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CRÍTICA: HOLMES & WATSON. MADRID DAYS

Fosilizando a Sherlock

Fotograma de 'Holmes & Watson. Madrid Days', de José Luis Garci.
Fotograma de 'Holmes & Watson. Madrid Days', de José Luis Garci.

Asaltado por insistentes sueños que convierten las calles de una ciudad extraña —Madrid— en escenarios del crimen, Sherlock Holmes tiene, al comienzo de la película de Garci, una intuición del psicoanálisis. A la hora de enfrentarse a Holmes & Watson. Madrid days,uno también tiene la sospecha de que quizá sería más productivo psicoanalizar esta película que aplicarle las herramientas de la crítica cinematográfica: resulta más estimulante detenerse en sus tensiones y contradicciones que limitarse a sancionarla como la obra anacrónica, morosa, acartonada, involuntariamente cómica y un tanto delirante que, en el fondo, es.

Holmes & Watson. Madrid Days

Dirección: José Luis Garci.
Intérpretes: Gary Piquer, José Luis García Pérez, Belén López.
Género: thriller. España, 2012.
Duración: 131 minutos.

Garci y sus coguionistas Andrea Tenuta y María Sanromán levantan su pastiche holmesiano a partir de un lugar común del subgénero —el cruce de caminos con Jack, el destripador—, aliñándolo con un encuentro con Isaac Albéniz en el que quizá perviva el recuerdo de la cita con Pablo Sarasate que proponía Santiago R. Santerbás en uno de sus Tres pastiches victorianos (Hiperión, 1980). Con todo, el personaje de Conan Doyle —aquí una figura abúlica, casi rajoyniana— parece un mero pretexto para que el cineasta vuelva a articular —esta vez, con abrumador olor a naftalina— el canto a ese Madrid arcádico y galdosiano de cocidos, porras y cafés teatro que domina el último tramo de su filmografía. Lo más estimulante de Holmes & Watson. Madrid days es detectar en la descripción de esa Arcadia un inesperado malestar: ahí también nació esa idea torcida del progreso que desemboca en el feroz neoliberalismo que define el Madrid presente (y que celebra a Garci como guardián de las esencias). De Baker Street a EuroVegas en tren estático. El discurso de la película no está lejos del que proponía Las verdes praderas (1979): indagar cómo uno de los cineastas pioneros en conectar con las realidades cotidianas de la Transición ha evolucionado —o involucionado— en anticuario o taxidermista de un cine fósil quizá sea el gran misterio a resolver aquí.

 

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