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EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

Ella cantaba en la noche

Apenas la conocí, tres o cuatro encuentros, pero esta enorme actriz fue, durante un largo tiempo que ahora parece desvanecerse, emblema de un Madrid nocturno con repentinas fosforescencias, de cuando la palabra “tertulia” todavía no era una mala palabra. María Asquerino reinó en el Gijón y así la retrató Garci en Tiovivo, dueña y señora, con aquella mirada imborrable hacia Fernán Gómez, su amor imposible, y luego en Oliver, y luego en Bocaccio, durante más de tres décadas, con mesa propia en cada uno. José Luis Coll siempre decía que ella ya estaba en Bocaccio antes de que lo construyeran, esperando a que abriesen, esperándole a él y a Balbín y a Paco Valladares y a Juan Diego y a otros quinientos. José María Pou (“Yo soy hijo de María, y somos muchos”) recordaba el domingo aquellas noches del Madrid de los setenta guiadas por la Asquerino, las cenas en Luarqués y El Comunista, y luego en el cónclave de Marqués de la Ensenada, siempre en la primera mesa de la derecha, la tertulia que empezaba a medianoche y acababa cuando acababa, y su generosidad, y su forma de tejer una instantánea red de complicidades.

A mí ella, cosa curiosa, no me hablaba de teatro o de cine sino de músicas olvidadas y clubs que ya no existían, quizás porque le hacía gracia que yo recordase aquellas canciones, quizás porque empezaban a borrársele un poco tantas funciones y tantas películas. Yo quería llevarla hacia la Pili de Surcos, vendiendo tabaco de estraperlo en la Gran Vía, o hacia la culminante escena de la borrachera de Anís del Mono en El mar y el tiempo, que le valió un Goya en 1989, quizás lo más desgarrado, trágico y brutal que interpretó nunca, y quería hablar de la Jimena de Anillos para una dama, aquel éxito que duró tres años, en el Eslava, y luego en la Comedia, y luego en el Cómico, y de Motín de Brujas, pero a ella la cabeza y el alma se le iban hacia la cripta de Oliver, con el eterno Paco Miranda al piano, cantando Yo te quiero, vida mía, del maestro Moraleda, que era una de sus canciones talismán, y cuando cerraban Oliver, decía, íbamos en peregrinación a Paddington, en la calle de la Reina, o a Always, aquel pub que Mónica Randall y Luis Morris montaron en la calle Hileras. ¿Te acuerdas de Luis Morris? Sí, María, claro que me acuerdo.

Caminábamos con el perrito por los alrededores de su casa y pasaba la mano por las verjas del Retiro, como una niña. Viajaba, cada vez más atrás, como quien sigue un sendero de piedras blancas en la noche, hacia el Whisky & Gin de Claudio Coello, yo cantaba boleros, decía, era la época de los boleros y la canción francesa, y una noche cogí una guitarra, porque tenían piano y guitarra a disposición de los clientes y canté Dos cruces, y Ava se enamoró de aquella canción, y cada vez que coincidíamos allí se ponía de rodillas y me la pedía, y yo tenía que decirle “Por favor, Ava, levántate, claro que te la canto, ahora mismo”. Su último café fue el bar del Español, el Español de Mario Gas, donde iba a merendar cada tarde, porque allí se sentía querida, en familia, decía, y porque era lo más parecido, en espíritu (y en bocadillos estupendos) a la demolida cafetería del María Guerrero. Siempre agradecía una mención y enviaba una nota, tan vieja escuela como su maestro José Luis Alonso. Así fue en sus dos últimos, breves trabajos, la dueña del burdel de Roberto Zucco, con Pasqual, y el Tío Vania de Alfaro, en el María Guerrero, y recordaba palabra por palabra los comentarios. “Tú escribiste: María Asquerino en el breve rol de la madre: tiene cuatro frases pero las clava como mariposas en un corcho. ¿Verdad?”. Sí, es verdad, María. Aquel último paseo, también de noche. Cantaba canciones francesas, no sé ahora si J’attendrai o Les amants d’un jour. Tendría que haber sido cantante, decía, me hubiera ahorrado muchos disgustos. Comenzaba a estar preocupada por los fallos de memoria, por el eterno miedo de los cómicos a quedarse en blanco. Estoy muy sola, decía, estoy condenadamente sola, pero luego reía, que es otra forma de cantar en la noche. Una risa un poco triste, porque se le había muerto mucha gente, porque aquella gente y aquellas charlas inacabables y aquel ir de un café a otro, de un club a otro, habían desaparecido, parece mentira que todo eso haya desaparecido, decía, se habían disuelto como el hielo en los vasos.