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OPINIÓN

Un epistolario de obligada lectura

La correspondencia entre Américo Castro y Marcel Bataillon no solo revela el alcance de estas figuras. sino que da pie a profundizar en la lectura del 'Quijote', 'La Celestina' y otras obras

Américo Castro (en el centro), durante una visita al frente italiano en 1917 con Santiago Rusiñol, Manuel Azaña, Luis Bello y Miguel de Unamuno. Ampliar foto
Américo Castro (en el centro), durante una visita al frente italiano en 1917 con Santiago Rusiñol, Manuel Azaña, Luis Bello y Miguel de Unamuno.

La publicación del Epistolario (1923-1972) de Américo Castro y Marcel Bataillon, con una excelente introducción de Francisco José Martín, nos depara la inapreciable oportunidad de conocer los acuerdos y desacuerdos, sintonías y divergencias existentes entre dos grandes figuras cuyas obras, La realidad histórica de España y Erasmo y España, ejercieron una influencia decisiva en mi formación cultural y literaria a comienzos de los años sesenta del pasado siglo. Sus cartas trazan dos vidas paralelas, en las que la amistad forjada por la estima recíproca no excluye enfrentamientos metodológicos y conceptuales sobre el ser y el vivir de la historia.

Marcel Bataillon, elevado tras sus magistrales estudios a la cima del hispanismo francés, gozó del consenso de lo que su corresponsal denomina, no sin ironía, ritualidad nacional: “Un universitario francés es como un miembro de las antiguas órdenes religiosas. Hacía falta un especial modo de ser para echarlo todo a rodar. Yo me salí del convento hace años. No creo que usted lo haga”.

La publicación de España en su historia en 1948, más allá de la sonada polémica con Sánchez Albornoz, concitó contra Castro la casi unanimidad hostil de sus colegas del ramo, desde los representantes más conspicuos del rebaño nacional-católico y de los defensores de la milenaria identidad hispánica sin moros ni judíos de Menéndez Pidal y sus discípulos, a las de los hispanistas franceses de enfoques tan diversos como los de Braudel, Révah y Pierre Vilar, con la notable excepción de Baruzi y Sarrailh. Conforme Castro documentaba y añadía nuevos argumentos a su concepción de una España de “occidentalidad matizada” por el mudejarismo de los primeros siglos de las literaturas castellana y catalana y por el papel fundamental de las castas en el vivir y desvivirse de nuestros compatriotas a lo largo de los siglos XV, XVI y XVII (Aspectos del vivir hispánico, Origen, ser y existir de los españoles, De la edad conflictiva), la brecha abierta entre él y quienes, “eruditos a secas”, veían amenazadas las bases de su saber (el de una España ibérica, romana y visigoda), se convirtió en un abismo insalvable.

Don Américo —así lo llamábamos quienes tuvimos la suerte de tratarlo— vivía en una “situación de fortaleza asediada”, “aplastado por los de acá, los de allá y los de acullá” (desde Eugenio Asensio y Leo Spitzer a Otis Green) y, a momentos, sus cartas son casi una llamada de socorro a un amigo cuya honradez y amplitud de miras le convierten en su salvavidas en medio del oleaje encrespado de los profesionales del gremio. Exiliado total, enfrentado a los divulgadores del credo católico o del dogmatismo marxista, recuerda a su amigo que “lo que para usted es fuente de conocimiento, para mí es vida total, mi vida”. Ha tenido la mala suerte, le escribe, de descubrir una verdad que contradice la fundada tan sólo en leyendas o esquemas abstractos, de reflexionar “sobre cosas que esperan ser escritas desde hace mucho”, pero que nadie ha tenido el valor de plasmar en una nueva visión de lo que fuimos y de algún modo somos aún. Aferrado a la validez de sus pensamientos —“los hechos y documentos valen como meros síntomas o indicios de una realidad vital más profunda, la forma de la vida de la historia, de cada historia particular”—, don Américo había asumido con heroísmo —aunque a menudo con enfado o cólera— su condición de oveja negra: “Cuanto más solo me dejen, más densidad y madurez adquirirán las realidades de mi historiografía”. Semejantes a un movimiento sísmico del que es el epicentro o a una piedra arrojada en la lumbre quieta del agua, sus ideas se han ido abriendo paso en el mundo hispánico y en el hispanismo europeo y americano pese a la tenaz resistencia y ninguneo de nuestros programadores culturales, para quienes no corre el tiempo. Como resume con precisión Francisco José Martín en su prólogo, “la publicación de España en su historia fue como las 95 tesis clavadas por Lutero a la puerta de la catedral de Wittenberg. No había vuelta atrás. Los grandes sacerdotes de la historia oficial del nacionalismo español y los principales oficiantes del canon del hispanismo cerraron filas y condenaron sin apelación posible”.

