional del Real si no se estudia la lista de Mortier.

Gerard Mortier y Peter Sellars. ampliar foto
Gerard Mortier y Peter Sellars.

Su labor también ha sido muy discutida en Madrid. La prensa ha especulado periódicamente sobre una inminente espantada. Se ha enfrentado al Gobierno Regional, a parte del Patronato y al sector del público de gusto más conservador. Se le ha acusado de cierto autoritarismo intelectual y de falta de flexibilidad con el repertorio para contentar a un auditorio más tradicional. Él se revuelve: la ópera no puede ser solamente un entretenimiento, no consiste en ir a pasar el rato. Algunos le han reprochado también su reiterada apuesta por los valores seguros de su carrera (San Francisco de Asís, La clemenza di Tito, El caballero de la rosa…). Y al final, la crítica más extendida ha sido la de pretender imponer sus gustos. Él matiza la frase: “No son gustos, son convicciones”. En el debe, y a diferencia de lo que logró a su paso por la Monnaie de Bruselas —donde consiguió en 10 años 14.000 abonados—, la ocupación ha descendido. Aunque también lo ha hecho la media de edad.

El cineasta austriaco dice que solo volverá a hacer una ópera si es con Mortier

Una de las primeras decisiones que tomó al llegar a Madrid fue prescindir de un director musical fijo (hasta la fecha ese puesto lo ocupaba Jesús López Cobos). “Las orquestas de ópera funcionan mejor con un amante que con una esposa”, proclamó. Primera polémica. Con el tiempo, la renovación de un 20% de los puestos y solventes actuaciones como la Elektra que dirigió Semyon Bychkov, han demostrado que fue un acierto. La orquesta es hoy, sin ninguna duda, mejor. Próximamente Riccardo Muti se la llevará al Festival de Rávena bajo sus órdenes. Y algo parecido sucedió con el coro, renovado al 100% a su llegada y convertido en un puntal del teatro.

Gerard Mortier con algunos miembros de La Fura dels Baus en el velódromo de Anoeta en 1999. ampliar foto
Gerard Mortier con algunos miembros de La Fura dels Baus en el velódromo de Anoeta en 1999.

La meticulosa planificación de los ensayos aprendida de su maestro Christoph von Dohnány ha introducido muchos cambios en la manera de trabajar. Obras como Wozzeck han tenido 22 sesiones de preparación. A muchos no les gusta ese método. Es más exigente. El éxito, suele resumir con la célebre frase, “no es fruto de la inspiración, sino de la transpiración”.

Su idea original de tender puentes con América Latina a través de coproducciones y exportaciones, en cambio, es quizá el mayor fracaso de su etapa en Madrid. Mortier quería una ópera iberoamericana como alternativa al poderío centroeuropeo. Un puente creativo de ida y vuelta con las capitales latinoamericanas. Pronto se dio cuenta de que la reciprocidad económica no era viable con los arruinados teatros suramericanos. A cambio, ha conseguido convertir al Real en un teatro exportador con títulos como Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny (Bolshói), Così fan tutte (Monnaie), C(h)oeurs (Ámsterdam, Monnaie) o Vida y muerte de Marina Abramovic (Nueva York, Toronto, Ámsterdam…).

Será difícil reemplazarle. El Real nunca tuvo esta proyección”

Bob Wilson

La mano izquierda no es una de las virtudes de Mortier. Para él, en la ópera muy poco es negociable, no existe la diplomacia. A los 14 años, quemó el disco preferido de Johnny Hallyday de su hermana cuando vio que esta jugueteaba con su preciada grabación del Anillo. Devuelve los golpes. Y le cuesta ocultar un cierto desprecio por la inteligencia menor. El idioma y su manifiesta falta de delicadeza en algunos temas le crearon problemas con los cantantes españoles nada más llegar. “Cantan Verdi como Puccini y el estilo mozartiano es muy malo”. Se armó. Muchos intentaron convertirlo cuestión nacionalista. Pero en el arte, el mejor pasaporte es el talento. Kraus, Carreras, Plácido, Aragall, Joan Pons, Caballé, Berganza o Victoria de los Ángeles cantaron por el mundo sin que nadie les inquiriese por su nacionalidad. Y la nueva generación de cantantes está lejos de esas figuras. El supuesto desprecio a lo español, además, choca con el recuerdo de un Mortier apadrinando a la Fura dels Baus con La condenación de Fausto, encargo que inauguró su periplo en Salzburgo. O su colaboración con el compositor Mauricio Sotelo (que estrenará El público la temporada que viene en el Real) y su obsesión por el flamenco. Incluso la apuesta por cantantes como María Bayo y Carlos Álvarez.

