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CRÍTICA DE 'HASTA LA VISTA'

Hay que venir al Sur

Una comedia que narra el viaje que emprenden tres jóvenes belgas discapacitados en dirección a un burdel español muy especial

Hay que venir al Sur

Comedia flamenca que flirtea con la incorrección política en su primer tramo para reajustar su tono en dirección a una amabilidad condicionada por lo previsible, Hasta la vista (en castellano en el original) se inscribe dentro de una dispar corriente de películas que reacciona contra una molesta —y mentirosa— inercia de representación. La película de Geoffrey Enthoven habla, sin demasiados tapujos, de la sexualidad de los individuos con alguna discapacidad física, apropiándose de la mecánica de las comedias juveniles de desvirgamiento, variante road movie, y enfrentándose a la larga e insistente tradición que ha bañado de sentimentalidad el arquetipo, neutralizando sus extremos más problemáticos. El espíritu no está lejos de lo que, en varios de sus trabajos, propone la obra de Albert Espinosa, pero Enthoven no logra el equilibrio entre heterodoxia y poder de seducción mainstream del autor de No me digas que te bese porque te besaré (2008), cuya cursilería siempre encuentra el contrapeso de un personalísimo toque de audacia y extrañeza.

HASTA LA VISTA

Dirección: Geoffrey Enthoven.

Intérpretes: Gilles De Schrijver, Robretch Vanden Thoren, Ivan Pecnik, Isabelle De Hertogh, Karel Vingerhoets, Katelijne Verbeke, Marilou Mermans.

Género: comedia. Bélgica, 2011.

Duración: 115 minutos.

Hasta la vista narra el viaje que emprenden tres jóvenes belgas —un invidente, un parapléjico y un enfermo de parálisis cerebral con cáncer— en dirección a un burdel español, al parecer especializado —en el extremo más improbable del guion— en atender a clientes con algún tipo de discapacidad. En la caracterización del parapléjico Lars (Gilles De Schrijver), Enthoven se esfuerza en bloquear toda corriente de empatía: es un personaje caprichoso, cruel, egoísta y, a ratos, insoportable. Pero la hoja de ruta de Hasta la vista hacia el corazón —y la aceptación del gran público— no contempla recorrer más territorios de incomodidad que los estrictamente necesarios: de hecho, la película, ganadora de la Espiga de Oro en la Seminci, podría ser el paradigma del modelo de trabajos nacidos para obtener el premio del público en el circuito de festivales. Su ejecución es correcta, su mecánica es de manual de guion y su buenismo se camufla bajo un espejismo de atrevimiento.