Droga Dura

Pudiendo disponer hasta el momento de variadas formas de matar el tiempo (¿Quién pudo inventar esa nihilista y siniestra frase hecha?, ¿Por qué vamos a querer matar lo más valioso que tenemos?) como quedar con la gente que te gusta o buscar extraños en la noche, salir por ahí, disfrutar de muchas cosas que solo encuentras fuera de tu casa, poseo adicciones y manías que se pueden permitir la gente que vive sola. Leer, oír música, o mirar interminablemente la pared o el cielo, esos alimentos del alma, en mi caso son placeres opcionales, pero de lo que me resulta un tormento prescindir en la soledad de mi casa es del ritual fijo de ver una película, a veces dos y nunca menos de cuatro capítulos en el caso de las mejores series de televisión, casi todas las noches. Independientemente de cómo vaya la vida, encuentro mi Arcadia cotidianamente durante varias horas. Y tiemblo y me desespero como un yonqui cuando me falla la dosis. O sea, cuando se avería el aparato que me proporciona ese innegociable placer, la certeza de que van a tardar un tiempo en arreglarlo. La solución bordea lo enfermizo, pero voy a acumular varios reproductores de Blu-ray para no verme jamás privado de mi droga porque el camello se ha puesto enfermo.
Me hago estas masturbaciones mentales cuando leo que la media diaria de consumo de televisión por los españoles es de cuatro horas y media. Imaginando la utopía de que la higiene cerebral aconseja a ciertos anormales verla poco o nada, deduces que más de medio país está en su compañía como siete u ocho horas al día. Hago a veces la prueba masoquista de machacarme el dedo con el mando a distancia para constatar la oferta de los infinitos canales de televisión y el resultado es escalofriante.
Pienso que uno de los grados de tortura más fuerte que podrían infligirme, el infalible proceso para llegar al enloquecimiento, sería atarme en una silla y obligarme a ver y escuchar todos los días durante largo tiempo lo que vomita ese aparato. La realidad es angustiosa para la mayoría del personal. De acuerdo. Pero que la televisión alivia un poco esa desdicha solo podría explicarlo la siquiatría.
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