Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
FERIA DE MÁLAGA

‘Celoso’, un toro de bandera

Entre la entrega y el escaso acierto del torero, la faena fue decayendo

La plaza no asumía que el protagonista de aquel mágico encuentro era un excepcional toro bravo

Antonio Ferrera, con su segundo toro, en La Malagueta.
Antonio Ferrera, con su segundo toro, en La Malagueta.

Cuando la corrida se precipitaba por el duermevela del calor salió en cuarto lugar un toro, Celoso de nombre, y 512 kilos de peso, bravo de verdad, que embistió con codicia a todo lo que se le puso por delante, demostró que aún es posible la esperanza y desgranó un bellísimo espectáculo.

Acudió como un rayo al capote de Ferrera, que lo veroniqueó con capotazos acelerados, dada la acometividad del animal. Peleó con bravura en el caballo en dos puyazos; y llegó el tercio de banderillas, en el que el toro y su lidiador brillaron con luz propia. Muy bien el diestro banderillero, portentoso de facultades. Clavó con acierto y se jugó el tipo, pues el animal galopaba con brío y perseguía a la salida de cada par. El último, un quiebro junto a las tablas, fue sencillamente extraordinario, como lo fue la carrera de poder a poder que toro y torero mantuvieron hasta que Celoso decidió dar por terminada la pelea.

DEL RÍO / FERRERA, EL JULI, MANZANARES

Toros de Victoriano del Río, desigualmente presentados, mansos y sosos; excepcional el cuarto por su bravura y nobleza.

Antonio Ferrera: estocada (ovación); estocada (oreja).

El Juli: media baja, cinco descabellos —aviso— (ovación); pinchazo y casi entera (silencio).

José María Manzanares: pinchazo hondo y estocada (silencio); metisaca pinchazo —aviso— pinchazo, estocada, cuatro descabellos —segundo aviso— y cuatro descabellos (silencio).

Plaza de la Malagueta. 23 de agosto. Quinta corrida de feria. Casi lleno.

No desentonó el toro bravo en el tercio de muleta. Desde el primer cite repitió con un derroche de encastada nobleza en sus entrañas, con largo recorrido, humillada la cara, comiéndose la franela en cada envite. Y así, una y otra vez mientras el torero no atinaba a cogerle el aire, no bajaba el engaño y los muletazos no llegaron a alcanzar la belleza que la calidad del toro merecía. Entre la entrega y el escaso acierto del torero, la faena fue decayendo, al tiempo que la plaza no acababa de asumir que el protagonista de aquel mágico encuentro era un excepcional toro bravo, referencia de casta, codicia y nobleza, que mereció más altos honores que una leve ovación en el arrastre. Una oreja le concedieron a Ferrera, y la mereció, sin duda, por su grandeza con las banderillas, pero no estuvo a la altura -'pídele a Dios que no te toque un toro bravo'- de su gran oponente. Muy distinto fue su primero, muy manso y sin clase, con el que solo pudo mostrar deseos de agradar.

Agradó y mucho El Juli en el que hizo segundo, un animal distraído y corretón, que no ofreció garantía alguna a medida que avanzaba la lidia. Pero hizo acopio el torero de su inteligencia y conocimiento y explicó en cuatro tandas lo que debe ser el toreo con la derecha, con el toro imantado en la muleta, con ligazón y mando, y alargando el viaje hasta donde alcanzaba la mano. De tal modo, asentado y serio, hizo bueno a un toro que en otras manos hubiera tenido una vida más breve y menos exitosa. Se esforzó ante el manso quinto, que poco valía.

Y con escaso ánimo y una gran dosis de aparente desgana se presentó Manzanares. Tuvo escasas opciones y tal como vino se fue. Poca clase tuvo su primero y dificultoso fue el sexto.