La prensa y el público han repartido el elogio y la crítica estos tres años. Desde la absoluta demolición de C(h)oeurs, estrenada el pasado marzo —el rechazo a esta nueva producción, creada por Alain Plattel, fue una de las mayores decepciones personales de Mortier en Madrid— al encumbramiento del Così fan tutte, que dirigió Michael Haneke. Un hito artístico y mediático que atrajo la atención de toda la prensa internacional y que pone en valor una de las principales cualidades del gestor belga: su relación con los artistas y la capacidad de persuadirles. Aunque fracasase, eso sí, intentando embarcar a Pedro Almodóvar en uno de sus proyectos.

Haneke, en cambio, uno de los cineastas e intelectuales más importantes del mundo, solo se fía de él para crear una ópera. “Me da la posibilidad de trabajar con una seriedad verdadera, y no como es costumbre en la ópera: poco tiempo, cambio de cantantes constante… Es terrible, no es la manera en la que quiero hacerlo. Con Gerard no es así. Él es un amigo de los artistas, y eso es importantísimo para trabajar”, explica el director austríaco por teléfono. Haneke ha abordado ya dos óperas de Mozart con Mortier: Don Giovanni y Così fan tutte. Actualmente, explica, se encuentra escribiendo el guion de su nueva película. Si se mete otra vez en líos operísticos, dice, “solamente será con Mortier”. “Entiendo su carácter perfectamente. Cuando se ama algo, estás forzado de vez en cuando a ser polémico y a pelear con la gente que impide que se pueda trabajar con seriedad”.

Gerard Mortier no ha gozado en Madrid del favor de políticos de ningún signo, artistas, programadores o colegas de profesión. Más allá de permitir que alguna gran estrella, como Riccardo Muti, viniese al Real con obras menores como I due Figaro, no ha politiqueado ni un ápice con su proyecto. Hoy ya no le quedan apoyos institucionales. Su único respaldo hasta la fecha era el presidente del Patronato, Gregorio Marañón. La relación se ha enfriado. Pero él vino a Madrid a desarrollar una idea, no a buscar amigos. Y eso, cree, es lo único que le queda. Por eso, desde la distancia, enfermo y con todos los elementos en contra, todavía está dispuesto a dar la batalla por su legado. Debieron imaginarlo quienes le contrataron.

El futuro como única posibilidad

Gerard Mortier es irremplazable, es en sí mismo otro nivel. Bajo su dirección, el Teatro Real ha presentado un increíble rango de trabajo —algunos montajes han gustado, otros no— con momentos consumados que solo pueden ser calificados de revelaciones. Pero esto son más que unas cuantas buenas veladas en la ópera. En la era Mortier, Madrid se ha convertido en parte de la historia del futuro de esta forma de arte: esos son los debates, las propuestas, las alternativas y las posibilidades de nuestro tiempo. El teatro es de nuevo un faro para la iluminación y la controversia, pero también para el refugio del refinamiento, la alta cultura, la amplia cultura, el gusto y la visión. Y la música se basa en el estilo, la integridad y, lo más importante, el contenido.

El cáncer tiene una forma de enfocar la mente. Uno mira hacia el trabajo de su vida, y cuando se mira hacia el futuro las prioridades están muy claras. Gerard está luchando por su vida; pueden estar seguros de que seguirá luchando por los artistas y por el movimiento al que ha entregado su vida. Con todo su coraje habitual, y ahora, con cada fibra de su ser. Lo único que podemos hacer es rezar por su recuperación y estar agradecidos por los avances de la medicina en las últimas décadas. Y el movimiento artístico que Gerard Mortier defendió, encarnó y activó durante estas décadas también está avanzando, gracias a Dios, y se manifiesta además en una nueva generación. Se están moviendo hacia adelante. Debemos seguir hacia adelante con ellos. Nosotros y el mundo.

Peter Sellars es director de escena