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Un fantasma recorre el museo

La muestra ‘Espectros de Artaud’ rastrea en el Reina Sofía la influencia del poeta francés en nombres decisivos para la vanguardia artística de la posguerra

Antonin Artaud, fotografiado por Man Ray en 1926. Ampliar foto
Antonin Artaud, fotografiado por Man Ray en 1926.

A veces dos pequeños fracasos producen un éxito grande. En 1946 Antonin Artaud volvió a París después de nueve años de internamiento psiquiátrico en los que un mismo médico usó como terapia con él el dibujo y el electroshock. Su cerebro era el de un genio y, a la vez, kilo y medio de terminaciones nerviosas. Poeta, dramaturgo, actor y dibujante, el autor de Van Gogh el suicidado por la sociedad tenía 50 años y los bolsillos vacíos. Para sacarlo de la indigencia, se fundó una Societé des Amis d’Antonin Artaud que organizó dos desastrosos actos que hoy forman parte de la historia de la cultura del siglo XX.

El primero, celebrado en un teatro en 1947, fue la puesta en escena a cargo del propio Artaud de tres horas de poesía fonética, tartamudeos, aullidos y “atletismo afectivo”. Pese a haber preparado la función al detalle, los papeles se le cayeron del atril y sus nervios terminaron por estallar. El segundo fracaso histórico fue en el fondo un acto de censura, el que sufrió la emisión radiofónica de Para terminar con el juicio de Dios, una obra para tres actores —María Casares entre ellos— que su creador consideraba “un modelo a escala” del teatro de la crueldad. Tenía que emitirse el 2 de febrero de 1948. Artaud murió de cáncer el 4 de marzo.

Aquella pieza de 45 minutos puede escucharse —desde hoy y hasta el 17 de diciembre— en una de las salas del Museo Reina Sofía dentro de Espectros de Artaud. Lenguaje y arte en los años 50, una exposición que reúne 300 obras destinadas no a elevar al escritor francés a los altares de la literatura —lleva allí décadas— sino a rastrear su influencia en tres escenarios fundamentales para el arte del último medio siglo: Francia, Estados Unidos y Brasil.

“No se trata de postular una inexistente escuela de Artaud sino de proponer una genealogía alternativa a la hora de contar la historia del arte contemporáneo”, afirma Kaira M. Cabañas, profesora en la Universidad de Columbia y comisaria de la muestra junto al compositor francés Fréderic Acquaviva. Si Derrida invocó el espectro de Marx para analizar su vigencia en medio del nuevo orden mundial, Cabañas invoca el fantasma del autor de El pesa-nervios para poner énfasis en un camino distinto del, Picasso aparte, tradicionalmente hegemónico, el abierto por Marcel Duchamp: “Frente a una línea que, a partir del ready-made, pone el énfasis en el objeto, se trata de reivindicar el lenguaje y el cuerpo, la tensión entre palabra e imagen, texto y habla”.

'Les nombres XI' (Los números XI), obra de 1952 del artista francés Isidore Isou. ampliar foto
'Les nombres XI' (Los números XI), obra de 1952 del artista francés Isidore Isou.

Entre los artistas que conocieron la influencia viva de Artaud destacan los franceses Isidore Isou y Gabriel Pomerand, que en 1946, dos años antes de la muerte del poeta, fundaron el letrismo. La guerra mundial había vuelto inservibles las palabras y los letristas tradujeron esa crisis en novelas dibujadas, cuadros en los que la letra es icono, sinfonías con la voz como instrumento solo y películas en las que la única imagen es una luz blanca proyectada sobre un enorme globo de helio.

Más allá de que Isou terminará siendo tratado por el psiquiatra de Artaud, en su obra y en la de sus compañeros está la huella —o el espectro— de las teorías de su compatriota: defensa de la expresividad formal del lenguaje frente a sus aspectos semántico y gramatical; creación de un cine en el que imagen y sonido no sean gregarios; defensa de un teatro ajeno a los códigos de la literatura...

Al otro lado del Atlántico, 1952 fue una fecha clave para el arte contemporáneo. Ese año tuvo lugar en el Black Mountain College de Carolina del Norte el que pasa por ser el primer happening de la posguerra: Theater Piece 1, una obra creada por John Cage a partir de su lectura de El teatro y su doble, la obra cumbre de Artaud. Para evaluar su trascendencia basta pensar que en la performance participaron Robert Rauschenberg, Franz Kline, Merce Cunningham, Charles Olson, David Tudor o M. C. Richard, es decir, media enciclopedia de la pintura, la danza, la poesía y la música de vanguardia.

El mismo año que Cage ponía en escena su pieza en Asheville, Décio Pignatari y los hermanos Augusto y Haroldo de Campos fundaban en São Paulo el grupo Noigrandes. Aglutinante de la poesía concreta, el colectivo jugó con el carácter espacial y sonoro de las palabras —cocacola/cloaca— y tuvo su propia disidencia en Rio de Janeiro de la mano de Ferreira Gullar, firmante del Manifiesto neoconcreto junto a artistas que, como Lygia Clark y Lygia Pape, explotaron tanto la expresividad de la geometría como el carácter informe del cuerpo y la fragilidad de la mente humana. Que Espectros de Artaud se cierre con un epílogo dedicado a experiencias pioneras de la anti-psiquiatría brasileña como el Museo de Imágenes del Inconsciente recuerda lo inestable de la frontera, también artística, entre crítica y clínica.