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Juan Ramón, poemas inéditos entre el infinito y la carne

La primera edición de ‘Apartamiento’, con 40 inéditos, y 12 poemas nuevos de ‘Libros de amor’ arrojan más luz sobre el poeta

El poeta Juan Ramón Jiménez, en una foto tomada hacia 1914.
El poeta Juan Ramón Jiménez, en una foto tomada hacia 1914.

Quizá porque la obra de Juan Ramón Jiménez fue una incesante búsqueda de algo inalcanzable (llámese perfección, Dios, verdad o belleza), el poeta sigue dando, 55 años después de su muerte, sorpresas. La edición de Apartamiento, libro hasta ahora disperso, escrito por el de Moguer a principios entre 1911 y 1912, puede considerarse como una novedad absoluta, a pesar de que muchos de sus poemas, sobre todo los de su tercera parte, Bonanza, hayan sido ya publicados. El volumen que saca ahora a la luz la editorial Linteo (que también publica una tercera edición ampliada y revisada —con 12 poemas nuevos— de Libros de amor) ofrece por primera vez el conjunto de Apartamiento, que incluye 40 poemas y textos estrictamente inéditos y que nos abren las puertas de un libro-camino que confluye en una invocación final: Dios. 

Pero, antes de subir al cielo, vayamos al suelo. Libros de amor estaba ya de camino a la imprenta cuando el poeta se enamoró de la que fue su mujer, Zenobia Camprubí. Juan Ramón abortó la publicación por miedo a herir los sentimientos de su prometida con un libro en el que hacía buen recuento de sus conquistas y amoríos. Zenobia ya le había reprochado algún verso de Laberinto y el poeta decidió que era mejor dejar en un cajón Libros de amor y no airear más intimidades. Casi un siglo después, en 2007, el libro vio la luz a cargo del estudioso José Antonio Expósito. Se convirtió en un acontecimiento mundial. Un Juan Ramón joven y carnal, muy distinto al poeta ensimismado con el cuerpo de algodón de Platero, asomaba por unos versos cargados de sudor y sexo. Sus aventuras con mujeres casadas, solteras, con una norteamericana madre de una hija, con la esposa del psiquiatra que atiende su depresión tras la muerte de su padre… “y sí, hasta monjas”, recuerda Expósito, convertían el poemario en todo un hallazgo. “El éxito fue colosal porque descubría a un Juan Ramón muy distinto al que nos han enseñado en el colegio. Recuerdo que el día de la presentación vinieron periodistas de todas partes, ¡hasta del Vaticano!”. Con los 12 poemas nuevos (encontrados en la Universidad de Puerto Rico) se cierra definitivamente la edición de Libros de amor, ya que sus 104 poemas están por fin completos. Más testimonios apasionados (“Césped con ella! ¡Césped con su cuerpo desnudo/ que aplastaba las margaritas y la hierba!/ ¡Carne de cristal, brazos que llenaban la brisa/ de una fragancia nueva, primaveral, eterna!”) de un hombre que desde muy pronto pisó la tierra aspirando al infinito.

En esa mirada perdida debemos situar Apartamiento, libro de la época de soledad y retiro, de ese apartamiento del título, en Moguer. Dividido en tres bloques, Domingos, El corazón en la mano (editadas ahora por primera vez) y Bonanza, traza un surco que lo unifica y le da sentido final: “En Domingo el yo se ensancha, en El corazón en la mano el yo va hacia sí mismo a través del dolor, y en Bonanza, se llega a la idea de Dios desde ese dolor”, explica Joaquín Llansó Martín-Moreno, encargado junto a Rocío Bejarano de la edición. “Es un libro cuyas dos primeras partes están sin todos los poemas, extraviados muchos durante los años del exilio”, continúa Joaquín Llansó Martín-Moreno. “Nosotros ibamos a sacar Bonanza como libro independiente, pero al investigar vimos que el deseo del poeta era que fuese una unidad, como se demuestra en sus notas y esquemas”.

En Apartamiento el poeta abre su yo, desde el cuerpo y desde el alma, hasta llegar a la invocación desnuda de Dios. La existencia le pesa. Lee a los místicos, la poesía del Siglo de Oro, y sobre todo, se adentra en Unamuno, a quien dedica Bonanza. “¡Derramará mi muerte,/ como un olor a rosa!”. En el segundo libro, El corazón en la mano, escribe Remordimiento: “Tiene este libro un olor que me recuerda/ el olor que tenía mi madre, un sosegado/ aroma de recato, sin explosión, esencia/ íntima de un placer vivo y velado…/ Cuando pasaba ella, lo dejaba tras sí/ como una vaga estela de dolor resignado…/ ¡Domingos de mi vida! ¡Cielo azul de aquel pueblo/ que pudo ser la dicha y sólo fue el cansancio!”.

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