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Retorno al futuro

El grupo Aviador Dro, en una imagen promocional de 1980.
El grupo Aviador Dro, en una imagen promocional de 1980.

La celebración, el pasado viernes, del Segundo Simposium Tecno enfatiza una peculiaridad de la llamada movida. Se nos ha vendido como un frenesí de creatividad, especialmente musical, pero se mantiene en secreto que, estilísticamente, estaba muy limitada: pop de guitarras y poco más.

Una idea del pop filtrada por la new wave británica, apenas ampliada por algo de after punk. Reserven un rinconcito para mods y rockers, hagan las excepciones correspondientes para algunos heterodoxos, y paren de contar. Grupos modernos como Zombies y la primera Radio Futura no duraron.

Se ignoraban tendencias emergentes: el tecno pop, la cold wave. Y no hablemos del rupturismo de la no wave o las mutaciones del funk, incluyendo el rap. Conservo en la memoria el estreno de mi programa en Onda 2. Como lo bauticé Primera Línea, los locutores de la emisora se congregaron en el estudio imaginando que estaría dedicado al reggae (el concepto frontline era popular en el Caribe, como evidenciaba un éxito de Eddy Grant y la subsidiaria jamaicana de Virgin). Una extravagancia, pensaban, pero asumible. Cuando descubrieron que allí sonaban Cabaret Voltaire y Fela Kuti, Kraftwerk y Grandmaster Flash, los presentes cambiaron de color. Literalmente.

Hacia 1981, el programa tuvo efectos colaterales. Comencé a recibir —¡en mano!— maquetas de formaciones que trabajaban con máquinas. Desde los inclasificables Derribos Arias a los ruidistas Esplendor Geométrico, pasando por Oviformia Sci y El Humano Mecano. Eran mirados con desprecio por aquel personal de la emisora que obedecía al lema de “pop puro para la gente de ahora”. No quiero ni imaginar qué ocurría cuando se acercaban por otras FM del momento, como Radio Juventud (el dial del fenecido Movimiento) o Radio Popular (hoy Cope).

El 9 de marzo de 1981, varios de aquellos grupos actuaron en el Primer Simposium Tecno, en la sala Marquee, el sótano de lo que luego sería Rock-Ola. Me parece que lo promocioné con ardor desde Primera Línea, estoy bastante seguro que el resultado fue algo deprimente. Se notaba una falta de medios, que no lograba disimular el entusiasmo de los participantes. Me he reservado a los más visibles entre los participantes: Aviador Dro y sus Obreros Especializados.

Al frente, Biovac N, un visionario con sentido comercial, una maquinaria de teorizar potenciada por una fe indestructible. Un voluntarista que logró captar el zeitgeist al pilotar en 1982 el obligado desplazamiento de los grupos hacia los sellos independientes. Y flexible, además: solo él pudo saltar desde la confrontación con Rafael Revert, el todopoderoso capo de la radio musical, a la plena colaboración con su cadena.

Con el empuje de Biovac N (en el DNI, Servando Carballar), asombra pensar que aquella estética no despegara comercialmente. No solo estaba la infraestructura y los apoyos mediáticos: los Obreros contaron con canciones tan seductoras como Programa en espiral o El color de tus ojos al bailar. Incluso segregaron un proyecto paralelo más experimental, Los Iniciados.

¿Qué falló? Uno de los axiomas del pop sugiere que cualquier oleada necesita al menos una figura que triunfe y que consiga tracción para el resto del movimiento. Con el tecno pop español ocurrió que los verdaderos creyentes fueron eclipsados por impostores. Seamos más específicos: Azul y Negro tenían el sonido pero carecían de credibilidad o actitud. Y el paquebote Mecano: una aparente propuesta tecno que, en realidad, se alimentaba de la estética del prog rock (Nacho) y el mundo poético de los cantautores (José María). No me olvido de Chimo Bayo, aunque ahí entramos en los noventa.

Treinta y dos años después, ¡la continuación del Simposio Tecno! Con mesas redondas y conciertos de nuevas propuestas combinadas con presentaciones de supervivientes. Alguien dirá que el tiempo les ha arrollado: España baila con una música llamada techno que solo tiene parentesco metodológico con su tecno pop. Asombrosamente, no hubo lloriqueos ni acusaciones, tan habituales en cónclaves semejantes. Al menos, la segunda edición logró desplazarse hasta el centro de la capital: el (ejem) flagship store de Movistar y la Sala Sol. El que no se consuela no es un buen futurista.