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OPINIÓN

Connery, o sea Bond

"Todos los actores que han interpretado después al personaje, mejores o peores, a su lado parecen imposturas, plagios forzados o involuntarias caricaturas"

Sean Connery con Ursula Andress en una escena de 'James Bond: Dr. No', en 1962.
Sean Connery con Ursula Andress en una escena de 'James Bond: Dr. No', en 1962. Getty Images

Recibo un paquete que debido a su peso se supone que contiene un montón de libros. Solo hay uno. De dimensiones extraordinarias. Solo puedes leerlo si reposa en una mesa, en el suelo o en la cama. Un libro tan mimado en su edición que te resulta insólito o a punto de desaparecer en una época en la que el papel empieza a ser anacrónico, cuando ya resulta normal ver a gente a tu alrededor que devora literatura, ensayo o poesía a través de unas máquinas muy prácticas, sin olor ni sabor, llamadas libros electrónicos. Lo ha publicado Taschen, la aristocracia de la edición ilustrada, se titula Los archivos de James Bond y homenajea exhaustiva y lujosamente el cincuentenario de un mito perdurable, un señor con licencia para matar y siempre al servicio de su graciosa Majestad cuya escueta aunque fascinante tarjeta de presentación ha sido, es y será: “Me llamo Bond, James Bond”. Ante estas palabras mágicas, varias generaciones de espectadores ya saben lo que van a consumir con renovado deleite.

Reconociendo que Bond fue uno de los iconos del cine espectacular durante la segunda mitad del siglo XX y que ha extendido su imperio al XXI, nunca ha formado parte de mis amores incondicionales, ni siquiera provisionales.

Reconociendo, cómo no, que sus títulos de crédito siempre han sido excepcionales, que las damas que intentan liar, seducir, o destruir a Bond son guapas, sensuales y morbosas (la aparición de Ursula Andrews saliendo del agua con un biquini blanco y un cuchillo en la cintura pertenece a la imagen indestructible del erotismo), que algunos de sus villanos permanecen memorables, que sus efectos especiales, peleas y persecuciones han creado espectáculo imponiéndose como norma el más difícil todavía, que si la capacidad magnética del personaje y las diversas fórmulas para contar sus aventuras han funcionado durante cincuenta años es algo que posee razones sólidas.

Bond fue creado literariamente por Ian Fleming en novelas tan sofisticadas como bien escritas. Harry Saltzman y Albert Broccoli fueron los productores que descubrieron y explotaron una mina inagotable. Terence Young demostró en 007 contra el Doctor No, Desde Rusia con amor (a mi gusto la mejor película de Bond) y Operación Trueno que ha sido el director más inspirado de la serie. Y, por supuesto, descubrimos en ella a uno de los más grandes actores de la historia del cine. Se llama Sean Connery. Bond es él. Todos los actores que han interpretado después al personaje, mejores o peores, a su lado parecen imposturas, plagios forzados o involuntarias caricaturas. Queda bien asegurar que Connery solo se convirtió en un actor genial a medida que envejecía. Yo creo que fue excelente desde el principio. Su Bond es puro estilo, sentido del humor y del cinismo, ritmo, chulería con sentido, virilidad, perversión, elegancia.

Con Roger Moore apareció el tono paródico, el guiño a los espectadores convenciéndoles de que todo era de broma, un juguete divertido. Jamás pillé su desbordante gracia. Y cuesta recordar algo nítido de George Lazenby, Timothy Dalton y Pierce Brosnan. Daniel Craig es un Bond insólito, amargo, atormentado y oscuro. También ha cambiado (y es de agradecer) el tono en Casino Royale y Quantum of Solace. Hay preocupación por la calidad. Un director tan prestigioso como Sam Mendes acepta dirigir Skyfall, la última entrega de la serie. Tengo muchas ganas de verla, algo que no me suele ocurrir con Bond. También por comprobar si Javier Bardem puede crear un malvado tan impresionante como el de No es país para viejos. Imagino que Bond llegará a centenario, que el negocio funciona a corto y largo plazo.