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El otro Steve McQueen

El británico estará presente en una exposición en Basilea hasta el 1 de septiembre

'Deadpan', 1997.
'Deadpan', 1997.Cedido por Schaulager

Su exposición es un oscuro laberinto que esconde una veintena de pequeñas cámaras secretas. En el interior de cada una nos aguarda una sorpresa. A veces, una anodina ilusión óptica. Y otras, un auténtico puñetazo sensorial. "Cada instalación quiere ser un espejo que refleje una parte de nosotros mismos. El resultado puede ser violento o reconfortante, igual que cuando nos miramos al espejo", explica Steve McQueen (Londres, 1969) unos pisos más arriba, sentado en una habitación de cristal insonorizado que recuerda a la diáfana mazmorra corporativa en la que transcurría Shame, la película sobre la adicción sexual que rodó junto a Michael Fassbender.

Entre opacidad y transparencia oscila también la obra de este artista de dicción atropellada y físico corpulento, que se presenta vestido con su habitual chaqueta azul cobalto de reminiscencias obreras. "Mi uniforme de trabajo", como la definirá él. McQueen se encuentra en Basilea para inaugurar su primera gran retrospectiva, que podrá verse hasta el 1 de septiembre en el Schaulager, fundación para el arte contemporáneo y depósito de una impresionante colección albergada en un edificio neoindustrial de Herzog y De Meuron. La muestra concentra su producción artística de los últimos veinte años, en la que ocupan un lugar privilegiado una serie de instalaciones de vídeo que le convirtieron en joven prodigio (o niño mimado, según la fuente escogida) de la escena británica de los noventa.

Sin haber cumplido 30 años, McQueen ya era vitoreado como uno de los grandes e incluso recompensado con el Turner Prize, al que sucedería la Cámara de Oro en Cannes por Hunger, su debut en el cine, sobre la huelga de hambre que acabó con la vida del activista norirlandés Bobby Sands. En 2009, fue escogido como representante británico en la Bienal de Venecia, en la que presento Giardini, donde observaba lo que sucede en los jardines municipales que acogen el certamen cuando llega el otoño y los visitantes abandonan el recinto. Los galgos olisquean las brozas, mientras una abuela les lleva comida y dos hombres se encuentran furtivamente entre decadentes pabellones estatales, "símbolo de un nacionalismo propio de otra época".

"Me interesa todo lo que nos cuesta ver con claridad pese a que resulte evidente"

La muestra convierte el gusto por indagar en lo que no se detecta a primera vista en un hilo conductor para recorrer su trabajo. En la instalación Static, McQueen decidió asediar en helicóptero la Estatua de la Libertad para destapar su cara oculta. De lejos, resultaba gloriosa y resplandeciente, tal como los ideales estadounidenses que parece encarnar. De cerca, se la descubría sucia, inquietante y con un rostro insospechadamente triste. También Brandon, el protagonista de Shame, parecía un joven atractivo y exitoso, amable con sus vecinas más ancianas y aficionado a las sonatas de Bach. La procesión -en forma de enfermiza perversidad sexual- iba por dentro. "Me interesa todo lo que nos cuesta ver con claridad, pese a que en el fondo resulte evidente", reconoce el artista.

Trabajar a la vez en el cine y en el arte, dos disciplinas que cuentan con públicos no siempre compatibles, podría situarle en una posición esquizofrénica. "No creo que sea así. La gente que va al cine no es estúpida. Existe un público sofisticado, aficionado a las narraciones complejas y las películas distintas", responde McQueen, puede que ligeramente molesto. "Lo que pasa es que mucha gente va a ver películas esperando simple entretenimiento. En especial, en Estados Unidos, donde uno va al cine para sentirse mejor. Es casi como si fuera una terapia, como si el cine fuera igual que tomar drogas. Y mis películas no te hacen sentir en lo más alto. Lo que hacen es obligarte a preguntarte cosas. No todo el mundo está dispuesto a ser desafiado de esta forma".

