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69ª MOSTRA DE VENECIA

Demencial León de Oro a ‘Pietà’, a costa de la espléndida ‘The Master’

Esta edición se recordará por la poderosa y muy compleja película de Paul Thomas Anderson

En el filme de Kim Ki-duk todo está al servicio del disparate

La interpretación Hadas Yaron, copa Volpi a la mejor actriz, es lo único atractivo en la espesa y costumbrista película israelí 'Fill the Void'

El director surcoreanao Kim Ki-duk posa con el León de Oro.
El director surcoreanao Kim Ki-duk posa con el León de Oro. EFE

El presidente del jurado se llama Michael Mann. Es uno de los mejores narradores de historias que ha dado el cine en los últimos 30 años. Si alguien lo duda puede ver por primera vez o revisar esas obras maestras tituladas El último Mohicano, Heat y El dilema. Presupones que alguien tan sabio sabe reconocer inmediatamente una gran película ajena, que sus criterios cinematográficos no serían por las modas pseudoartísticas o por el obstinado y correspondido amor que aseguran sentir los festivales por el cine asiático. Mann tenía como compañera en el jurado, entre otros distinguidos colaboradores, a Marina Abramovic, señora hipermoderna y convencida de que sus performances (¿se dice así?) son una forma superior del arte. Quiero imaginar que la empecinada opinión de la eximia serbia ha prevalecido sobre los juicios de Mann al otorgar el León de Oro a un renovado delirio del director coreano Kim Ki-duk titulado Piedad.

Cualquier cinéfilo que no necesite adoptar poses grotescas sabe que esta Mostra se recordará por la poderosa y muy compleja The Master. Y muy poco mas. Pero la transparente calidad de la película de Paul Thomas Anderson se ha tenido que conformar con el premio al mejor director y a los dos actores que la protagonizan. Y no sabes si reírte o indignarte. Ha vuelto a ocurrir algo que tiende a ser habitual con el gran cine norteamericano en el palmarés de los festivales. Los muy piadosos jurados deben de pensar que para qué necesitan ser premiados los mejores. Lo que no entiendo es por qué siguen compitiendo esas películas destinadas al clasicismo sabiendo su desventaja en la percepción de los caritativos y progresistas jurados.

En Piedad, Kim Ki-duk hace un retrato enloquecido, en su línea, de un matón y psicópata dedicado profesional y vocacionalmente a romper las cabezas y los huesos de los que se demoran en las deudas a un gánster que ejerce de prestamista. Esa complacida violencia dará un giro surrealista con la aparición de una señora que asegura ser la madre del sádico y le convence de que si es perverso de debe a la soledad y el desamparo que le atormenta porque ella le abandonó al nacer. Esto ocurre después de que el hierático y brutal sicario le aplique una ensalada de golpes y la viole para vengarse por haberle dejado solito en el mundo. Se supone que existe una gran sorpresa en el desarrollo de la trama, pero todo está al servicio del disparate, desde un protagonista impresentable a las volcánicas y sádicas tonterías que se le van ocurriendo sobre la marcha a la atormentada imaginación de Kim Ki-duk.

El resto de los premios son coherentes, excepto el Especial del jurado a Paraísos: Fe segunda y lamentable entrega de una trilogía que el temible director austriaco Ulrich Seidl está realizando sobre cómo pasan las vacaciones los más que desagradables personajes de su vacuo aunque pretencioso cine. En la anterior, Seidl describía la búsqueda de sementales jóvenes en África por parte de varias ancianas austriacas. Aquí la protagonista es una muy zumbada talibán católica que entre autoflagelaciones, cilicios y rezos dedica su ocio a hacer proselitismo de su fe entre los pecadores y estupefactos vecinos. Y el director tan contento regocijándose y sintiéndose listísimo al exponer con inútil naturalismo las miserias de los frikis y las orgías que montan gente de la tercera edad.

Lo que vemos y oímos en la apasionante The Master inquieta perdurablemente, pero lo que solo te permite intuir Paul Thomas Anderson inspira directamente miedo. Son algunas de las múltiples sensaciones que te crea la historia de un vagabundo traumado por lo que le ha ocurrido en la guerra, alcohólico y rabioso ante cualquier intento de integración que pretendan hacer con él cuando el inventor y líder de una organización cuyas pistas te remiten a la Iglesia de la Cienciología se propone redimir al salvaje inadaptado y que sea fiel a las normas que dicta su iglesia. Todo resulta hipnótico e imprevisible en la mirada de Paul Thomas Anderson sobre esta gente. Joaquin Phoenix está en su salsa dando vida al indómito sin causa. Tanto que parece no interpretar sino que se limita a ser él mismo. Y enfrente tiene al genial Philip Seymour Hoffman en un personaje tan seductor como tenebroso, alguien que jamás descuida el gran negocio terrenal que supone enseñar el camino a los demás para encontrarse a sí mismo logrando la paz interior y el nirvana.

La interpretación de la joven actriz Hadas Yaron es lo único que encuentro atractivo en la espesa y costumbrista película israelí Fill the Void, ambientada en la comunidad hasídica de Tel Aviv y que cuenta las maniobras y los conflictos familiares intentando casar a un viudo con la hermana de su difunta esposa. Es una película tediosa en la que solo aparece la luz y cierta fascinación cuando la cámara enfoca a esta desarmante actriz.

La ceremonia en los premios de la Mostra también ha prolongado el dislate que supone el palmarés. Ya que se han equivocado al entregar sus respectivos premios, a Paul Thomas Anderson y a Ulrich Seidl. Kim Ki-duk, tan original él, se ha puesto a cantar al recibir el León de Oro. Y corren alarmantes rumores de que el jurado recibió instrucciones de la organización de la Mostra de que no podían abarrotar de premios a una sola película, que lógicamente iba a ser The Master. Pero la cordura mas elemental les tendría que haber exigido que le otorgaran a ésta el premio principal en el caso de que les impusieran limitaciones en la exclusiva concentración de su admiración.

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