A momentos, las cartas de Américo Castro son casi una llamada de socorro a un amigo cuya honradez y amplitud de miras le convierten en su salvavidas

Las respuestas de Bataillon a Castro —pasado el periodo lejano de su relación de discípulo a maestro, del joven hispanista de los años veinte al autor de El pensamiento de Cervantes— muestran la grandeza y honestidad de un intelectual que, más allá de las diferencias entre sus planteamientos historiográficos, advierte la fuerza innovadora de las ideas de su amigo, “de un autor, como usted, cuyo pensamiento está en constante elaboración” y cuyo ejemplo “es una incitación a sacudir los mortales hábitos de repetición que trae consigo la segunda enseñanza especializada”.

En el momento en que arrecian las descalificaciones y ataques a don Américo, ya por parte de historiadores más o menos relacionados con Bataillon, ya por meros plumíferos del servicio del franquismo como Gonzalo Fernández de la Mora, el autor de Erasmo y España y de tantos aguijadores ensayos sobre El Lazarillo y El viaje de Turquía, o Las Casas, le aconseja ahorrar energías en vez de replicar a quienes no lo merecen pues, como dijo Manuel Azaña, “a partir de cierta edad se aprende a dejar en paz a los necios”.

Ello origina un intercambio de cartas que es para mí el momento culminante del Epistolario. Al argumento pro domo de Castro:

“En cuanto mi necesidad de enfrentarme con tanta mala gente, es probable que nuestro diferente modo de ver provenga de no partir del mismo punto de vista. Ud., perteneciente a un país con una historia hecha, quizá no comprenda lo que es formar parte de una comunidad humana sin noción de quién es. Se trata de ver si es posible que un pueblo se despierte, se trata de poner historia en un lugar de mentira y mitología”.

Bataillon responde con una comprensión admirable, a la altura de su persona y saber:

“A fin de cuentas sufro con ud. cuando le reprochan que demuestra mal, con textos que no son tan españoles como ud. piensa, o con hechos no tan específicamente españoles como ud. cree, sus grandes teorías de la España de las tres castas. Estas ideas para mí no son tan sólo las de un viejo amigo que las defiende heroicamente sino que son verdaderas de una verdad profunda que todavía es necesario aclarar, pero que no se podía difundir sin un talento y un genio como el suyo”.

Para el creciente número de seguidores de don Américo o sensibles a sus ideas fecundas —de Ferrater Mora a Gaos, de un arrepentido Laín Entralgo a Paulino Garagorri, pasando por el núcleo de historiadores o amantes de nuestra literatura, sin las anteojeras de la grey agrupada en torno al canon, como Márquez Villanueva, Sicroff, Gilman, Jiménez Lozano, Rodríguez Puértolas y otros que no cabe citar aquí—, la resistencia a aquellas de los medios universitarios de la Península son el mejor ejemplo de “los mortales hábitos de repetición” antes citados y del hecho de que en nuestras aulas las ideas se heredan sin ponerlas en tela de juicio. El “lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir” planea todavía sobre el alma mater.

No obstante, el goteo incesante de actas y documentos que muestran la justeza del planteamiento castriano, cuando sus denostadas “intuiciones” acerca del origen converso de Vives y Teresa de Ávila se ven corroboradas por pruebas documentales fehacientes, el negacionismo no cede o se reduce, Le Pen dixit, a mero “detalle”. Pero quienes pensamos por nuestra cuenta y no ocultamos lo que contradice la norma inmutable del gremio, gracias a don Américo podemos leer hoy La Celestina “fuera de la dehesa de las moralizaciones sin belleza” y el Quijote, como la obra desestabilizadora de todas las creencias y géneros de un cristiano nuevo cuyo héroe come “duelos y quebrantos” los sábados y cuyo supuesto cronista es un morisco. Han dejado de ser la papilla insulsa que nos hicieron ingerir y se han convertido en obras vivas que nos esclarecen en medio del “caos y mucha canallería (que) rigen este mundillo de hoy”: el de la supuesta Creación divina tildada por Celestina, la Vieja, de Feria y Mercado —¡el dios Mercado que nos gobierna!— y a la que el asno del que nos habla Mateo Alemán rocía desdeñosamente “con lo suyo”. ¿No fueron ellos acaso los precursores de nuestros actuales indignados? Quien sepa leer con provecho nuestras mejores obras responderá que sí.

Epistolario. Américo Castro y Marcel Bataillon (1923-1972). Edición de Simona Munari. Introducción de Francisco José Martín. Biblioteca Nueva. Madrid, 2012. 448 páginas. 22 euros.

 

Gracias a don Américo podemos leer hoy La Celestina “fuera de la dehesa de las moralizaciones sin belleza”

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