Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

Melón catado

De vivir hoy, el gran Torrente Ballester hubiera colgado los hábitos o se hubiera colgado de un pino. He aquí una historia ejemplar, que he conocido hace poco. En 1957, GTB publica El señor llega, primera entrega de su trilogía Los gozos y las sombras, en la madrileña editorial Airon. Entre esa fecha y 1962, cuando recibe el premio de la Fundación Juan March, ha vendido ochocientos ejemplares: cien y pico por año. Pese a ello, su editor, Fernando Baeza (hombre de gran criterio: también publicó a Azcona) le insta a seguir escribiendo y le contrata las dos entregas restantes, Donde da la vuelta el aire (1960) y La Pascua triste (1962), que siguen, económicamente, el mismo camino. Convencido de que está llevando a Baeza a la ruina, GTB acepta la invitación de Josep Vergés y pasa a Destino, empresa más boyante. Lo primero que publica en la editorial catalana es Don Juan (1963), su libro más querido, y el más zarandeado por la censura. Nuevo fracaso, tanto económico como crítico. “En la Feria del Libro de Recoletos”, contaba GTB, “vendió la friolera de tres ejemplares. Y tardó nueve años en vender algo menos de los ochocientos ejemplares de El señor llega”.(¡Tiempos aquellos, por cierto, en los que un libro podía permanecer nueve años en librería!).

Con ese historial y frisando la cincuentena, GTB era un melón catado, para decirlo con el triste lenguaje de esos editores de hoy que solo atienden a san Nielsen. Entre 1965 y 1967, entre Pontevedra y Albany, venciendo noche a noche los fortísimos deseos de arrojar la toalla, GTB escribe Off-Side, que he leído estos días. Es una novela sorprendente, renovadora y con muchísimos más registros que, por ejemplo, La colmena, con la que a veces se la ha emparentado. Una obra ambiciosa (quinientas páginas, incontables tramas y personajes) y entretenidísima; un fresco coral del Madrid de mediados de los sesenta, que te gana página a página por su absoluto poder de convicción, alternando un detallismo casi fotográfico con los más inesperados vuelos de la fantasía, a caballo de unos diálogos, entre lo satírico y lo filosófico, que la emancipan de su presunta filiación social-realista, en una línea feliz que luego rebrotaría, por ejemplo, en la obra de Manuel Longares.

No pasó nada con Off-Side, que aparece en 1969: apenas tuvo eco, apenas tuvo críticas. “Este nuevo fracaso”, cuenta GTB, “no me afectó tanto como el de Don Juan porque tuvo la virtud de pillarme lejos, al otro lado del charco”. Pero su desánimo es evidente. Habla con el editor. “Vergés, esto es un desastre”. “No se preocupe”, le contesta Vergés, “y siga escribiendo, que yo publicaré todo lo que usted haga”. “¿Por qué?”, le pregunta GTB. Y Vergés le da esta maravillosa respuesta: “Porque me gusta lo que usted hace”. Y GTB continua escribiendo. Y, casi pidiendo excusas, en 1971 le entrega La saga-fuga de JB, con la que alcanzará el reconocimiento de la crítica, aunque tardará en lograr el éxito de ventas.

‘Off-side’, de Torrente Ballester, es una novela con más registros que, por ejemplo, ‘La colmena’

La moral de esta historia es obvia. ¿Había crisis entonces? Tanta como hoy o más. Pero también había editores dignos de ese nombre, que amaban su trabajo y sabían hacerlo. (Postdata: otra cosa me pasma de Off-Side. Solo la incuria habitual de nuestro país explica que, tras el bombazo televisivo de Los gozos y las sombras en 1982, verdadero relanzamiento de la carrera de GTB, a nadie se le ocurriera adaptar Off-Side a la pequeña pantalla: su escritura de escenas breves, con multitud de escenarios, de tramas y subtramas, lo estaba pidiendo a gritos. En un universo paralelo, ese universo de conspiraciones financieras, catoliquísimas putas de alto standing, falsificadores de cuadros que quieren superar a Goya y un personaje tan insólito como Leonardo Landrove, casi un superhéroe desfacedor de entuertos, entre Wodehouse y Capra, encontrarían en Carlos Vermut, autor de la enorme Diamond Flash, al cineasta ideal para convertir Off-Side en una película del estilo de Los misterios de Lisboa, de Raúl Ruiz, o en una teleserie gloriosa, como la que imaginó Tonino Benacquista en las páginas de Saga).