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OPINIÓN

Nazis en la Luna

Con una eficaz imaginería 'steampunk' obtenida con herramientas precarias, 'Iron sky' usa la ciencia-ficción para la sátira política

Fotograma de la película 'Iron sky'.
Fotograma de la película 'Iron sky'.

Primer largometraje del finlandés Timo Vuorensola, líder de la banda de black metal Älymystöv, Iron sky parte de una premisa irresistible —el hallazgo de una colonia de exiliados nazis en la cara oculta de la Luna— y la historia de su producción es todo un signo de los tiempos: el 10% de su financiación —y algunas ideas de guion— son fruto de una campaña internáutica de seducción colectiva que usó como instrumento de captación un falso tráiler. El proceso que desembocó en la materialización de Iron sky se prolongó a lo largo de seis años.

IRON SKY

Dirección: Timo Vuorensola.

Intérpretes: Julia Dietze, Udo Kier, Gotz Otto, Christopher Kirby, Peta Sergeant, Stephanie Paul.

Género: comedia. Finlandia, 2012.

Duración: 93 minutos.

Con una eficaz imaginería steampunk obtenida con herramientas precarias, Iron sky usa la ciencia-ficción para la sátira política, pero sus resultados se mueven entre la fuerza de algunas de sus cargas de profundidad —el pervertido uso didáctico de una versión abreviada de El gran dictador (1940), la impugnación del lenguaje publicitario como relevo evolutivo de la propaganda nazi— y la tibieza derivada de usar el nazismo como funcional almacén de villanos de (mal) tebeo. El Holocausto, por ejemplo, es la palabra que Iron sky no se atreve a pronunciar: ahí fija los límites de su humor y, dejando en paz a la comunidad judía, la trama recurre a un afroamericano, al que una versión lunar de Mengele ha despojado de su pigmento, como figura heroica visiblemente menos problemática.

La campaña para la reelección de una candidata estadounidense, caracterizada como un clon de Sarah Palin, sirve para establecer la equivalencia entre el nacionalsocialismo y las maneras del Tea Party. La sutileza no figura en la caja de herramientas del relato, pero lo más frustrante es comprobar cómo la fuerza de la premisa se diluye mientras se va imponiendo un registro de humor que no superaría demasiados controles de calidad. La secuencia en que la jefa de prensa de la campaña presidencial emula ese fenómeno viral de YouTube que reciclaba una famosa secuencia de El hundimiento (2004), mientras la banda sonora de Laibach cita a Wagner, da la medida de la película que no fue.