Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

El rock español se esfuma

Tal vez les haya llegado algún eco del alboroto. El número 1.170 de la edición estadounidense de Rolling Stone incluye un Especial sobre música latina.Se ha vendido como gran acontecimiento: publicidad específica para hispanos, ocho páginas de contenido editorial —en inglés— más una portada (contraportada, en realidad) protagonizada por el latino más triunfal de los últimos tiempos, el rapero Pitbull.

Pensado para el público anglo, el contenido es obvio: un escritor que se expresa en inglés (Junot Díaz), algunas macizas (las actrices Sofía Vergara y Alexa Vega, y la rapera Maluca) y grupos que actúan regularmente por EE UU, como Bomba Estéreo, Calle 13 y Café Tacvba, inevitablemente descritos como “los Radiohead de México”.

Lo que ha incendiado la Red ha sido una lista de “los mejores álbumes de rock latino de todos los tiempos”. Prepárense: (1) Café Tacvba, Re, 1994; (2) Los Fabulosos Cadillacs, Fabulosos calaveras, 1997; (3) Julieta Venegas, Bueninvento, 2000; (4) Babasónicos, Infame, 2003; (5) Soda Stereo, Sueño estéreo, 1995; (6) Aterciopelados, Río, 2008; (7) Karnak, Karnak, 1995; (8) Manu Chao, Clandestino, 1998; (9) Os Mutantes, Os Mutantes, 1968; (10) Santana, Abraxas, 1970.

Seguramente, era misión suicida el intentar resumir unas tradiciones rockeras tan heterogéneas y tan ricas en 10 discos. Aparte, Rolling Stone posiblemente se equivocó al recurrir a un freelance residente en Los Ángeles, Ernesto Lechner. Aunque Lechner tiene un libro titulado Rock en español: the latin alternative explosion, está más especializado en salsa y tango.

Cuando Miami ascendió y se convirtió en la capital de Latinoamérica aquí nadie reaccionó

Desde aquí, lo que llama la atención es la ausencia del rock español (y portugués, ya que estamos) en la dichosa lista, con la excepción del particularísimo caso de Manu Chao. Nos confirma la creciente irrelevancia del rock español en la escena americana.

No siempre fue así. Aparte del impacto de Los Bravos y curiosidades como la querencia por Barrabás en pistas de baile, los grupos de la movida proporcionaron aliento al pop mexicano, cuando salía literalmente de las catacumbas —los hoyos fonqui— a finales de los ochenta. El fenómeno de Héroes del Silencio se reprodujo en las Américas. Los insurgentes ibéricos del punk rock ofrecieron inspiración a 100.000 proyectos latinos. Y no me hagan hablar del éxito de Hombres G al otro lado del Atlántico.

Durante los setenta, todos los baladistas españoles se trabajaban los mercados americanos. Era una salida natural y les fue muy bien. Cantautores listos, como Sabina, aprovecharon esa trocha abierta. Los grupos fueron más renuentes (con excepción de algunas bandas metálicas) a ir de gira. Bien situados en España, tendían hacia el señoritismo y no tenían el cuerpo para aventuras duras. Ese letargo también se contagió a la industria: cuando las discográficas tenían propietarios españoles, asumían la necesidad de exportar; cuando fueron devoradas por las multinacionales, se perdió esa urgencia. Una perversidad que contradice la visión radiante de los propagandistas de la cultura global. Teóricamente, un grupo que pertenezca a una multi tiene mayores posibilidades de internacionalizarse, al contar con las sucursales en todo el mundo. A la hora de la verdad, los productos anglosajones disfrutan de prioridad y rara vez hay intercambios culturales con la periferia.

Ese declive de la marca España, que tanto preocupa al Gobierno, ocurrió hace décadas en lo musical. Coincidió con el ascenso de Miami a capital de Latinoamérica, pero nadie reaccionó. Ni Cultura ni el Instituto Cervantes ni los propios interesados. Y lo tenían relativamente fácil: abundaban los directivos españoles en las multinacionales de Miami.

A diferencia de otras naciones europeas, España no tiene una oficina estatal dedicada a la promoción de su propia música, aunque el ICEX (dependiente del Ministerio de Comercio) solía echar algún cable. La única iniciativa para difundirla vino de la vilipendiada SGAE. Facilitaba giras y la presencia en grandes cónclaves de la industria como el MIDEM, el New Music Seminar y el South by Southwest.

Hoy, la SGAE es un gigante sonado. Y supongo que la invisibilidad del rock español es la última preocupación del ministro Wert. El hombre suele alardear de sus conocimientos poperos, pero en los últimos días ha circulado por las redes sociales una noticia de este periódico, publicada en 1983, que revela que José Ignacio Wert fue, junto con Álvarez del Manzano, uno de los promotores de aquella campaña contra Las Vulpess que acabó con Caja de ritmos, un raro programa de TVE dedicado a nuevos grupos españoles. Como afirmaría Álvarez del Manzano, ya como alcalde de Madrid, teniendo la gloriosa zarzuela, para qué más.