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ENTREVISTA

El lado más bromista de Sigur Rós

Los islandeses, más desinhibidos, editan disco después de cuatro años

El grupo islandés Sigur Rós. Ampliar foto
El grupo islandés Sigur Rós.

La primera vez que Sigur Rós acudieron a tocar a Madrid, en 2001, Jónsi Birgisson se escaqueó de la promoción. El grupo islandés era la sensación de la temporada en el circuito indie. Radiohead los habían escogido como teloneros de su gira de presentación de Kid A; Brad Pitt, Tom Cruise, Madonna y David Bowie se habían declarado fans. El espigado cantante, que entonaba en falsetto en un idioma inventado bautizado como esperancés (una mezcla entre esperanza e islandés) no parecía sobrellevar bien la tensión que suponía el estrellato súbito. Aludió a que no hablaba bien inglés para refugiarse en los camerinos mientras sus compañeros, que tampoco andaban muy sobrados en idiomas, encaraban los epítetos grandilocuentes con los que el mundo trataba de descifrar su majestuosa rareza. “La música que lloran los dioses”, “torres glaciales derritiéndose en pop cristalino” o “el sonido que emerge de la neblina de lava que envuelve los campos islandeses” son solo tres de entre mil descripciones sonrojantes que hemos leído sobre ellos. Y que Jónsi, con la lengua más suelta, desmorona hoy entre risotadas por teléfono desde Londres. “Imagina que tienes que conceder diez entrevistas al día y en cada una debes dar una explicación sesuda sobre cuánto te inspiran los paisajes volcánicos helados. Al final nos sentíamos como la voz en off de un documental sobre el hombre contra los elementos cuando, en realidad, tan solo somos cuatro amigos que llevamos tocando juntos desde hace 18 años. Salir de nuestro aislamiento para comprobar cómo nos veía el mundo supuso un shock para nosotros, la mejor manera de sobrellevarlo fue tomárnoslo con humor”.

Quizás por eso, apunta, cada vez que alguien le pregunta qué música hacen responde: “heavy metal”. La broma no lo es tanto: en las pruebas de sonido, al grupo le gusta improvisar temas heavy “para matar el aburrimiento. Yo crecí escuchando Iron Maiden, Metallica y cosas así. Y todavía lo hago, sobre todo cuando me emborracho”. En contraste a esto, su sexto disco de estudio suena más relajado. Tras el anterior, un giro pop titulado Með suð í eyrum við spilum endalaust (2008, traducible como “Con un zumbido en los oídos tocamos hasta la extenuación”), cundió el pánico entre algunos fans. Sigur Rós anunciaron un “descanso indefinido”. Tres de los cuatro miembros empezaron a tener hijos, y Jonsi firmó un disco acústico a medias con su novio, Alex Somers, para luego sacar otro de tecno-pop en solitario. El vocalista abandonaba momentáneamente su planta espigada en vaqueros y camiseta sobre el escenario para transformarse en una criatura glam a lo Ziggy Stardust. Parecía el final de Sigur Rós.

Cameron Crowe (Casi famosos) contrató a Jónsi para firmar sus bandas sonoras. A la de Un lugar para soñar le seguirá la de su próxima película. El director fue de los primeros en legitimar las posibilidades cinemáticas de la banda incluyendo algún tema suyo en Vanilla sky. El cuarteto islandés se encontró en el estreno en Los Ángeles, comprobando “lo bajitos que son Tom Cruise y Penélope Cruz. Ver cómo avanzaban con su séquito mientras la gente gritaba e intentaba tocarlos para mí fue un inesperado espectáculo. Cuando me presentaron a Tom Cruise fue como si me presentaran a la reina o algo así”. Bromea con que es mejor que nunca se muden a Los Ángeles. “Si tuviéramos que seguir ese ritmo de vida, acabarían encontrándonos muertos por sobredosis en una piscina con el turulo aún colgando. Prefiero que mis mayores preocupaciones sigan siendo sacar al perro o quitar una montaña de nieve del porche de mi casa. El otro día celebré mi cumpleaños junto a mi novio con una gran juerga a la islandesa: tomando café con mis padres”.

La actitud de Sigur Rós resulta tan insobornable como su música. Se niegan en redondo a venderla para spots publicitarios. En su web conceden un ilustrativo apartado a subir spots cuyos jingles emulan sospechosamente su música, algunos para marcas cuyas ofertas ellos mismos declinaron. “Nos resulta más divertido y mentalmente saludable que meternos en litigios”, explica. Da la sensación de que toda la seriedad con la que acometen sus canciones se transforma en cachondeo fuera del estudio y del escenario. “Esa es una de las imágenes preconcebidas sobre nosotros más frecuentes: que somos un muermo de gente. Nosotros lo encaramos todo con humor y nos reímos, ante todo, de nosotros mismos. Se nos da muy bien hacer el tonto”.

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