Bebé probeta del prestigioso departamento artístico de la Goldsmith University, del que surgieron Damien Hirst, Sam Taylor-Wood, Sarah Lucas y Gillian Wearing, se inclinó por el video mientras todos sus compañeros preferían la pintura y la escultura. "Descubrí a Bruce Nauman y Vito Acconci y entendía que quería experimentar con la cámara, lo que resultaba bastante exótico. En la facultad ni siquiera había cámaras a nuestra disposición, porque a nadie se le pasaba por la cabeza hacer video. Tuve que hacerme amigo de los chicos que prestaban el material en el departamento de cine. Les hacía bocadillos, fregaba el suelo y les ayudaba a trasladar cajas. Hasta que un día me dijeron que me podía llevar una cámara". Mientras tanto, seguía una formación paralela en las salas de arte y ensayo londinenses, que frecuentaba con una novia suiza entre cuatro y cinco veces a la semana. "Nos metíamos en la sala con un café y una porción de pastel de zanahoria y veíamos lo que nos echaran: cine francés de los sesenta, películas independientes estadounidenses, oscuros directores coreanos… Y también todo Almodóvar. Recuerdo salir del cine tras haber visto Matador, preguntándome qué demonios era esa cosa tan rara y a la vez tan sexy".

Si no se pasó antes al cine fue por miedo a perder su preciada independencia. En 2003, cuando le preguntaron qué le frenaba, respondió: "Los cineastas se encuentran con más obstáculos financieros. Cuando la película ha terminado, les cuesta reconocer la idea original". Con tres películas en su haber, ¿se han perdido sus ideas por el camino? "No, porque no he hecho concesiones en nada. He tenido el final cut en mis tres películas. No sé cuánto tiempo seguiré teniendo esta suerte", responde.

En 2007, McQueen escogido por el Imperial War Museum como "artista oficial de guerra", decidió crear 160 sellos con los rostros de las víctimas de la guerra en Irak. No se considera un artista político, aunque su obra sea cada vez más permeable a lo que sucede a su alrededor, lejos de lo que transmitían algunas de sus primeras piezas, como Deadpan, donde recreaba un gag de Buster Keaton situándose en el centro del derrumbe de una casa, "No quiero sostener ninguna pancarta, pero si eres una persona mínimamente consciente te acaba resultando imposible escapar al contexto en el que vives. Van Gogh también era político cuando retrataba a los pobres comiendo patatas", afirma.

"La gente va al cine para sentirse mejor, como si fuera una terapia o una droga. Mis películas no persiguen eso"

Su próxima película, 12 years a slave, hablará de esclavitud. Está inspirada en las memorias de un afroamericano del siglo XIX, que le hizo leer su mujer, la periodista holandesa Bianca Stitger, con quien vive en Amsterdam desde los noventa. Protagonizada por Fassbender, junto al actor anglonigeriano Chiwetel Ejiofor y el mismísimo Brad Pitt. Durante su rodaje en Nueva Orleans, McCarthy se cruzó con Quentin Tarantino, que filmaba Django desencadenado en el mismo lugar y momento, a la vez que Steven Spielberg terminaba de montar Lincoln. "Los dos coincidimos en que la esclavitud daba para muchas películas distintas. Además, la primera es pura ficción y la segunda no presta la más mínima atención a los personajes negros", critica McQueen. "El tema me interesó, de nuevo, porque vemos sus efectos por todas partes -en la desigualdad social, en el mundo del trabajo, en las cárceles estadounidenses- pero no siempre nos damos cuenta de la relación causa-efecto".

Su obra persigue provocar una lucidez repentina en el visitante, que llega inevitablemente acompañada de cierto malestar interior. De nuevo en el laberinto, la instalación Pursuit nos conduce hacia una pantalla repleta de reflejos luminosos, que se reproducen aleatoriamente en grandes espejos murales de una habitación. Podrían ser estrellas fugaces o automóviles circulando por la autopista, hasta que caemos en que se parecen a bombas cayendo sobre una zona de guerra. El día de la inauguración, guardias de seguridad tuvieron que guiar a los visitantes con una linterna para evitar angustias excesivas.

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Sobre la firma

Álex Vicente
Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.

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